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Sábado 18 de julio
Galpón Víctor Jara

Hace rato que El Cruce subió a la primera división de la liga rockera de nuestro país. Musicalmente, ni hablar, probablemente desde “A mi país”, atender su fórmula es casi una obligación. Pero los aplausos van más allá de la escala artística tradicional con que se suele medir la relevancia de una banda. Ellos siempre van por “algo más”, y así como aquello los hace grandes, también logran contagiar ese espíritu a quienes acuden a sus presentaciones y/o han sabido atesorar sus discos.
Quizás es por eso, que estos 10 años de trayectoria se reciben de una manera especial. No es que no haya algarabía y fervor por lo simbólico del momento; pero ha habido tanta convicción detrás del andar de estos muchachos que este día, este festejo, llega como algo natural, casi como una consecuencia lógica detrás de tanto trabajo y talento. Y para qué vamos a andar con cosas, los términos “El Cruce” y “celebración” son casi sinónimos, por lo que todos sabíamos a qué íbamos el sábado 18 al Galpón Víctor Jara.
La promesa era una noche en que recorreríamos todo el camino musical del sexteto, cosa de que se entendiera cómo y cuánto ha crecido El Cruce en sus 10 años. Tal vez sea ésta la justificación para que el set haya estado lleno de simbolismos, momentos inolvidables, y una abundante entrega energética.
Tras la apertura de las puertas del Galpón a las 22:00 horas, poco a poco fueron apareciendo los fanáticos e invitados, quienes al momento de subirse el telón (23:05, aprox.) ya hacían latir el recinto (que, digámoslo, se hizo chico para la ocasión). Ahí estaban Felipe, Jorge, Pablo, el “Negro”, Orlando y “Bluesman”, apostando en grande, dando inicio a la noche con un mini-show acústico. Sorpresivo, y no porque no acostumbren a desenchufarse, sino porque quizás era más obvio el comenzar la fiesta enchufados, con el volumen al máximo, y empezando a bailar de entrada.
Pero El Cruce no cae en esos clichés, y acomodados en su fantástica escenografía unplugged, ‘Trato de Hacer Blues’ dio el primer golpe, y evidentemente no podía ser otra. “El” himno de su primer disco, que hizo brotar aplausos y cánticos de todos los asistentes. Y listo, la noche ya estaba en el bolsillo, después de esos minutos, nadie podía abstraerse a lo que viviríamos en las siguientes dos horas y tanto. Esta primera parte continuó con ‘Blues a Rodrigo’, la clásica ‘Mi Negra’, ‘Sentir’ y una de las joyas del catálogo del conjunto, ‘No dejaré de pelear’.
El sonido estaba impecable, con el contrabajo del “Negro” Silva aportando fabulosamente a la vibra buscada, y la ayuda de las cuerdas erizaban los pelos, como en la intro de ‘No dejare de pelear’. El segmento acústico recorrió sólo los tres primeros álbumes, y finalizó con una excelente interpretación de ‘Niña de Lluvia’, ‘Hoy no lloraré por ti’ y la alegría de ‘La Chinita y yo’. Es innegable que este formato permite contemplar el valor de cada uno de los instrumentos en su estado más puro, desde las percusiones de Orlando (quién de todas formas acompañó un par de temas con su guitarra) a los prodigiosos dedos de Pablo en el piano, y toda la luz que sale de cada soplido que Claudio da a su armónica. Y nadie podrá protestar que a falta de distorsión eléctrica este inicio careció de impacto, todo lo contrario.
Después de los primeros 40 minutos de música, vino un breve intermedio, y el posterior reingreso de los músicos, para comenzar con la parte eléctrica de la celebración. A esas alturas, ya se había cantado el “Cumpleaños Feliz”, y la producción de El Cruce hizo lo suyo al inundar de globos negros y amarillos el Galpón apenas comenzó a sonar ‘Bájate de la Nube’, la apertura no sólo de esta segunda parte, sino también de “PeaceCo”. La pegada se hizo con ‘Todo se Devuelve’, y las siguió popular ‘La Gata’ y la contundencia de ‘Yo no quiero prensa’, con apoyos de la pantalla gigante ubicada en el centro del escenario.
Ahí se coló ‘El Blues del Yoni’, un blues de aquellos, para inmediatamente romper la calma con ‘Lléveme’, de “A lo Amigo”. Si hay un detalle negativo en el sonido, en este segmento más pesado se notó cierta debilidad en el micrófono de Felipe, lo cual tampoco era percibido por todos, pues eran cientas las voces que le acompañaban verso a verso.
De la efectividad de ‘Situación de Calle’ volamos a ‘Mi Moto y un Blues’, con Valenzuela a cargo de la voz. Para los asistentes “ocasionales”, las rarezas continuaron gracias al rescate de ‘Deja de Fastidiar’, del primer disco, que en directo suena impecable. Vino ahí el impecable solo de batería de Jorge Quinteros, que sin caer en excesos ratifica una vez más su clase, y una vez que se le incorporó Miranda, se dejaron caer sobre la adictiva y casi insuperable versión de ‘Me tienes loco’.
Pero los inventores del blues criollo tenían aún más por mostrar, y llegó el turno de las dos mejores enseñanzas de su inventiva. ‘Dicen que soy Borracho’ mostró a una banda completamente en llamas, y ‘Blues al Desaparecido’ anotó, en mi opinión, como el mejor momento de la noche (o de varias noches, si me lo permiten). Cuánta intensidad y emoción que exuda esa composición… Así concluían no solo una clase magistral de porqué El Cruce es una banda indispensable, sino también hasta ahí llegó el repaso de temas de “A mi País”, aquel disco inigualable del 2006, y que pasó casi completo por el Galpón, aunque extrañamos al track que le da el nombre a dicha placa.
Ojo, que el show no terminó ahí. Para nada. Rápidamente engancharon con la movilidad de ‘Galán’, que hizo bailar a todo el respetable. Llegó el minuto de convidar a escena a Gonzalo Araya, quizás si uno de los pocos invitados imaginables que estaban a la altura de la ocasión. Su entrega en ‘Sexoul’ no dejó dudas, una vez más, de su talento casi inhumano, algo así como un orgullo nacional. Por último, ‘Me gustan todas’, el bombazo de “770”, que clausuró el show principal, y que se desvaneció en un mar de merecidos aplausos.
Poco tardó el grupo en retomar sus instrumentos para el bis, que consistió sólo de dos canciones, pero que para la hora, ya poco más podíamos pedirles a los festejados. ‘Blues a un Amigo’ y la electrizante ‘A encender el Blues’ fueron auténticos broches de oro, con Toro sacándole las últimas gotas de sudor a su Les Paul y la concurrencia ofrendando sus últimos pasos y saltos en el baile. Eso era todo. Fue mucho. Y fue muy bueno.
Venticinco canciones, algo así como dos horas y media de show, y una sensación de haber visto el show que debíamos ver, haber acompañado a la banda que hay que acompañar, y haber celebrado de la manera en que correspondía celebrar. Alguien me comentó que El Cruce y sus primeros 10 años eran una demostración de que “se puede”. Sí, “se puede”. Pero que “se pueda” no significa que cualquiera vaya a alcanzar las alturas que estos chicos lograron. Una banda así de buena, y una propuesta así de exquisita y original, no se encuentran todos los días. No es llegar y ponerse a hacer blues. Se necesita “algo más”. Eso que hizo de la noche del sábado una nueva jornada mágica y triunfal. ¿Qué es? Bueno, los que anoche llenaron el Galpón pueden contestarlo.
Juan Ignacio Cornejo K.
Fotos: Ignacio Orrego G.
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