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17 de enero Velódromo Estadio Nacional

Antecedidos por la creciente expectativa de su fanaticada, la banda de Mataderos volvió a actuar a cielo abierto en tierras santiaguinas. La peregrinación de fanáticos se dejó notar desde temprano, con micros llenas de poleras negras y cantos de fidelidad que llegaban hasta el Velódromo del Estadio Nacional. Lugar del sufrimiento durante la dictadura, el recinto sería ahora sede del fervor rockero. Vamos al detalle...
¿Teloneros o una mini cumbre?
La presencia de tres bandas de apertura, lejos de atentar contra el espectáculo, lo engrandecieron, haciendo de la cita una especie de festival de rock en miniatura. Los grupos elegidos estuvieron absolutamente a la altura. De las expectativas. Así a las 19:00 horas, La Gorda rompe los fuegos con su propuesta que mezcla la acidez de la crítica con la pureza de una música muy bien ensamblada. Y, cosa rara en los teloneos de por acá, el sonido fue de buena calidad, limpio y envolvente. Ellos fueron un real aporte con su garra y empuje renovado. Por supuesto que destacaron sus temas más conocidos: ‘Vakero’ y ‘Mal Papi’. Bien por ellos.
Luego fue el turno de Priapo, que se ganaron en un concurso el derecho a compartir escenario con La Renga. Para muchos debe haber sido una sorpresa este grupo que, desde una mirada más bien bluesera, fueron capaces de pararse con autoridad ante la masa y concitar toda la atención. Un fervoroso “¡Viva Chile Mierda!” de su vocalista da la pauta de lo que vendrá: rock chileno sin concesiones ni timideces. Priapo destaca con dos imponentes versiones de ‘El Aparecido”, de Victor Jara y “Run Run se fue p’al norte’, de Violeta Parra, respetuosas pero intensas. Uno de los grandes momentos de la jornada.
¿Qué se puede decir de El Cruce a estas alturas que no se haya dicho? Los socios de Felipe Toro saben encandilar con su blues chilenizado y potente, que incluye versiones de temas de Tito Fernández y una vitalidad a prueba de balas. Una música sin dobleces ni pillerías intelectuales, energía en estado puro que se desata sobre el escenario. Se agradece su presencia. Se agradece su defensa en primera línea del rock chileno, con un discurso encendido y una música que habla por sí sola. Bien, muy bien.
Plato de fondo, bailando en una pata
Hace rato que La Renga juega de local en canchas chilenas, y en esta ocasión eso fue especialmente notorio sobre las tablas del Velódromo. Con un show de más de dos horas, Chizzo y los suyos se dedicaron a satisfacer a los fanáticos de más largo aliento con un set list que incluyó buena parte de los temas emblemáticos de la banda. Lo interesante es que, a diferencia de otras ocasiones, en las que ha primado un fuerte factor de tensión emocional acumulada, con intensidad emotiva a raudales, en esta ocasión La Renga fue centro de una fiesta de relajo y baile, como para demostrar que lo suyo no es sólo la rebeldía amplificada, sino que también son protagonistas del jolgorio más ligero.
‘Almohada de piedra’ abrió la noche renguera con un inicio algo frío y dudoso en cuanto al sonido, que paulatinamente fue ganando en profundidad. Arrancando como power trío, Chizzo, Tanque y Teté inflamaron a la audiencia con una seguidilla de temas que fueron en ascenso en cuanto a intensidad: ‘A Tu Lado’, del disco “Detonador de sueños”, ‘Tripa y corazón’, y ‘La montaña roja’, con el cual bajaron un poco las revoluciones.
Las dos pantallas mostraban su habitual selección de escenas con fanáticos de la banda en ésta y otras presentaciones. Se hizo una especie de muestrario de tatuajes rengueros que los adeptos exhibían con orgullo.
Con el tema ‘En los brazos del sol’, el grupo suma los saxos, con Manu liderando los vientos, con lo cual la música multiplica su potencia. Simultáneamente, se comenzaba a hacer notar entre el público un grupo muy nutrido de fanáticos de Argentina que, con un gigantesco lienzo, buscaban ser protagonistas de este festejo. Con los primeros acordes de ‘En el baldío’, la fiesta se vuelve a desatar. Como en los viejos tiempos del Galpón del Sur, en Buenos Aires, la banda se hace acompañar por actores que, bien caracterizados, representan lo que la letra de la canción relata. Uno de los momentos más altos de la noche, con todo el público cantando y bailando. La celebración sigue con ‘El terco’ y ‘Motoralmaisangre’, destacando que la banda ha optado por presentar la mejor selección de temas viejos para los adictos. El público es parte del espectáculo saltando, bailando en una pata, corriendo y haciendo desordenadas acrobacias en la cancha.
Quizás el momento de más fervor es con otro tema clásico: ‘Bien alto’, coreado hasta por la policía y los encargados de seguridad. A estas alturas, ya nadie duda que La Renga sabe armar un festejo de respeto en un verano para recordar. Es la alegría de vivir que se comparte y se dispersa de alma en alma. En medio del estruendo de los acordes rockeros, buena parte del público juega al refalín en la pendiente del Velódromo. Es un carnaval. Tratar de entender este jolgorio racionalmente es pega para sicólogos, sociólogos y antropólogos. La pega de uno es unirse a la celebración y dejarse llevar por la marea. Con la objetividad totalmente perdida, este cronista baila agitando trapos en la galería. En fin.
‘Mujer de caleidoscopio’ es un tema lento que permite unos minutos de descanso e incipiente romance para muchos en esta muchedumbre, canción seguida por una especie de intermedio con animaciones en pantalla y luego, interpretan un tema ausente en las últimas presentaciones: ‘Balada del Diablo y la Muerte’, otra vez con actores callejeros en escena.
Luego el poder otra vez es detonado con otro tema emblemático: ‘El hombre de la estrella’, y su ya habitual dosis de locura y rebeldía, dedicada a uno de los íconos de la banda y sus seguidores: el Che Guevara.
Con una divertida partida falsa de Chizzo, que quería tocar ‘Detonador de sueños’, cuando en realidad correspondía ‘Despedazado por mil partes’, la fiesta no hace más que crecer, para seguir con una aceleradísima versión de ‘En la boca del lobo’ y luego la anunciada ‘Detonador de sueños’, con rabia y pica. Todo bien, eso es lo que queremos.
Otra cumbre se alcanza con un tema de siempre: ‘Al que he sangrado’, enlazada con ese temazo que es ‘Cuándo vendrán’, que se vio algo resentida ya que el saxo de Manu no se escuchó un carajo. Son los bemoles del sonido en vivo, una ciencia inexacta aún.
‘Ruta 40’, alguna vez single destacado en radios de Argentina, sigue completando una lista implacable de un éxito tras otro, seguida por la ineludible ‘Panic Show’ que aumenta a niveles increíbles el fervor de la masa’. Los síntomas de la demencia colectiva no hacen más que intensificarse con ‘El rey de la triste felicidad’ y ‘El final es en donde partí’, con su habitual despedida falsa por parte de la banda. ‘Oscuro diamante’ sirve para mostrar imágenes de la intimidad de la banda, con filmaciones de la oficina de prensa del grupo en Buenos Aires, que cobija una pintura de una serpiente comiéndose su cola, el famoso “ouroboros” que representa la eternidad de un tiempo que no acaba.
El final viene después de una seguidilla de temas con los cuales se agotan las últimas energías del grupo. Y vaya qué temas: ‘El Revelde’, ‘Arte infernal’, “Pscilocybe mexicana”, nunca antes tocada en Chile, y que desató una verdadera fiesta ranchera. Luego dos temas para cerrar: ‘La razón que te demora’ y ‘Hablando de la libertad’.
En resumen, La Renga entregada al relajo y el desenfreno. Si alguna vez sus visitas fueron de densidad emotiva y rock and roll de rabia, lo de ahora fue una fiesta pura e intensa que se agradece. La simpleza del rock revela en ellos los pasadizos de la felicidad humana, que se complace en estos ritos de irracionalidad colectiva que siembran alegría y fervor. 27 temas y más de dos horas de actuación, como para dejar claro que La Renga es de Chile tanto como de Argentina, y que es de todos los que quieran saltar en una pata. Con rituales como este, el rock and roll no morirá jamás. Se trata ni más ni menos que del re encuentro de una amistad que se hace vieja entre la banda y su público, no es un mero recital, es la vida misma, en las mismas calles.
Urbano Matus Fotos: Pablo Vera L.
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