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2011-07-270

El underground de los ochenta: THRASHGRESIÓN EN CHILE


Reportaje Especial publicado en la tercera edición de Revista Bulldozer - 100% Puro Metal!!!

Temidos, odiados y mitificados, pero por siempre recordados. El movimiento Thrash del Manuel Plaza y Sala Lautaro, de las tocatas, demos y fanzines, dejó una marca tan fuerte en la sociedad chilena que incluso hoy en día se investiga aquella corriente que marcó las pautas para la conformación de la escena metalera que ahora se le rinde culto. Mitos y verdades, la historia del Thrash Metal en Chile sigue inmanente en la memoria colectiva.


La contracultura no surge como una creación de la nada, ni tampoco por generación espontánea, sino por una serie de circunstancias históricas y sociales bien precisas. En los ochenta, varias de estas tendencias lograron asentarse en Chile como la expresión de una juventud desencantada con el entorno de la dictadura, y ni incluso la estigmatización de los medios de comunicación impidió que tales manifestaciones del underground emergieran dando cuenta de una crítica juvenil hacia la contingencia del país, generándose una búsqueda de identidad y una respuesta de grupos excluidos o marginados de la colectividad.

Entre 1983 y 1984, Chile sufre un notorio cambio político y social. Los partidos se reorganizan y comienzan a ocupar espacios en la prensa en un contexto en que las máximas organizaciones internacionales vigilan, en cierto grado, los excesos de la dictadura militar. Junto con la explosión social gatillada por la opresión política que se extendía por más de una década y la reciente crisis económica producto de la quiebra de la banca en 1982, el rock hecho en Chile logra asentarse como movimiento de expresión de vanguardia para una juventud agotada.

Es a raíz de lo anterior, que en los ochenta empiezan a ganar terreno los circuitos subterráneos como el Thrash Metal. Paralelo a ello ocurre el gran fenómeno mediático del Rock Latino, por lo que casi la totalidad de los medios de comunicación se abocó a su cobertura dejando que los sectores alternativos o underground en Chile tomaran vigor sin ningún apoyo comercial, sustentado solamente en la autogestión. Así, los thrashers comienzan a diseñar un movimiento que adquiere una fuerza inusitada para la época, pues escuchar esta música constituye una verdadera rebelión hacia la programación habitual de las radios y canales de TV.

Fueron estos círculos los que mostraron un repudio hacia el régimen imperante no sólo en sus líricas, pues sus vestimentas, actitudes y discursos también representaron una postura frente a la vida y la sociedad en la cual estaban insertos, además del rechazo tácito a la cultura dominante y a las modas que se le pretendían imponer a la juventud.

HISTORIA, HITOS Y MITOS

El Thrash Metal surge en 1985 de las entrañas de Santiago, consolidándose entre 1987 y 1988 como un movimiento tribal de adolescentes desencantados de la sociedad que viven. La corriente llega a Chile con simultaneidad a su aparición mundial, cuando jóvenes del sector alto de la capital conforman las primeras bandas de este estilo, tomando referentes a conjuntos como Metallica, Slayer, Kreator y Destruction. De esta manera nacen Massacre -considerada la primera del género en el país-, Pentagram, Necrosis, Dorso, Warpath (ex -Rust) y Chronos, que fueron pioneras desde un plano ideológico estético pretendiendo alejarse del Heavy Metal criollo de Feedback y el Hard Rock de Tumulto o Arena Movediza.

En 1985 Massacre comienza a realizar presentaciones en diversos lugares de la Región Metropolitana, algunas siendo cortadas abruptamente por considerarse violentas y por generar conductas vandálicas en el público. Los shows de esta banda no dejan indiferente a nadie, más si se toma en cuenta que los primeros se hacen en establecimientos educacionales donde el público es mayoritariamente menor de edad.

Luego de estas apariciones, ocurre un hecho significativo para la articulación del movimiento: el primer recital exclusivamente Thrash registrado en el país, autónomo y autogestionado por los mismos integrantes de las bandas, en cuya organización destaca Yanko Tolic de Massacre. En este festival denominado Death Metal Holocaust participan también Pentagram, Nimrod, Rust, Crypt y Belial de Valparaíso. Este hito marca el inicio de una contracultura que comienza a generar sus propios eventos de carácter masivo, que a la larga le permitiría adquirir una connotación pública como movimiento, además de generar producciones alternativas como fanzines, demos, cómics y diseño de camisetas con logotipos de bandas, dando espacio a muchos para que desarrollasen sus aptitudes musicales, periodísticas y artísticas.

Un reportaje de 1988 publicado en la revista R.E.S. expone que “la vida de un Thrash es igual a la de cualquier joven que tenga ideales y que espera un cambio en la sociedad: los thrashers al igual que todos estudian o trabajan, pero siempre dejan un tiempo para escuchar su música, que refleja la violencia en el mundo. Los que pueden se dejan crecer el cabello que representa su libertad, se juntan todos los sábados en el Rock Shop para intercambiar música y las últimas novedades Thrash”. 

Como el Thrash Metal, a diferencia de otras corrientes del underground, llegó de forma simultánea con respecto a su aparición mundial, se convirtió en un estilo que adquirió rasgos muy particulares en Chile. Si bien la estética y los grandes referentes musicales fueron reproducidos de forma muy similar, “acá todos queríamos parecernos a lo que veíamos” dice Juan Pablo Donoso de Sadism, lo distintivo del origen y el contexto al cual se aplica esta contracultura hizo que en el país adoptara una modalidad propia, hasta idiosincrásica y mucho más confrontacional que en otras zonas. Así, el Thrash chileno en los ochenta fue un círculo autista y encapsulado pues no admitía cercanía alguna con quien no profesara ese culto musical.

Según el autor de “El Rock: su historia, autores y estilos”, Fabio Salas, los thrashers eran “jóvenes diluidos en un presente sin luces, esquizoides y desadaptados, militantes del desorden deliberado y anárquico, anti políticos, o mejor dicho alternativamente políticos, afectivamente desamparados, orgullosos, arrogantes, historias personales traumáticas y mórbidas (...) Tal ha sido el caldo de cultivo del Thrash Metal en más de una década”.

El no aceptar otras tendencias alternativas y el renegar el resto de las subculturas hicieron que los thrashers mantuvieran una actitud hermética y un radicalismo extremo como movimiento. Esto permitió diferenciaciones inclusive dentro de su propio seno, como por ejemplo la existencia de los thrushers o los possers. “Éramos súper clasistas, elitistas, racistas de todo, entonces en ese tiempo no se toleraban huevadas raras entremedio”, recuerda Andy Nacrur, de los legendarios Necrosis. “No nos gustaba la política, no nos gustaba la religión, no nos gustaban los possers, no nos gustaba el Rock Latino, nos rebelábamos contra todo eso (...) Al thrasher no le gustaba ir a fiestas y si ibas a una fiesta, ibas a puro dejar la cagada, (y) a misa jamás fuimos”.

“Estamos hablando del joven extremo que literalmente necesita cagarse en la sociedad, en su hogar, en todas las huevadas”, agrega Pancho Conejera, de revista El Carrete, “y tiene una vía de escape como esta, pero en su vida cotidiana era un huevón común y corriente, cumplía con sus labores escolares, sus responsabilidades (...) aunque tenía un gran desencanto”.

“Nosotros en ese tiempo éramos lo suficientemente valientes al decir la verdad contra las instituciones; la iglesia, la sociedad misma, el consumismo, de ahí viene la cuestión de los bluejeans rotos”, dice por su parte Chris Castro de Squad. No por nada, la vestimenta y la estética fueron de los principales elementos que dieron pie para la estigmatización de este grupo. “Había que ser un tipo valiente, muy care raja de meterte a todo el resto en la raja y andar en esa pinta”, se acuerda Juan  Cabezas, de Jucca Cómics. “En ese minuto era fuerte porque fue la primera juventud que apareció en esa imagen que la gente odiaba (...) Eran los peores huevones, como los drogadictos, los enfermos, ¡los peores huevones!”.


De hecho, el sensacionalismo y la estigmatización fueron los elementos medulares en el análisis de la prensa escrita en relación al Thrash, vinculándolo a conductas diabólicas y vandálicas. El viernes 17 de junio de 1988 por ejemplo, un titular de La Cuarta decía “Satánicos quisieron tener Infierno propio en el “Manuel Plaza”: Le prendieron fuego”. “Con cuello quedaron los fanáticos del rock pesado que asistieron al concierto que ofrecieron los muñecos de Massacre. Los trushers agarraron monos con un pequeño grupo de satánicos que les atracaron fuego a las galerías del gimnasio Manuel Plaza. El recital no alcanzó a terminar, porque llegaron los verdes y echaron a todos para afuera”.

DEL MANUEL PLAZA Y LA SEÑORA MARTA

La tocata, el núcleo del movimiento, era el momento cuando el Thrash mostraba su exposición más pública, ya que allí se reunían miles de jóvenes en las afueras del local que ellos consideraban como verdaderos “templos, iglesias y lugares de adoración”, de acuerdo a Chris Castro. Se trababan de “sitios nuestros, ganados por nuestro esfuerzo (y) que igual era un trabajo bastante importante; organizar tocatas, escribir fanzines, promocionar, ensayar, tocar”.

“Era la razón de ser”, recuerda el integrante de los fundamentales Massacre, Yanko Tolic, “Un concierto era como la liberación, como el ritual, el momento por el que todos esperaban esas dos o tres horas de concierto y (por el) que valía la pena para estar dos, tres semanas hasta un mes sin conciertos, pero no importaba, esas dos horas eran tan intensas que al final muchos salían motivados a enseñarles del grupo a sus amigos, de intercambiar demos, de estas cosas que se fueron masificando”.

Entre los lugares que caracterizaron al Thrash nacional estuvo el Gimnasio Manuel Plaza y la Sala Lautaro, como indica Nacrur. “La búsqueda de estos espacios fue una necesidad de encontrar un punto de reunión y poder tener un momento para intercambiar y conversar con los compadres”. Así, al igual que el Paseo las Palmas y sus alrededores de Providencia, dichos sitios se convirtieron en instancias en que los jóvenes, además de asistir a conciertos, se juntaban para cambiar discos y hablar sobre las noticias relativas a la escena.

El ahora mítico Manuel Plaza se identificó principalmente con las agrupaciones seminales del movimiento, señala el Torturer Pancho Cautín: “En ese tiempo no cualquiera podía tocar en el Manuel Plaza, tenía que ser una banda buena (y) con nombre. El Manuel Plaza era exclusivo de las bandas precursoras”.

Con el transcurso de los años, la Sala Lautaro pasó a ser otro centro importante para la realización de tales eventos, un espacioso galpón ubicado en calle Euclides en el paradero 2 de Gran Avenida. “Lautaro era un lugar más barato que estaba más al acceso de la gente de sector medio-bajo”, explica Andy Nacrur, “y conjuntamente fueron saliendo bandas de estrato socioeconómico bajo y que también querían tocar, entonces Lautaro fue como el rincón de ellos y Manuel Plaza fue como el rincón nuestro”. Por eso, la ubicación de esta Sala Lautaro permitió que muchos jóvenes de clase popular accedieran a los eventos que antes estaban muy circunscritos a los sectores altos de Santiago.

En ciertos casos existía una diferencia de precios y también en las bandas que tocaban, pese a que algunas como Massacre y Warpath se presentaban de igual forma en ambos recintos. La aparición de la Sala Lautaro coincidió además con el periodo de decadencia del Thrash como expresión contracultural en el país: “Fue paralelo a cuando el Thrash Metal iba muriendo y empezó a salir el Death Metal, entonces estas bandas que practicaban eso (último) y las tocaban en la Lautaro eran todas Death Metal”, comenta Nacrur. De esta manera, tal local se identificó con los conjuntos de fines de los ochenta más ligados al Death Metal, entre los que destacaron hoy nombres recordados y más de algunos activos como: Torturer, Sadism, Death Yell, Darkness, Abhorrent y Atomic Aggressor.

Las diferencias fundamentales entre ambos recintos fueron básicamente por el requerimiento técnico y monetario que exigía la realización de cada concierto. “Un lugar requería de más recursos para hacer un evento que otro”, dice Juan Pablo Donoso, actual ingeniero también de Sade Studio. “O sea, Manuel Plaza necesitaba una inversión mucho mayor que la Sala Lautaro, que (en cambio) no necesitaba de ninguna. En ese tiempo había una dueña que te proponía hacer el evento”, refiriéndose a la administradora del local, conocida como señora Marta, mientras que en el “Manuel Plaza había que pagar un contrato de arriendo, pagar seguridad (y) hacer cosas. Entonces sí necesitabas dinero para poder hacer un show ahí, no así en la Sala Lautaro”.

Una mayor permisividad en el horario y el menor costo para organizar un concierto, hicieron que la Sala Lautaro progresivamente fuera desplazando al Manuel Plaza como centro de eventos principal de la escena Thrash en Chile. “El único lugar que yo te diría que trataba de hacer su aporte era el de la señora Marta, la dueña en esa época del Teatro Lautaro”, concluye Marco Cusatto, de Warpath, “Ella en la medida que podía te lo arrendaba por unas lucas más, lucas menos. No te ponía restricciones de horario (y) no estaba prejuiciada con la imagen del Thrash”.

Maximiliano Sánchez
Sociólogo Universidad de Chile

Sigue revisando este trabajo de investigación completo en www.myspace.com/memoriathrash


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Septiembre 2014
   


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