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Viernes 3 de octubre Teatro Caupolicán

Tras dos visitas y tres presentaciones en Argentina, lo menos que se podía decir es que el público nacional seguidor de los de San Francisco estaba ansioso de por fin poder ver a BRMC en vivo por primera vez, cara a cara, cumpliendo una deuda que hace rato estaba pendiente con los chilenos. Decir que si los fanáticos reaccionaron o no puede ser visto desde dos perspectivas: en términos de concurrencia, el Caupolicán llegó a recibir a unas mil 500 o dos mil personas (solo se llenó la pista del teatro), pero su reacción frente a la mayoría de los temas del grupo pasó por una gama de reacciones, desde el entusiasmo fervoroso a la estupefacción y de ahí, de nuevo a la locura.
Al tanto de la dispar suerte de las bandas nacionales, excluidas en la gran mayoría de los shows internacionales en Chile, la inclusión días antes del show de Devil Presley fue una grata sorpresa, no tanto por un tema de afinidad artística con B.R.M.C, más bien por un asunto de trajín. Una década de profano rock and roll recordada a todo trapo por los Presley, el pasado jueves, tocando ante una Batuta colmada de gente y cerrada con broche de oro ayer por la noche, en el Caupolicán.
Con un sonido muy potente y una performance generosa en entrega, Devil Presley cumplió a cabalidad con la función de calentar a un público que en su mayoría no estaba familiarizado con el estilo de los responsables de “Round 3”, pese a esto, el respetable no escatimó en aplausos para agradecer la música de los nacionales y eso claramente dejó tranquilos a Rodro y compañía, los que se retiraron de las tablas con la sensación de una tarea cumplida.
Detalle aparte la acertada entrada de Cletus Presley, nuevo batero de la banda, que ha brindado un touch increíblemente dinámico a las canciones de Devil Presley, quienes con cortes como ‘Gran Juicio De Fuego’ , ‘Vida Loca’, ‘She Stole My Soul’, ‘Skull Tatoo’ y ‘Belcebú’, dejaron una muy buena impresión en los presentes y más de algún nuevo adepto conquistado. Esperemos que se siga dando chance a nuestros actos independientes en eventos de esta envergadura.
Los americanos ya lo habían mencionado: no había que esperar un concierto de gran magnitud, con espectacularidad o luces que iluminaran todo el escenario. Ellos, simplemente, venían a tocar, a mostrar por qué son considerados uno de los grupos esenciales del último tiempo. La aparición de Robert Been Levon (bajista), Peter Hayes (guitarrista) y Leah Shapiro (baterista de gira de The Raveonettes) fue lo único importante en esta fiesta donde la música –literalmente- era la protagonista. Con juegos a contraluz, escasa iluminación y telones negros, aquello parecía asimilarse más a un club nocturno que a un recinto de las proporciones del Caupolicán, ya que, por su nula fastuosidad, logró una inmensa cercanía con la audiencia de forma inmediata.
La ocasión arrancaría sus motores con un lisérgico inicio, a eso de un cuarto para las diez para la noche, siguiendo un orden similar al interpretado en el Pepsi Music en tierras trasandinas. El trío, vestido de riguroso negro, comenzaría con ‘666 Conducer’, seguida por la sexy y prendida ‘Berlin’, de su último álbum “Baby 81”. En medio de esa lúgubre escenografía, la crudeza del sonido del bajo, la potencia de los tambores y la fuerza de la guitarra engancharon en todo minuto con los asistentes.
Esto ya estaba pareciendo un juego de dar y quitar. Luego de la ostentosa ‘Stop’ vendría otra favorita del público, ‘Weapon of Choice’, también extraída de su último trabajo de estudio. Con esos adictivos versos y la indudable presencia escénica de Been Levon y Hayes, a más de alguno le pudo haber entrado la duda de cómo cumpliría sus labores en la batería la chica de The Raveonettes, dudas que se disiparon especialmente durante la interpretación de este tema, donde los tambores jamás perdieron un ápice de la fuerza original entregada en el registro.
Ahí vendría uno de los momentos memorables del show, cuando el trío tocó la grandiosa ‘Ain’t No Easy Way Out’, de su aclamado “Howl”, en aquel rescate de las raíces del rock que sonó incluso más energético y apasionado que la misma guitarra eléctrica en las canciones anteriores. De ahí continuaría una seguidilla ‘shoegazing’ del disco homónimo, que comenzaría con ‘White Palms’, que, en lo personal, me sorprendió porque ese tono medio mesiánico y ralentizado sonaba muy fuerte, donde los tres instrumentos se desafiaban a tomar dimensiones superiores, increíble. Entonces llegó ‘Red Eyes and Tears’, otro gran destacado de aquella placa, y ‘Awake’, donde se evidenciaron algunos problemas de sonido.
En ese entonces, cuando la masa ya estaba en contemplación de lo que ocurría sobre el escenario, sin aplausos, ni gritos, ni aclamaciones, pasaron ‘Six Barrel Shotgun’, y ‘Salvation’, que generó una respuesta inmediata del público apenas comenzaron a sonar los primeros acordes, y que al final despertó un poco del letargo cuando Robert Been Levon arrojó su micrófono al suelo, en el gesto más radical sucedido hasta ese instante, causando una ovación instantánea de parte de sus fans.
En el intermedio, tanto el guitarrista como el bajista tomaron las guitarras acústicas para interpretar ‘Heart & Soul’, ‘Fault Line’ y ‘Oh Mercy’, de Bob Dylan, recapturando la atención del público y creando un ambiente mucho más intimista. La actitud de la banda, de modernizar, pero al mismo tiempo, de rendir honores a los orígenes del rock, continuaba con ‘Shuffle Your Feet’, con una multitud que no le perdía el rastro a cada uno de los cortes tocados en el concierto: si no se cantaba, se bailaba y hasta se gritaba.
Cerca del final, llegaron ‘Howl’, la “canción nueva” (una poderosa ‘River Styx’) y ‘American X’. Pero aún quedaban ganas de escuchar ese imperdible y único tema de la carrera de Black Rebel Motorcycle Club, ‘Whatever Happened to My Rock n Roll (Punk Song)’, en el que por fin ocurrió el desato, en el que incluso, Been Levon se arrojó al público luego de ver simultáneos stage divings. El concierto pudo haber terminado ahí, pero junto con ‘Steal a Ride’, y particularmente con ‘Spread Your Love’, coreografiada por la audiencia, el final fue encendido y muy electrizado.
Con las promesas de regreso de Been Levon y su gratitud por la respuesta de los chilenos, la deuda por fin estaba saldada, cuando las chaquetas de cuero ya habían desaparecido por el intenso calor humano. No se podía pedir por más. Y aunque el show en general fue de altos y bajos, lo único que importó fue que Black Rebel Motorcycle Club y sus seguidores tuvieron más que un buen rato, como una grata reunión de grandes amigos que no se veían por mucho tiempo.
María de los Ángeles Cerda Francisco Reinoso Fotos: Ignacio Orrego
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