2011. EMIEstá bien. Coldplay consolidó su marca registrada: la dulzura. Pero, ¿necesariamente aquello tiene que transformarse en cursilería, en algo que llega a ser incluso empalagoso? En el caso de los británicos, sucede algo extraño. Gran parte del análisis en torno a su nuevo trabajo gira en las rebuscadas palabras que crea Chris Martin, a estos dos personajes, Mylo y Xyloto, que viven una historia de amor en una tierra distópica, no obstante, vencen a la desgracia y la luz triunfa sobre la oscuridad. Casi como un cuento de hadas.
Tampoco se trata de caer en cinismos. Lo que sucede acá es un esfuerzo mínimo por tratar de ser original, aunque sigan manteniendo el estatus de “una de las bandas más importantes de la última década”, en particular entre los menos exigentes. “Mylo Xyloto” es muy poco arriesgado y lo único que agrega intensidad a estas catorce canciones son las texturas que, obviamente, van por cuenta de Brian Eno (y a otro de los inventos de Martin, la “enoxification”). El resto, melodías casi predeterminadas para una constante rotación radial y más encima, con ingredientes algo ya pasados de moda, sino escuchen la colaboración con Rihanna, ‘Princess of China’.
Hay esperanza con ‘Hurts Like Heaven’, el tema que da inicio al álbum, pero de ahí todo va en franca caída. ‘Paradise’ es insoportable, con gigantescas pretensiones y muy poca sustancia y una obvia llamada para convertirse en himno de estadio; hermanada con ‘Charlie Brown’, y de donde se originó lo que queda del álbum, con lo que no queda mucho más que extraer. “All the boys, all the girls, all the highs, all the lows, as the room is spinning”. Una barra brava podría sacar un mejor coro que ése.
En ‘Us Against the World’ siguen tratando de imitar burdamente a U2, con otro pésimo título, que más fácilmente podría aparecer en un poster coleccionable de Coldplay en la Miss 17, sumándole a eso que las guitarras eléctricas de ‘Major Minus’ parecen clonadas de The Edge. En ambas pisan en terrenos acústicos, como para bajarle la intensidad a los temas previos, pero de esa prótesis de ego de los temas anteriores se pasa a una “belleza” plástica, falsa. ‘Every Teardrop is a Waterfall’, por su parte, retoma los sintetizadores y aporta con un tierno solo de guitarra eléctrica, pero es suficiente con los coritos y las notas pegajosas. Coldplay ha pecado de soberbia, aunque puede que a los más incondicionales no les importe. Total, Chris Martin sigue siendo el mismo.
María de los Ángeles Cerda