
2012. Ipecac
Llevar tanto tiempo con una incesante actividad suele ser un arma de doble filo para muchas bandas. La necesidad de exteriorizar cada inspiración de manera constante, y andar de concierto en concierto, y publicando disco tras disco puede terminar por aburrir a cualquier oyente. En ese caso, la demostración de una buena salud puede ser un sinónimo de saturación y, finalmente, de aburrimiento.
Empero, esa misma situación revitaliza a otros, y cada nuevo paso que dan es esperado largamente tanto por seguidores como por la crítica. The Melvins forman parte de este privilegiado grupo, cuya nueva jugada acaba de aparecer en las estanterías.
El eterno proyecto de Buzz Osborne regresa este 2012 con un disco titulado “Freak Puke”, el número 18 de la agrupación de Montesano. En esta ocasión, hubo una rotación en la formación que ingresó al estudio. Esta mutación funciona desde el año pasado como Melvins Lite, que sigue comandando Buzz, y que incluye al clásico baterista Dale Crover y a Trevor Dunn, bajista que tiene un prontuario conocido y de temer, al estar en el destino de insignes conjuntos como Mr. Bungle, Fantômas y Secret Chiefs 3, además de llevar un tiempo colaborando con los mismos Melvins en vivo.
Esta personificación de la banda busca, obviamente, otorgar cierta diferencia a una tarea que, en los últimos seis años, no ha conocido de descansos, de la mano de tres discos, trabajos en directo, Eps, colaboraciones con experimentados como la Jon Spencer Blues Explosion, y que en esta obra, contra todo pronóstico, no se vislumbra ni un ápice de desgaste, revistiéndola de interés.
Los tres músicos se ufanan, a lo largo de las diez canciones que se prolongan por un poco más de cuarenta minutos, de una conexión y engranaje envidiable. Dunn se lleva mucho del crédito de ‘Mr. Rip-Off’, mientras que la letanía se oye angustiosa en la corta ‘Inner Ear Rapture’, apronte para que la guitarra de Osborne se tome ‘Baby, Won’t You Weir Me Out’.
A lo largo de la obra, se aprecia que el motor del disco se lo reparten Osborne y Dunn. Y es que su impronta libre de prejuicios sirve para llevar los tempos, como en la lúgubre ‘Holy Barbarian’, o ceder el protagonismo en ‘A Growing Disgust’, que podría clasificar dentro de lo que llamaríamos un rock más tradicional, al igual que en ‘Leon vs. The Revolution’, donde Buzz hace sonar las seis cuerdas, condensada en los golpes seguros de Crover.
Hacia el final de la obra, el trío se manda una cruda y pesada interpretación del clásico 'Let Me Roll It', original de Wings y compuesta por Paul McCartney, y también ese pasadizo experimental que encierra casi diez minutos de búsqueda intrincada en ‘Tommy Goes Beserk’, y que engloba un nuevo motivo para seguirnos maravillando con The Melvins. Casi tres décadas de desdén absoluto por lo establecido sólo pueden aplaudirse de pie, más aún con un sólido trabajo como “Freak Puke”.
Jean Parraguez
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