La Renga en Viña del Mar
[Proyecto de crónica]
Polideportivo de Viña del Mar
Sábado 12 de enero de 2008
(Advertencia: si lo que te interesa es estrictamente la reseña del evento, se sugiere pasar directamente al punto 3 del presente texto. Si tienes aguante para divagaciones, dale con todo, pero no se aceptan reclamos)
001.- La Previa, por la carretera.-Al mediodía del sábado 12 de enero, los buses en las carreteras que unen Santiago con Viña del Mar parecían vehículos oficiales de Los Mismos de Siempre. Es que la mayoría de los pasajeros viajaban enfundados en poleras que decían en letras negras y rojas “La Renga”… éste venía siendo una pequeña muestra del meticuloso poder que esta música desata. Lo necesario como para que varios miles de dementes se pongan a cruzar estos kilómetros entre cordillera y mar para asistir al ritual de rock y corazones.
Tanto en el trayecto como en el lugar de destino, la pregunta más repetida era ¿y dónde queda el Polideportivo de Viña? Y es evidente que, aunque nadie lo tenía demasiado claro, en la “ciudad jardín” de flores carnívoras, bastaba seguir la procesión de lienzos y banderas rengueras para llegar con seguridad al sitio del suceso. Vale.
002.- In Situ.-15:45. Tomamos jugo ácido y café amargo en un local viñamarino. Por vías misteriosas nos enteramos de que La Renga perdió su vuelo del viernes hacia Chile, y que el plan se mueve, de manera que ellos llegan directo del avión al Polideportivo, para probar sonido y morir con las botas puestas. Nervio, nervio, mucho nervio… ¡Aguante!
Claro, uno supone que la productora se ahorrará un día de hotel, pero se gana de golpe otro día de stress. Mientras la banda no llega, todo pareciera ser pánico y locura en Viña. O Panic Show, que suena mejor.
Cosas raras, o sincronicidades baratas: En el cielo costero se dibujan medias lunas, corazones y estrellas de cinco puntas. No es magia ni el destino que se confabula: es la Fuerza Aérea de Chile que protege nuestros cielos y ameniza el descanso de los que se asan a lo spiedo en las playas y bla bla bla. Mientras vemos este espectáculo bizarro, nos llega la noticia de que La Renga por fin llegó al gimnasio. Son las 16:40, y una sana euforia inunda a los músicos.
003.- La Renga a secasDiez para las nueve y el estadio polideportivo de Viña del Mar retumbaba estruendosamente con la salida de Lucas Yaksic al escenario. El metal progresivo del guitarrista nacional se desplegaba con un entusiasmo que poco a poco el público fue aceptando, hasta despedirlo con merecidos aplausos.
El power trío instrumental dejó poco para la imaginación pues completó, en poco más de media hora, una presentación redonda, destacando el virtuosismo propio en la guitarra y de sus compañeros de banda, Leo Henríquez y Rodrigo Zúñiga en bajo y batería respectivamente.
El ex guitarrista de Dogma se paseó por temas de su repertorio, cargados al heavy metal que lo influencia musicalmente y la ejecución instrumental. Esto, en conjunto con el despliegue escénico del power trío y las ansias de rock del público, transformaron el teloneo en un espectáculo de primera para quienes gustan de música bien elaborada.
Luego, ya está todo servido para el festín. Que comience la devastación. Como nunca antes, en todas las anteriores visitas de La Renga a Chile, el grupo mostró el poder duro y crudo de su propuesta. Fueron ni más ni menos que dos horas y medias, y para comentar esas horas quizás bastara con revisar el set list y ver cómo vino la mano:
‘Panic show’, (qué principio soñado, no), ‘Almohada de piedra’, ‘El monstruo que crece’, ‘Tripa y corazón’, (y a estas alturas ya estábamos cansados de saltar y cantar), ‘La montaña roja’, ‘En el baldío’, ‘Paja brava’, ‘Al que he sangrado’, ‘Cualquier historia’, ‘El viento que todo empuja’, ‘Bien alto’, ‘Mujer de caleidoscopio’ (como para descansar un poco, pero nunca tanto), ‘Triste canción de amor’, ‘Despedazado por mil partes’, ‘La boca del lobo’ (y el sonido se estabiliza un poco y aparecen dos bestias inflables que enriquecen la puesta en escena), ‘Lo frágil de la locura’, ‘La nave del olvido’ (más coreada que nunca en Chile), ‘Veneno’, ‘El ojo del huracán’, ‘Ruta 40’, ‘El rey de la triste felicidad’ (y parece que las piernas no dan más, pero sí dan), ‘El final es en dónde partí’, ‘La razón que te demora’, ‘El Revelde’ (con un error del Chizzo que dio para reírse junto con los músicos), ‘Oscuro diamante’ y ‘Hablando de la libertad’. Bien.
Y bien, toda esta descarga en medio de una de las producciones más minimalistas de las que hemos visto con el grupo en Chile. Sin pantallas gigantes, sin el tradicional Precipicio repartiéndose entre la muchedumbre, prescindiendo de la plataforma de carreras en que Teté corría hace unos meses en Arena Santiago. Y con la banda más aislada de sus fanáticos por una producción menos cálida que en otras ocasiones. En fin. Lo que quedaba era ni más ni menos que rock and roll a secas. Y con eso había de sobra. En serio. Por largos pasajes del show, los de Mataderos explotaron lo mejor de su repertorio como trío, reventando la ansiedad del público en un espectáculo que llamaba más al baile que a la emoción. Y esa debe haber sido la diferencia más notoria con anteriores actuaciones.
Y es que La Renga sabe que tiene a su público en el bolsillo, y puede tomarse ciertas libertades de viejo conocido. La más notoria fue la de no incluir en la presentación ‘La Balada del diablo y la muerte’. Esto, que suena casi a sacrilegio, se entiende en el contexto de una banda que es capaz de seducir sin necesidad de recurrir a todas sus “sandías caladas”. La banda salió ganando otra vez, sin reclamos ni nada parecido.
La otra gran licencia, a nuestro modesto entender, fue la decisión de tocar en Viña del Mar. Seguramente influyó la gran base de fanáticos que son de la V Región. Y si le sumamos la masiva presencia de argentinos en la zona, se entiende mejor. Aún así, no dejamos de pensar que para muchos fanáticos santiaguinos, el esfuerzo de pagar entrada, pasaje, carrete y eventual alojamiento no es menor. Con eso basta como para que la banda y la producción local aquilaten el nivel de fidelidad del público.
Pero qué tanto, si al final estaban allí Los Mismos de Siempre, ¿no? Hubo maniobras como el coordinarse para arrendar buses y furgones, a fin de abaratar el costo, para saber estar presentes en la ceremonia. Llegaban como pacífica invasión rockera ala supuesta capital turística de Chile, para bailar y cantar con este rock and roll del alma. Quizás por eso fue más intenso el frenesí, el sentimiento y el grito en la garganta, con el corazón latiendo a mil en cada tema. Aquí se hermanan la pasión, el juego y la desesperación. La angustia y el deseo. El brillo y la penumbra. Cielo y tierra, tripa y corazón.
Chizzo sigue experimentando cambios de instrumentos. Dejando de lado su tradicional Gibson SG, o la mítica guitarra de Paul Stanley que usó en el Autódromo de Buenos Aires hace un mes, le cedió el protagonismo a una hermosa Les Paul, rica en tonos medios. Que mejor complemento para una voz que ruge cada vez más. Teté, como siempre, corre y salta en su jolgorio de locura y energía. Tanque confirma el poder metalero que lo anima, a todo doble bombo y sin parar. Manu aporta el brillo y la coloratura de saxos y flautas. Ante la ausencia de Chifflo, su reemplazante, Leopoldo, hizo un dignísimo papel que también sacó aplausos.
Después que se apagaron los últimos acordes de ‘Hablando de la libertad’, no quedaba mucho más que hacer. Apenas recomponer un cuerpo cansado de seguirle el ritmo al alma. Apenas caminarse la larga ruta cerro abajo, para seguir la senda de los espíritus que se reencuentran, intercambiando penas y alegrías al calor de un vino y unos cuantos abrazos. Allá arriba quedaban los ecos del ritual, y una banda de hermanos, felices y cansados de repartir su pasión por estas tierras. Hasta la próxima, desde la galería, siempre.
Texto La Renga: Urbano MatusMención a Lucas Yaksic: Fernando Costa