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WHITESNAKE / JUDAS PRIEST

¡UNA NOCHE PARA LA ETERNIDAD!

2011-09-2088


La velada prometía largas horas de buena música, por lo que el espectáculo comenzaría inusualmente temprano, tratándose de un día laboral. Lamentablemente, a la misma hora que la productora del show entregaba las credenciales de prensa, los nacionales de Inquisición ya estaban sobre el escenario descargando su Heavy Metal de corte tradicional, firmado por la excelente guitarra líder de Manolo Schäfler, un músico y una banda que -gracias a un concurso de radio Futuro- habían logrado ocupar la plaza de telonero por votación popular. Y con total justicia, pues lo cierto es que el último álbum de la banda, Opus Dei (2010), tiene un montón de grandes credenciales como esa excelente versión de ‘Electroquinesis’ que brilló con sus riffs afilados y la herencia del neoclásico primigenio made in Blackmore que Schäfler sabe interpretar con total devoción. Buen sonido y una buena presentación de Inquisición, qué duda cabe.

La Gran Revancha de la Serpiente.

La última postal que teníamos de Whitesnake en Chile, fue un certificado médico pegado en la puerta del Teatro Caupolicán que manifestaba que el concierto se suspendía por enfermedad del líder David Coverdale. Eso fue el 2008 y mucha agua ha corrido bajo el puente desde entonces. Como el lanzamiento del excelente Forevermore (2011), uno de los mejores discos de Hard Rock de este año. Habían ganas de ver a la serpiente blanca y eso se notó desde el inicio, cuando comenzó a sonar ‘My generation’ de The Who como intro del show.

Con sólo un telón de fondo cruzado por el logo de la banda, la legendaria “voz” brítánica saltó al escenario rodeado de su espectacular equipo de músicos norteamericanos. La nueva sección rítmica compuesta por el bajista Michael Devin (Lynch Mob) y el tremendo baterista Brian Tichy (Pride & Glory, Ozzy, Billy Idol, Foreigner), dejó claro de inmediato su poderío, dándole al sonido de la banda un gran empuje desde el fondo. ‘Best years’ de su penúltimo disco Good to Be Bad (2008), fue la elegida para iniciar la jornada, donde Coverdale salió con todas las ganas a comerse el escenario. Pero fue con ‘Give me all your love’, uno de los clásicos de su disco 1987, donde todo terminó de explotar y el público se volvió realmente loco. Reb Beach y Doug Aldrich hacían sus mejores poses como los guitar-hero que son, pero lamentablemente, la guitarra del hombre de Winger sufrió toda la noche de una mala mezcla y en varios pasajes se escuchaba muy poco. La banda siguió tirando toda la carne a la parrilla y ‘Love ain’t no stranger’ sonó a continuación, pegadita con el smash hit ‘Is this love’, la balada que todo el mundo cantó con el corazón en la mano.

Lo de Whitesnake era una auténtica fiesta y lo más emocionante era ver todo lo que Coverdale ponía sobre el escenario. Lo suyo es de esos cantantes de la vieja escuela, esos grandes frontman que tiene un aura magnética sobre las tablas. Sus movimientos elegantes, su presencia escénica con sus juegos con el pedestal del micrófono, sin olvidarse del componente sexual que siempre ha estado presente en las letras de Whitesnake, patente cuando Coverdale se agarra vistosamente la entrepierna con la mano, para el delirio de sus fans femeninas que aún lo ven con un sex symbol a sus muy bien conservados 60 años de edad. Pero lo más importante era la voz, y a pesar del desgaste natural de la edad y el exceso de cigarrillos, Coverdale demostró que su garganta aún tiene fuelle, potencia y mucha elegancia y emoción para regalar. El tipo francamente lo dio todo sobre el escenario, no se midió nada, no se guardó una pizca y forzó su voz incluso más allá de los límites de lo saludablemente aconsejable, como si no hubiera un mañana y pensando quizás que al día siguiente podría descansar para recuperarse. Como sea, la entrega del maestro Coverdale fue absoluta y ver esa pasión a sólo algunos metros del escenario francamente conmueve. Para ello basta recordar la intro con guitarra acústica de Forevermore donde Coverdale y su voz grave retumbaron en el recinto, calando los huesos en un tema con una clara herencia Zeppeliana.

Luego llegó el momento del duelo de los solos de guitarra de Beach y Aldrich, donde intercambiaron sus actos de hechicería en la seis cuerdas, seguida de ‘Love will set you free’, el gran single del nuevo disco. Tras cartón, fue el momento solista del inmenso Brian Tichy en la batería, quien se mando un acto circense haciendo rebotar una gran cantidad de baquetas en los timbales, las que salían eyectadas a varios metros del altura. Luego brindó un gran homenaje al legendario Tommy Aldridge (uno de los bateristas más insignes que ha tenido la serpiente junto con Cozy Powell), tocando una parte del solo con las manos.

Lo que vendría después, sería un final apoteósico, sólo con grandes hits, como ‘Here I go again’, el himno mayúsculo ‘Still of the night’ (que se vio algo mermada porque la guitarra de Beach se escuchó muy poco en este tema), una tremenda ‘Soldier of fortune’ de Purple cantada por Coverdale a capella, para rematar con más gemas de la estadía de Coverdale en el púrpura profundo con un gran medley de ‘Burn’, ‘Stombringer’ (donde la voz de Glenn Hughes la hizo Reb Beach) y de regreso a ‘Burn’, a un tramo donde más se notó la presencia del nuevo tecladista Brian Ruedy. Así Remataron casi 90 minutos de soberbia actuación y dejando al público realmente con la adrenalina a tope para lo que vendría después. Sin duda Coverdale tiene una gran banda detrás, con una legión de músicos impresionantes, pero por sobre ello, rescato la total entrega de un ícono del Hard Rock de todos los tiempos que a estas alturas podría estar pensando en la jubilación, pero que por el contrario sigue entregando su arte con pasión, con esa garra y devoción que sólo los grandes poseen y que uno tanto agradece cuando es testigo presencial de un momento sencillamente inolvidable.

¿La Última Cena con el Sumo Sacerdote?

La espera durante el cambio de rigor de los equipos se hizo eterna, quizás presa de la misma ansiedad que reinaba en el Movistar Arena. Un gran telón que cubría todo el escenario con la palabra “Epitaph” era el testigo visual de un momento que podría resultar histórico y definitivo, considerando que se supone que esta es la última gran gira mundial de los defensores de la fe metálica. Por los parlantes sonaron varios temas del grandioso Back in Black de AC/DC, hasta que la música mutó a ‘War pigs’ de Black Sabbath, cuando por fin las luces se apagaron. En la oscuridad se escucho ‘Battle hymn’, esa pequeña pieza instrumental del álbum Painkiller, hasta que finalmente el telón cayó y todo fue una explosión de luces y decibeles, con el quinteto de Birmingham ya cortado cabezas cortesía de una feroz ‘Rapid fire’, de su insigne álbum British Steel (1980), piedra angular en la historia del Heavy Metal.

Con un sonido sencillamente perfecto desde el minuto inicial, la escenografía lucía pletórica, resaltando cada uno de los momentos de este viaje por los 40 años de trayectoria del sumo sacerdote, como esas grandes llamaradas que emergieron casi del mismo infierno, cunado un repleto Movistar Arena cayó rendido en el éxtasis de ‘Metal gods’. La solidez de Judas Priest sobre un escenario es la rúbrica de una carrera brillante, con una maquinaría perfectamente engrasada donde la usina de poder emerge desde la batería del gigante norteamericano Scott Travis, que golpea sus parches con fuerza y precisión descollantes, haciendo un tándem indestructible con el bajista Ian Hill que no se mueve un milímetro de su sempiterno metro cuadrado, pero vaya cómo hace sonar su bajo. En la guitarra de Glenn Tipton, la calidad fluye por sus dedos: un maestro con todas sus letras, por lo cual, en esta ocasión la atención estaba puesta en comprobar el estado de las cuerdas vocales del mítico Rob Halford (que tuvo una performance sencillamente estelar durante toda la noche), y hacia el nuevo integrante de la banda, el guitarrista Richie Faulkner, quien reemplazaba al querido y notable KK Downing, quien luego de 40 años en la banda dio un paso al costado. Con total justicia, hay que decir que Faulkner cumplió una gran labor, no sólo en el aspecto técnico -el tipo es un gran shredder- sino que también se paró con mucha personalidad y protagonismo sobre el escenario, convenciendo y ratificando que su fichaje no es obra del azar. Incluso su aspecto físico recordaba a un joven KK de la época del Screaming for Vengeance (1982). ‘Heading out to the highway’ fue otro momento de emotiva nostalgia, con el público cantándola a todo pulmón; y ‘Judas rising’ demostró que es un nuevo clásico de Priest considerando la efusiva respuesta que obtuvo.

Lo bueno es que durante esta gira Judas está presentando un set que tiene momentos para todos los gustos, con pasajes para volverse loco cantando los hits, otros para saltar con los puños al aire y hacer headbanging y un tercer tipo, para escuchar y observar en calma como la banda plasma toda su maestría sobre un escenario. ‘Starbreaker’ era uno de esas sorpresas de esta gira: un tema nunca antes tocado en vivo, y la versión resultó muy pesada por responsabilidad de la gran batería de Travis. Acto seguido, vino un segmento donde los temas de corte épico se tomaron el show y pudimos contemplar toda la magia de Priest en un ‘Victim of changes’ con un Harlford realmente estelar en la voz y una interpretación asesina. Cómo llega a esos agudos imposibles a sus 60 años, es algo digno y afortunado de presenciar. ‘Never satisfied’ era otra de las canciones nunca antes interpretadas por Priest, aunque la banda solista de Halford sí lo habia hecho en su gira del 2003. Los continuos cambios de telón, los ochenteros rayos lásers multicolores, las columnas de humo, los fogonazos, todo contribuía a la grandeza del espectáculo, pero unas emotivas guitarras acústicas y la gran voz de Halford generaron un momento de gran emotividad en la interpretación de ‘Diamonds & Rust’, para luego rematar el tema con toda la banda sonado como los dioses del metal que son. Un Halford con un báculo con el tridente del “metalian” en la punta y una capucha entera metálica agregaron una cuota de espectacularidad teatral a la interpretación de ‘Prophecy’, el tema más nuevo que tocaron proveniente de Nostradamus (2008), para luego seguir con una ralentizada ‘Nightcrawler’ de Painkiller y una totalmente celebrada ‘Turbo lover’ con múltiples llamas emergiendo desde el fondo, prácticamente rostizando al pobre Travis que debe soportar todo ese calor infernal.

Una maravillosa balada poderosa como ‘Beyond the realm of death’ fue el siguiente paso, donde Glenn Tipton descolló con su solo lleno de feeling, para seguir con la oscura ‘The sentinel’, también algo ralentizada. Llegó entonces el turno de ‘Blood red skies’ del cada vez más apreciado disco Ram It Down (1988), otro de los temas nunca antes tocados en vivo por la banda. La verdad es que hicieron una epopéyica versión, con un sonido muy pesado, una batería casi marcial a cargo de Travis y una interpretación vocal de Halford realmente espeluznante, en un momento épico de grandiosa elocuencia, un acierto pleno, ya que esta canción fue una de las más pedidas por los fans en la página web del grupo, cuando estaban armando el setlist del tour mundial.

De ahí para delante vinieron sólo hits, uno tras otro con ‘Green Manalishi’ y un ‘Braking The Law’ que a modo de tributo, Halford le “cede” el micrófono al público para que la cante con él como director de orquesta. Luego vino un pequeño solo de batería de Scott Travis, donde tocó una parte de ‘Scarified’ de los geniales Racer-X para luego dar la tralla con esa munición de artillería pesada que es el incio de Painkiller donde los cimientos del lugar se remecieron con la locura de la gente.

El final se acercaba y vino el primer bis de la noche... ¡Y qué bis! Con ‘The hellion’ y ‘Electric eye’, para que luego ingresara Halford montado en la Harley Davidson y tocaran ‘Hell bent for leather’. Posteriormente, Halford sale al escenario con una bandera de Texas de capa (¿Qué pasó con el equipo de producción? Las banderas se parecen pero no son iguales), para hacer cantar a todo el estadio con su clásico "Oh yeah” y rematar la velada con una festiva ‘You’ve got another thing coming’ en versión extendida y con un gran, gran lead de Faulkner. Cuando parecía que no había más, Travis toma el micrófono y dice “San Diego… Santiago” (hasta los dioses se equivocan), ¿quieren una más? Y fue asi como llegó un ‘Living After Midnight’, que ya era pedida a grito pelado por el público. Explosiones finales y el sueño llegaba a su fin. Una presentación realmente increíble, mientras el ‘We are the champions’ de Queen sonaba de fondo.

El propio Halford dijo en una entrevista antes de empezar el actual tour que querían despedirse a lo grande, en un peak  alto y de calidad, haciendo shows matadores, y todo eso fue exactamente lo que vivimos. Pero también dijo que estos show serían una fiesta para celebrar y no para ponerse tristes por la partida. Después de ver un show de este nivel, después de ver a los mismos Whitesnake, después de ver a Scorpions el año pasado aquí mismo a Iron Maiden en todas sus últimas y espectaculares visitas, entonces uno acude el pensamiento: ¿Qué va a ser del Hard Rock y el Heavy Metal cuando estos monstruos legendarios ya no estén? Sin duda, como dice la canción de Kiss, “un mundo sin héroes”. Al menos Judas promete un disco más de estudio el próximo año. Espero que esté a la altura de su enorme leyenda. Y si esta fue la última vez que los tuvimos aquí, al menos fue un honor inolvidable, en una noche para recordar hasta la eternidad.

Cristián Pavez.
Fotográfías: Sebastián Jiménez.
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Septiembre 2014
   


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