La dimensión hermosa y desconocida de 31 Minutos Entrevista con Álvaro Díaz Miércoles, 08 de Octubre de 2025 Publicado originalmente en revista Rockaxis #238, abril de 2023. El noticiero con más credibilidad del país cumple dos décadas desde su estreno en la pantalla chica, un tiempo donde el proyecto ancla de la productora Aplaplac debió asumir nuevos desafíos, adaptándose a nuevos formatos dentro de su misma orgánica: pasar de ser un programa de televisión a un espectáculo en vivo. Una transición que transmutó la forma de entender a 31 Minutos como contenido cultural, sin duda, pero que nunca abandonó la premisa central de interpelar y representar a las nuevas infancias. Sin un exagerado espíritu celebratorio ni nostálgico por este hito, Álvaro Díaz –uno de sus creadores– analiza estas dos décadas de un ícono del imaginario infantil con una premisa clara: «a mí me parece que tiene que demostrar que 31 Minutos es un proyecto que continua». Por César Tudela Aunque para muchos sea un tema no tan relevante, en Chile la programación para niñas y niños ha sido casi tan importante como otros contenidos de entretención (sean estos teleseries o partidos de fútbol). Desde las tiernas historias de Pin Pon de finales de los sesenta, hasta el lanzamiento NTV en 2021 (el primer canal cultural del país enfocado en el público infantil y juvenil), han pasado decenas de proyectos pensados en la audiencia formada por los más pequeños. Sin embargo, solo hay uno que ha logrado permear otras capas de públicos, no subestimar a las niñeces y posicionándolos como sujetos de derecho, y sobrevivir dos décadas en base a nuevo contenido y no solo por el ejercicio de la nostalgia. El proyecto ancla de la productora Aplaplac: 31 Minutos. A 20 años del estreno de este fenómeno, podemos decir que su irrupción en nuestra cultura popular fue un hito que marcó un antes y un después en la televisión y en la forma de plantear contenidos para las infancias. Se trató de un hecho inédito: nunca antes se había promovido un programa infantil con tanta masividad –incluso fuera de nuestras fronteras– y con el interés y transversalidad genuina que aún tiene por parte de sus fanáticos. Sin embargo, Álvaro Díaz –uno de sus creadores, junto a Pedro Peirano–, pone paños fríos a la fiebre que ha provocado el recuerdo de la emisión del primer capítulo de 31 Minutos hace ya dos décadas. «No me gustan mucho esas celebraciones. Creo que eran cosas muy agradables cuando uno era más joven, o más público consumidor, por decirlo así. Eran cosas que sucedían espontáneamente. De repente te das cuenta que no tantas bandas ni tantos discos cumplían 20 años, pero no eran necesariamente una ocasión comercial», dice enfático y convencido. «El tema de las redes sociales hace que obviamente todo se dé como una oportunidad comercial y nadie lo pueda disfrutar, que sea solo la posibilidad de hacer un show, de remontar un disco en vivo. En el fondo, es una oportunidad que los artistas buscan para tener pega. Por lo tanto, en lo particular dije que casi no lo mencionáramos. Igual lo hicimos, de hecho lo publicamos ese día y en la semana recordamos algunas cosas en nuestras muy vivas redes sociales. Pero eso fue y punto», remarca. Obviamente, esta conmemoración sirve como estímulo para, al menos, conversar junto al resto del equipo. El interés del público también es algo que los motiva para montar algún tipo de show especial. Al respecto, Díaz reconoce que de ser así, si bien se daría en el contexto de los 20 años, el espíritu nostálgico no sería el único impulso. «Me parece que lo que hagamos tiene que demostrar que 31 Minutos es un proyecto que continua, que tiene desarrollo, que tiene nuevos planes. Esto ha sido lo que nos permitió seguir. No me veo haciendo nostalgia, aunque mucha gente sí lo hace, viviendo solo del recuerdo, una sensación y una repetición permanente de algo que sucedió. Para nosotros, es algo que siempre está sucediendo y que solo cambia de formato, que busca nuevas historias, nuevas aventuras, nuevos contenidos, nuevas dimensiones y, en ese sentido, también sería un acto fingido matarlo». Descubrí un mundo muy complejo Una de las cosas más sorprendentes de 31 Minutos es su activa vigencia. Como menciona el mismo Álvaro Díaz, este proyecto no solo ha sobrevivido por la nostalgia hacia sus mejores años, el de esas tres maravillosas primeras temporadas, sino que supieron descifrar el rumbo que podían tomar las aventuras de los personajes del noticiario con mayor credibilidad del país. De hecho, lo que partió siendo un proyecto netamente televisivo, una década más tarde comenzó a funcionar con otra lógica, la de un espectáculo en vivo vinculado muy fuertemente a la música. «Así como partimos con tele, después hicimos una película y, luego, los últimos 10 años han sido los shows en vivo. Apuntamos ahí, así hemos evolucionado. Entonces, este formato tiene solo 10 años y es un proyecto contínuo, que se desarrolla, que busca cosas, que busca canales de expresión y que este año ya viene con otros proyectos que son distintos, con otro formato. Eso nos va regenerando». – ¿Qué ganó 31 Minutos en el paso de ser un programa de TV a un espectáculo en vivo? – Obviamente nos hemos desarrollado mucho, hemos inventado cosas, ganado en imágenes, en eficiencia, en espectacularidad. Por ejemplo, la carga de la escenografía del Festival de Viña eran, no sé, dos camiones, lo que es impensable para un espectáculo en vivo (para niños), por eso todos esos shows se hacen con pantallas y luces para transportar solo a los músicos. El espectáculo evoluciona hacia eso y hay que ir aprendiendo, no hay que mirarlo con desprecio, sino que hay que decir «qué puedo sacar de esas cosas». Hay que entender que estás en un negocio que es fluctuante y que siempre tienes que ir donde está yendo el público. No te puedes poner a llorar porque el público no llega. – ¿Esa adecuación los hizo irse de la tele? – Nos fuimos porque la televisión abierta perdió público. Me acuerdo que hace ya más de 10 años los abogados empezaron como a avisarnos que había mucha gente pirateándonos y que había que controlar eso. Nosotros, al contrario, les dijimos «no lo controlen, nos van a ser conocidos con material que ya hicimos y que ya rentabilizó». Ahora venía su real rentabilidad, que es que la gente lo conozca no solo en Chile. A través de YouTube llegamos a Latinoamérica. El pirateo es una señal de tu popularidad. Entonces, hemos sido muy adaptables, por decirlo así. Hoy estamos de vuelta un poco en lo audiovisual, pero ya mirando las plataformas, no puedo entrar mucho en eso porque hay un contrato involucrado que me impide hacerlo, pero vamos hacia allá porque ahí es donde hoy está el público, donde está el negocio, y si además hay posibilidades de desarrollarse artísticamente, nosotros nunca lo vamos a esquivar, al contrario. – En la interna, ¿cómo manejaron ese cambio de switch, de un formato a otro? – Primero, pasamos de ser un equipo grande de tele, con mucha gente trabajando, a muy poca gente. Éramos los tres socios, finalmente. Uno de ellos se fue, Juan Manuel Egaña, quien estaba metido en el mundo de la televisión. Justo en este cambio de formato entró una nueva socia, Alejandra Neumann, que era manager de la Javiera Parra –en la época del disco “AM”– y también fue la encargada de montar La Yein Fonda y la del The Clinic en la Quinta Normal, por lo tanto, tenía conocimiento vasto en giras y en producción de espectáculo en vivo. Ese cambio fue un golpe de timón que con Pedro nos vimos obligados a hacer. Mucha gente que trabajó con nosotros en lo audiovisual se pasó a las giras en vivo, a algunas les gustó, a otros no; otros querían volver hacer audiovisual y nos tocó decirles: «hoy estamos en vivo, lo sentimos». Mucha gente agarró el carril, otra prefirió mantenerse en otros proyectos fuera de Aplaplac. – Y en el momento del cambio, cuando dejan de ser estrictamente un programa de televisión, ¿fue muy fuerte? ¿Salieron preguntas como «ahora qué hacemos» o ya tenían más o menos un camino trazado? – Ya estábamos medio cansados. Hicimos tres temporadas, y antes con Pedro hacíamos un programa distinto todos los años. Hasta 31 Minutos, para atrás cambiábamos de proyecto a cada rato, siempre una cosa distinta todos los años y era porque nos aburrimos rápido y pensábamos que era nuestra lógica de funcionar. O sea, todo lo contrario de algo que cumple 20 años. Después de tres años trabajando duro en las temporadas, lo que queríamos era hacer una película y ahí leímos mal una información. Lo que leímos bien es que la televisión abierta iba en receso, en una época que todavía había obsesión por ella, se conversaba de las normas digitales, de cómo se financiaba el canal. Entonces decía «si hay que financiar un canal, que ya se financiaba, quiere decir que algo está pasando con el público». Y no era el cable el principal enemigo, sino que internet. – Empiezan a cambiar las reglas del juego, de la industria, del negocio. – Frente a ese escenario, que se iba poniendo cada vez más complejo, nosotros leímos que había que salir de la tele. En ese minuto, había una especie de boom del cine chileno con Sexo con Amor (2003) y otras películas, entonces agarramos esa cuerda con un proyecto grande, una película. Ahí, con Pedro debimos haber entendido que teníamos la posibilidad de hacer una película, que era lo que queríamos, pero no tenía por qué ser de 31 Minutos, podríamos haber inventado otra cosa. Pero de alguna manera, quisimos irnos a la segura, como que lo dimos por hecho, y lo que entendimos después es que el paso de la tele al cine es raro. La gente siente que va a ver un capítulo alargado de algo. Además, fue una película cara y complicada de hacer, que si bien no le fue mal, no rindió lo que tenía que rendir, a pesar que fuimos la película más vista de ese año, pero con la mitad del público que había ido hace un par de años atrás. Por lo tanto, los números no dieron. Yo no soy un bicho raro 31 Minutos diseñó una innovadora propuesta que visibilizó las costumbres y la cultura local, poniendo al centro a los niños y niñas, repensándolos y entendiéndolos como sujetos de derecho que aportan a la construcción de nuestra sociedad, sin subestimarlos. Así se fue construyendo su identidad y, sobre todo, su audiencia. Historias absurdas, pero tiernas; mensajes educativos y valóricos, y un repertorio de canciones contagiosas, dieron forma a un programa único y especial, que se tomó muy en serio la misión de acompañar y entretener a los más pequeños, pero también, con muchos guiños a sus padres y madres. Para el hombre detrás del personaje de Juan Carlos Bodoque, esto es algo que ya existía en algunas propuestas en Chile. «El Profesor Rossa tenía el mismo sentido, que a los niños tienes que entretenerlos, y para eso tienes que despertar su curiosidad y llevarlos a un lugar que sea atractivo, y ese lugar atractivo lo debes hacer con autenticidad también, o sea, no podi estar aburrido y querer estar entreteniendo a los niños; los niños son muy observadores y perceptivos, y no se van a entretener con un adulto aburrido, eso no sucede. Todos los que somos papás sabemos que si tú estás aburrido, los niños se aburren», reflexiona Díaz. – ¿Cuál es la fórmula para poder llegar a ese público, que son niñas y niños, que tienen subjetividades tan cambiantes? – Tienes que plantearlo como un desafío, pero sobre todo de entender que el adulto también tiene una dimensión infantil. Yo arriba el escenario no puedo estar lleno de consideraciones conmigo mismo, porque si no, no funciona. Esa dimensión infantil de los adultos es mucho más relajada, más gratuita y entregada, por lo tanto, tiene menos gravedad. En ese sentido, es infantil 31 Minutos, pero no estoy diciendo esto para niños y también para adultos. No estoy pensando cerrado, porque generas un mundo que tiene lógica, y cualquier gravedad, discurso, mensaje, no es bienvenido. Sí es bienvenido lo que tiene entusiasmo, de querer convencer al otro y atraerlo. Y ese otro, también es un niño. 31 Minutos puede tener segundas lecturas, pero no tiene chistes en doble sentido, por ejemplo, nunca lo ha tenido. – Claro, y también está que, como pasa por ejemplo con Los Simpsons, 31 Minutos entrega un contenido implícito que puede irse descubriendo con los años, con el consumo de cultura pop. – Creo que esto es importante: que 31 Minutos sea una puerta, que sea un detonante, que la gente vea otras cosas y descubra otras cosas. Los programas –y toda la producción artística– tienen que ser detonantes. Para mucha gente que va a ver los shows de 31 Minutos, puede que sea su primer concierto de rock. Ojalá que después puedan ir a más conciertos, que alguien diga «me la pasé bien, quiero ir a otro, quiero conocer más música», que eso se de a partir de 31 Minutos. No sé, el otro día en La Tercera decían que ‘El dinosaurio Anacleto’ tenía reminiscencias de Tom Petty, y debe haber sido porque lo dije cuando estábamos haciendo los arreglos antes de grabar. La cosa es que si alguien lo lee y luego busca a Tom Petty en Spotify, y le gusta, la pega está hecha. Sobre lo mismo, no todo debe ser llevado al plano educativo. Acá hay una especie de norma de que todo el contenido para niños tiene que ser una especie de extensión del colegio, y esa huevada es horrible. Las historias no tienen por qué tener eso de fondo, al contrario, 31 Minutos es muy libre, y más allá que tenga una Nota Verde o un Calcetín con Rombos Man, lo que lo hace adictivo o atractivo es la libertad de sus temas y sus personajes. – Hay algo también con ciertas decisiones editoriales en el contenido, de permitirse ciertas libertades, de poner ciertas referencias que a ustedes les gustan. Hay un montón de eso en el programa y el público las celebra cuando las reconoce. – Sí, por supuesto que hay libertad, no tienes por qué conocer a cierta banda o canción, pero el que la conozca se va a reír, y el que no, no le va a importar. Hay cosas que están hechas en función de ser una parodia de la vida a través de un noticiero. Y funciona con las reglas de la parodia, que son agarrar la realidad y ponerla de manera de manera cómica. Los personajes no son referencia directa a nadie, pero sí son parodias de muchos. En el caso de las referencias, tiene que haber una razón atractiva para ponerlas y que no bloquee el resultado final que queremos mostrar. Por ejemplo, en el caso de 'Ratoncitos', lo fundamental es que tiene que gustarle a todos los que lo vean y entenderlo. ¿De dónde sacamos la referencia? No es tema, pero al que lo relacionó con algo, en este caso con la estética de Kraftwerk, se llevó un extra. – Esas libertades también están presentes en la música. Podemos encontrar muchos estilos representados en las canciones que, como mencionaste, sirven de puerta de entrada a ciertas cosas que quizás no habrían llegado por otro lado. – Nosotros tenemos una suerte muy grande y que no fue tan consciente. Como el origen de nuestra música es un ranking, tenían que confluir muchos estilos. No podíamos tener un solo estilo, aunque curiosamente sí hay un estilo 31 Minutos, que es medio lo-fi. Hay un estilo porque tiene que ver con la gente que trabaja ahí, con su forma de escribir las letras y crear las composiciones. Así es como hay rap, rock, ska, tango, guaracha, raggamuffin, puede haber lo que se nos ocurra, hay de todo. Pero siempre hay una estructura de canción que manda, media beatlera, por decirlo. Y hay otras cosas que salen muy espontáneamente. En ‘Ríe’, por ejemplo, con Pedro siempre tiramos la talla con hacer canciones como las que cantaba Don Francisco en Sábado Gigante para las publicidades, las presentaciones de concurso, cuando conversaba con el público. Entonces viene de ese imaginario. Cucho Lambreta es un cantante viejo donde el pianista lo va siguiendo, con un ritmo medio tanguero. Es una canción totalmente televisiva, por decirlo así, fue inventada mientras hacíamos el guión, entre todos, como cuando la melodía viene de antemano. Como eran las canciones que creaba el guatón y que el Tío Valentín se las seguía. ¡Quiero hacer mi show! A la par del fenómeno de internet, y específicamente del streaming, nuestro país comienza a posicionarse en la región como una plaza muy atractiva para la realización de grandes festivales masivos de música. La llegada de Lollapalooza a Chile en 2011 marcará al año siguiente un hito clave en la historia de 31 Minutos, o más precisamente, en el nuevo rumbo que iban a tomar de ahí en más. Aunque antes de ese ya de culto Kidzapalooza 2012, Díaz y los suyos habían probado la experiencia de llevar los títeres desde el estudio de televisión a un escenario. – ¿Cuál fue la primera presentación? – Hay un evento súper particular, cuando en el gobierno de Piñera, Luciano Cruz-Coke –como ministro de Cultura– nos pide si podemos hacer un show en vivo para una gira que pasaría por las localidades más afectadas por el terremoto del 2010. Entonces había un buen presupuesto y montamos una obra de teatro en un camión, pero con pistas grabadas. Era un CD con las canciones que estaban en los discos y lo montamos en distintas plazas de Concepción, Talca, Penco, Constitución, en todos estos lugares donde había sido muy fuerte el terremoto. De eso, nos queda una pequeña obra, Resucitando una Estrella, donde la parte de diálogos con pistas no andaba tan mal, pero cuando venían las canciones había un bajón, como que le faltaba el punch del en vivo, y se extrañaba al tiro. Pero esa fue la primera experiencia “en vivo”. – Esa fue una obra que se programó en teatros después, ¿no? – Primero se la llevaron a México, porque era muy fácil el montaje. Mandabas el audio, un titiritero de acá a hacer como un entrenamiento a la gente, pero nada más. Luego, estuvo todo el año en el Teatro Mori (2011), los sábados en la tarde, al estilo Cantando Aprendo a Hablar, y le iba más o menos bien, no era un éxito increíble, pero funcionaba. Tenía algo. Y bueno, esa obra la compran para Lollapalooza y, luego, nos sale una invitación para un trabajo de Puma, que iba a inaugurar una tienda en el GAM y nos dicen si podemos tocar nuestras canciones, en una colaboración entre nosotros y Jorge González. Y puta, somos fanáticos de él, y por otro lado, Pedropiedra ya era amigo de nosotros en esa época y estaba en la banda de Jorge. Luego, con Pablo (Ilabaca) nos dedicamos a organizar esta cosa, sin yo haber tenido nunca una experiencia en ensayo y creyendo que era muy complicado. Después vi que los músicos sacaron las canciones muy rápido, Jorge ponía las bases en el computador y tocamos. ¡Ahí Bodoque cantó ‘Sudamerican rockers’! Hicimos varios temas de nosotros (‘Yo opino’, ‘Lala’, ‘Baian sin cesar’, ‘Mi equilibrio espiritual’, ‘Mala’, ‘Me cortaron mal el pelo’) y había interacción entre Tulio y Jorge en los intermedios. La experiencia fue alucinante, me acuerdo que canté algunas e hice más que nada los coros, pero estar en el escenario más la vibra que había y la energía que se produjo, fue épico. – ¿De acá entonces sale la semilla de lo que hicieron finalmente en Kidzapalooza? – Sí, ahí hicimos el enroque. Dijimos «no vayamos con la obra de teatro, ya tenemos el contrato firmado, toquemos en vivo los días que nos pidieron, pero en vez de algo que iba a ser fome, toquemos con la banda y aprovechemos esto para lanzarnos». – Y se llenó para esa presentación... – Claro, fue alucinante. Tuliopalooza fue un bombazo… Le tocaba a mi hijo ‘El dinosaurio Anacleto’ para que se durmiera, por eso me la sabía en guitarra, no lo habíamos ensayado, no sabíamos que era parte del imaginario y la empezaron a pedir el primer día. Al segundo día, le pedí la guitarra al Kbzón y la toqué así en pelota adelante. La gente lloraba. Y yo también. – ¿Nunca imaginaste lo que provocan esas canciones? – No, no me imaginé que provocaran eso. O sea, siempre pensé que el espectáculo en vivo infantil era una cosa muy pobre, lo mismo que pensaba de la televisión infantil antes de 31 Minutos, que iba a ser algo penca. No tenía la confianza que el programa iba a generar otro estándar y otro vínculo. Era un tipo de espectáculo que no existía y no ha existido todavía. En ese sentido, 31 Minutos no tiene competencia, no hay otro espectáculo de esas características, con esa narrativa, de tener una banda de rock de muy buen nivel y, por otro lado, un show con títeres, con historias, con un montón de cosas. Había mucho conocimiento acumulado que pudimos aplicar ahí, entonces a los seis meses ya estábamos haciendo cuatro Movistar Arena, sin haber tocado casi nunca antes en ningún otro lado. – Eso ya era la Gira Mundial. ¿Cómo fue ese proceso? – Ahí fue cuando ya nos tomamos en serio esto. La evolución de nosotros fue una cosa muy rápida… En meses ya estábamos en el Festival de Viña y a buen nivel, quizás no al nivel que tenemos hoy, he mirado los videos y canto desafinado o leyendo. Me importaba una raja, era mucho más relajado. Es curioso, porque el nervio me llegó después, cuando empecé a asumir que había que ser profesional; me empezó a dar mucho pánico el escenario, pero ya llevaba harto rato tocando. – Se ha notado mucho el profesionalismo en cada nuevo show, desde todos los ángulos. – 31 Minutos en vivo propone algo que compite con los espectáculos en vivo, en general. No en la majestuosidad quizás de un espectáculo como el de Rosalía, pero tiene que dialogar con eso. Fue una buena experiencia ver a Rosalía y fue una buena experiencia ver a 31 Minutos, no puedes decir «ah mira, pese a que son chilenos, pese a que...» ¡No! Esa huevada tienes que sacarla de tu cabeza. El espectáculo que van a ver es la raja, con sus limitantes, por supuesto, pero es la raja. – ¿Crees que ese espíritu fue un factor clave para poder llegar a otros mercados, otros públicos? – Sí, pero también depende de otras cosas más tangibles y sobre todo del trabajo. Nosotros dependimos un poco de una primera irradiación fortuita y una buena gestión que hizo Juan Manuel, el socio original de Aplaplac, que fue poner a 31 Minutos en un canal público y pequeño mexicano. De ahí se generó que se conociera y empezó a piratearse también. Cuando uno pone una semilla y funciona, es más probable que te vaya bien. En ese sentido, no hemos sido tan eficientes para llegar a otros mercados más difíciles. No sé, no sabría decirte una explicación tan clara cómo o qué sucedió con Latinoamérica. Parece que la Cordillera de los Andes es muy fuerte, porque nos va muy bien en Colombia, Perú, Uruguay, en Argentina somos súper conocidos, pero con Brasil que lo hemos intentado y 31 Minutos está doblado al portugués, no ha sido fácil. Y México ha sido demasiado absorbedor, en cierto sentido. – ¿Para ustedes es un sueño llegar a Broadway o Las Vegas con alguno de sus espectáculos? – No. Para mí el deseo es que lo que tenemos logre más espacio, no cambiar tanto lo que tenemos, sino que lo que tenemos tenga más público. Si es China, la raja, pero cómo se llega ahí, no sé. El problema es que nosotros somos un bicho raro, somos muy chicos, nuestra empresa es un galpón donde somos cuatro personas, que podemos llegar a ser 30, pero sigue siendo un galpón con proyectos acotados y con alcance regional. Entonces es muy raro que alcancemos eso sin estar apoyado por una empresa gigante, si no tienes a Disney detrás o un sello multinacional que te esté metiendo plata, o ser parte de un catálogo. Nosotros no somos parte de nada, buscamos sociedades puntuales para proyectos puntuales. Y si quisiéramos ampliar ese rango, necesariamente tendríamos que aliarnos con otros, pero puede ser vender el alma al diablo, entonces tienes que analizar muy bien eso. El Ránking Top de Álvaro Díaz Nunca me he sacado un 7 (Michael Astudillo) Me encanta, porque es de esas canciones donde los niños no son modelos de nada, no son ganadores, sino que la pelean. En general, me gustan mucho ese tipo de relatos, porque como que también identifica a más gente, pero no como alguien débil sino como alguien que descubre algo, una pequeña hebra donde te vas metiendo y entras en un mundo nuevo con otros códigos. Me encanta esa idea. La regla primordial (Retrete Navarrete y Los Bulliciosos) Este tipo de canciones que compuse, como ‘Mi mamá me lo teje todo’, son muy bonitas, funcionan muy bien, y salieron en momentos muy particulares. Además, están hechas desde otra lógica; no desde modelos, sino que de vivencias infantiles que, a pesar que a veces son difíciles, son choras. Diente blanco, no te vayas (John Quijada) Me acuerdo cuando estábamos filmando el video de esta canción y no podía creer lo linda que era la historia, con tanta sensibilidad involucrada. Cuando la escuché en ese momento, me emocioné. Son pololos (La Corchetis) Me fascinaba la idea de poder hacer una canción folclórica, tiene unos arreglos choros. Tiene una estructura de los años 30, y poder hacer hoy una canción así, que sea coreada y que tenga tanto acervo en una dinámica popular, lo que se podría malinterpretar como el bullying (del grito «son pololos, son pololos»), pero también es una manifestación popular que divierte en muchas partes, entonces poder agarrar eso y convertirlo en una canción y en una historia tan bonita, es maravilloso. Son personajes entrañables y tiene un bonito video. Señora, devuélvame la pelota o si no, no sé que haré (Pepe Lota) Esta es una canción con una historia muy completa, porque tiene personajes y relata una huevada más linda que la cresta. Además, me impresionó de inmediato, porque es de esas canciones que me la mostraron, donde no tuve ninguna participación en su composición, entonces las conocía cuando las cantaban en la grabación así de una y lo único que quería era ponerme a llorar. Tags #31 Minutos #Álvaro Díaz #2023 Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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