Niños del Cerro: La música como bien común Simón Campusano nos adentra en el reciente "Alma Tadema" Miércoles, 31 de Diciembre de 2025 Publicado originalmente en revista Rockaxis #269, noviembre de 2025. Entre la fragilidad y la reflexión, conversamos con Simón Campusano sobre “Alma Tadema”, un punto de inflexión que solidifica la trayectoria de Niños del Cerro, sitúa a la escena indie como declaración de principios y convierte la difusión musical en un acto de comunidad, a través de un pop que no busca complacer, sino explorar nuevos comienzos. Karin Ramírez y Bastián Fernández «Me habló mi vecino, me dijo / No hay patria en el tiempo, mi amigo», atraviesa –punzante y certera– ‘Canto al mediodía’, como una bala que talla su propio ADN en la experiencia, la observación y la madurez. Es el eco de una década que no pasa en vano, sino que se transforma en relato, en los pasajes de “Nonato Coo” (2015), “Lance” (2018) y “Suave Pendiente” (2022), donde Simón Campusano teje su historia como una reflexión continua. En ella, la crítica y la autocrítica no son solo recursos creativos, sino también un gesto ético, una declaración de principios que se incrusta en la piel de su arte. “Alma Tadema” es lo nuevo del quinteto que alguna vez se llevó la estatuilla del premio Pulsar hasta La Florida, en la mítica 210. Un gesto de modestia, pero también de coherencia: la misma que, casi una década después, sigue latiendo con convicción desde aquel 2016. Una coincidencia que, al mirarla de cerca, revela una conexión más profunda que con el pintor europeo que da nombre a su nueva aventura (Lawrence Alma-Tadema), como la constatación de que ciertas obras adquieren sentido solo con la distancia, con la luz del tiempo y las nuevas miradas. «Es un disco más directo y, por consecuencia, más pop. Trabajamos con Alan (Yaima Cat) como productor. Ya había colaborado con él en mi proyecto solista, justamente por esa búsqueda: queríamos acercarnos a este sonido pop. Pero más que abrazar el género, la intención fue explorar cómo llevar nuestra propuesta a un territorio nuevo, más claro, más frontal, que hasta ahora no habíamos transitado». Esa claridad de la que habla Campusano parece ser también una forma de madurez: un modo de mirar hacia atrás sin nostalgia y de avanzar con la serenidad de quien se reconoce en su propia historia. “Alma Tadema” no es solo un paso adelante, sino un espejo tendido hacia todo lo que fueron y hacia lo que –por fin– suenan dispuestos a ser. Pero la trayectoria de Niños del Cerro no se ancla únicamente en el pasado, ni en los ecos de ‘El sueño pesa’ o ‘Contigo’. Son precisamente esas huellas las que pavimentan nuevas posibilidades, como el anhelo de dignificar el oficio compositivo y de expandir sus límites. «Los recursos de la banda ahora son suficientes para trabajar con un productor como Alan. Fuimos a Estudio del Sur a grabar y lo hicimos todo en vivo. También hicimos mucha preproducción, y le llevé canciones a Alan para después probarlas con la banda. Todo este proceso para nosotros fue súper novedoso, y eso se refleja en un disco más directo». En esa búsqueda de lo directo y esencial se cifra la transformación del grupo, una afirmación de oficio, madurez y confianza en el propio sonido, como si cada nota de “Alma Tadema” respirara la conciencia de un presente ganado a pulso. Campusano lo explica con una claridad que también es síntoma de cambio: «hasta antes de este disco, siempre trabajábamos la parte instrumental durante mucho tiempo y al final grabábamos las voces. Muchas veces había ideas rítmicas, pero sin melodía. Ahora fue al revés: si una canción no tenía melodía, no quedaba en el disco. Esto provocó que el álbum terminara siendo más vocal, sostenido por las melodías de las voces, en comparación con los discos anteriores, donde predominaba lo rítmico. Dar ese vuelco fue entretenido para nosotros y desafiante para mí: tuve que cantar y componer más desde la melodía y las letras». Así, “Alma Tadema” se levanta como un punto de inflexión; se vuelve el eco de un proceso que ya no busca ocultarse tras la textura del sonido, sino abrirse al respiro, a la voz, al decir. Un disco que, al despojarse de lo accesorio, encuentra su verdad en aquello que vibra en coherente a la razón. «Siento que es como volver a empezar», confiesa Campusano. «Si miro hacia atrás, veo los primeros tres discos como una trilogía –lo cual me hace sentido– y lo de ahora lo siento distinto. Quizás hay gente que lo encuentra parecido, pero para mí es otra cosa. Siempre pensaba que el último disco que hacíamos desde “Lance” en adelante sería el último proyecto de Niños del Cerro. Luego pensé que “Suave Pendiente” sería el final. Pero ahora, por primera vez, me proyecto más y pienso: “quizás este es el primer disco de una nueva trilogía”, una en la que hable de otras cosas. Nunca había terminado con ganas de hacer otro disco de Niños del Cerro, pero esta vez fue distinto: todo fue más ordenado, más satisfactorio, y nos dejó con el deseo de repetir la experiencia, de decir “hagámoslo de nuevo, de otra forma, en otro lugar”». En esa declaración habita una revelación luminosa, porque “Alma Tadema” no clausura un ciclo, lo reencarna. Es la certeza de que toda reinvención nace del mismo impulso que da origen al arte; ese deseo inagotable de volver a decir, pero con una voz nueva. Que vuelva la piratería, lo comunitario y la conciencia de clase Si el pintor Alma-Tadema, tras un colapso físico y mental, fue liberado del engranaje productivo para dedicar el resto de sus días al simple acto de pintar, su gesto se vuelve una forma de insurrección, una resistencia íntima frente al mandato del rendimiento, incluso dentro de la élite que lo moldeó. En esa misma línea, “Alma Tadema” –el disco– emerge como una ruptura frente al establishment musical contemporáneo, ese circuito que mide la valía del arte en métricas de algoritmo y campañas de marketing. Porque este nuevo álbum es un espacio donde Niños del Cerro afirma que crear sigue siendo un acto político, un ejercicio de dignidad en medio del ruido del capital. Su resistencia no se grita, se organiza. «Todos nuestros esfuerzos de producción están en hacer fechas gratis, vender el CD antes del lanzamiento digital, realizar primeras escuchas en distintos puntos de Latinoamérica de manera simultánea, anunciar la gira, etc. Todo ha sido desde lo que está a nuestro alcance, sin el amparo de un sello grande que nos diga: “aquí está la plata, aquí está el marketing, el disco saldrá en todos lados, no te preocupes”. Eso para nosotros no existe». Y es precisamente en esa inexistencia donde se levanta su fuerza, desde el trabajo autogestionado como praxis emancipatoria, la música como herramienta para subvertir el mandato de la hiperproductividad. “Alma Tadema” no busca competir con la maquinaria; la esquiva. Así, el grupo no solo publica un disco, sino que reivindica la posibilidad de vivir y crear fuera del régimen del capital sonoro. Un gesto que se vuelve manifiesto político, donde la melodía reemplaza al lucro y el hacer colectivo vuelve a ser una forma de esperanza. «¡Sí, que vuelva la piratería! Porque claro, con las suscripciones tú no eres dueño de la música. Tampoco es piratería per se. No eres dueño de la grabación ni de una copia de eso: estás pagando una suscripción. Y ahora hacen lo que quieren con esas suscripciones. A fin de cuentas, es súper idiota ponerse en contra de eso si quieres que la gente escuche lo tuyo a un precio justo». Bajo esta misma lógica, las formas de lucha vuelven a poner el acento en verdades que duelen. Lo que para algunos puede ser gritar ¡Free Palestine! o retirar su catálogo de plataformas que financian el genocidio del pueblo y Estado legítimo Palestino, para otros se convierte en una cuestión de sobrevivencia. En esas “formas de lucha” habita la incomodidad de la interseccionalidad, lo que para unos es resistencia, para otros es imposibilidad. «Encuentro genial que se salga King Gizzard o que Björk bloquee su catálogo en Israel. Es bacán que puedan hacerlo porque tienen la infraestructura para permitírselo, pero es muy iluso pensar en algo así desde Latinoamérica», dice Campusano, con lucidez desarmante. Simón enfatiza sin rodeos y con una honestidad feroz que evidencia crudamente el privilegio del norte global: «me parece muy tierno de parte de los gringos… algo muy infantil, porque viven una realidad súper privilegiada a costa de todo el resto del mundo. Lo mismo pienso de las consignas pro-Palestina. Algo que me hizo mucho ruido fue ver videos de bandas que me encantan en festivales de verano del primer mundo, en el hemisferio norte, diciendo “¡Free Palestine!” y es como: hueón, ustedes son el problema. Dejen de votar por gente facha y, de a poco, el mundo podrá respirar». La distancia entre el privilegio del norte y la precariedad del sur se mide en realidades que no caben en las consignas. «Hace poco la primera escucha del disco en Lima tuvimos que reubicarla porque las calles estaban tomadas por manifestaciones. Íbamos a tocar en una universidad en toma (Usach). Algo muy chileno. Entonces que venga un gringo a decirnos “si estás en Spotify eres cómplice” es como: ándate a la chucha, no tienes idea». En ese contraste se levanta la coherencia de “Alma Tadema” no como pureza moral, sino como ética material. Niños del Cerro no romantiza la precariedad, la enfrenta. «Donde más se escucha música en Chile es en Spotify, y necesitamos que la gente nos conozca. Pero priorizamos lo que nos hace sentido: sacar el disco físico, hacer un show gratuito, que lo pirateen, que lo compartan». En esa afirmación late una utopía posible: la de una música que no se vende, sino que se comparte; que no acumula, sino que devuelve; que resiste al capital desde la modestia y la autogestión. La deuda histórica con la cultura y la música chilena La resistencia no se construye desde el imaginario, sino que se forja en la experiencia, en las cicatrices que se repiten. No es sorpresa para nadie que la música en Chile sea un oficio que se paga negociando con el hambre, negociando con promesas que no se van a cumplir. «A mí me deben mucha plata respecto a lo que se genera por derechos de autor. De toda esa época del Primavera Sound, de otras productoras grandes, teloneos masivos que hemos hecho, otros festivales en los que hemos estado, nunca hemos visto un peso por derechos de autor». Esa experiencia persiste como un fantasma que recuerda que el arte independiente se levanta sobre injusticias estructurales. Bajo la superficie, el iceberg de la industria esconde intermediarios y comisiones que nadie nombra. «Habíamos tocado en Primavera Sound, teloneamos también, entonces fue una temporada con hartos shows grandes. Y en esa época yo vivía con la Chini.png y recuerdo que ella me contó que había ido a preguntar a la SCD por un show que habían hecho y les dijeron, “chicas, tendrán que esperar porque todos ellos están demandados por no pagar”. Al oír eso yo me preocupé y llamé para preguntar. Consulté y me mandaron un mail en el que me decían que todas las productoras con las que habíamos trabajado estaban demandadas por no pagar». Desde esta arista emergen nuevas interrogantes, donde lo visible puede ser solo la punta del iceberg de las malas prácticas del circuito musical nacional. «En ocasiones te piden renunciar a esa plata de derechos de autor o cosas así. Unas prácticas horribles. Hace un tiempo que tomamos la decisión con los chicos de no hacer más teloneos porque lo pasas mal, te faltan el respeto y siempre son experiencias muy malas». La precariedad no se limita al escenario, este se filtra en la producción, en la imposibilidad de costear un venue, en la apuesta que siempre roza el abismo. «Las productoras tienen la plata para hacer eso, pero nosotros todavía como banda independiente no generamos lo suficiente como para que nosotros arrendemos un lugar. Todavía sigue siendo muy riesgoso. Es mucha plata y nadie cuenta con esos ingresos para poder llevarlo a cabo y quedar con ganancias. Entonces esa piedra de tope siento que fue algo que permeó harto la producción de este disco. Para “Suave Pendiente” hicimos más o menos lo que siempre habíamos hecho en términos de gestión, pero ahora fue como “si hacemos lo mismo, esto no llegará a ninguna parte”. Es ahí donde sale la reflexión de “¿qué podemos hacer que esté a nuestro alcance y tenga sentido con nuestra realidad material para poder llegar a más gente de manera más eficiente y no volvernos locos ni invertir plata que no tenemos?”». En “Alma Tadema” hay una valentía que trasciende el gesto musical, un pop que se reviste de honestidad y madurez, y que consolida una trayectoria construida desde la fuerza de decir lo que muchos prefieren callar. Porque en el silencio se guardan y se reproducen las injusticias; en el silencio descansa la impunidad. Niños del Cerro se atreve a nombrar, a exponer la fragilidad y el hartazgo, pero también a imaginar esos futuros posibles donde el arte no se rinde ante la norma ni el lucro, sino que respira desde la colectividad, la ternura radical y la esperanza compartida. Abrazar la copia, celebrar la piratería, compartir sin pedir permiso, son gestos de desobediencia afectiva, actos de redistribución simbólica. Porque en tiempos en que el capital monopoliza hasta el oído, piratear vuelve a ser una forma de amar, una grieta en la propiedad privada del arte. “Alma Tadema” es, así, la promesa de otro porvenir, uno donde la creación no se mida en cifras, sino en la potencia de lo común. Una utopía que no espera el futuro, sino que lo ensaya aquí, en cada acorde que insiste en existir pese a todo. Tags #Niños del Cerro #2025 Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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