Chini.PNG: Infancia en reconstrucción Reivindicando un espacio de resistencia y esperanza Miércoles, 07 de Enero de 2026 Publicado originalmente en revista Rockaxis #270, diciembre de 2025. Entre la ternura y la rabia, conversamos con Chini.PNG abrazando el recuerdo y la memoria de su infancia por medio de su nuevo disco “Vía Lo Orozco”, permitiendo reescribir su historia para reivindicar la infancia como espacio de resistencia emocional y futura esperanza colectiva. Karin Ramírez Una de las grandes victorias de nuestra generación es la posibilidad de problematizar nuestras heridas y nuestras carencias. Por lo mismo, la infancia, como herida central, se transforma en una bandera de lucha, construcción de memoria identitaria, e incluso una aproximación epistémica hacia el entendimiento de la operativa de los sistemas conductuales que determinan nuestras acciones y nuestros errores, mismos que nacen desde lo primitivo del dolor y no necesariamente desde la intención de daño. Hablar de nuestra infancia no siempre evoca ternura. Muchas veces, guarda resabios de resentimiento, abandono y pasajes que la memoria ha decidido olvidar como una forma de proteger nuestro presente, casi como si de construcción de un futuro posible se tratase; y desde este espacio de enunciación, María José Ayarza construye su propia dialéctica de memoria en clave con “Vía Lo Orozco”, como si fuese su manifiesto donde su niñez tensiona el idílico tradicional de nostalgia, para ser trabajada desde la posibilidad de reconstrucción: «este disco nuevo tiene que ver con buscar, no sé si la calma, pero sí preguntarme por qué he estado buscando emociones tan fuertes, entender cómo y por qué me volví artista, o qué cosas estaba tratando de sanar de mi pasado. Entonces, ha sido bacán poder explorarlo». Dialéctica de la redención La posibilidad de redimir nuestra propia historia es un acto de profunda valentía, pero también es una forma de reconstruir y tensionar lo establecido de una sociedad tan fría como trabajólica, donde la reproductibilidad técnica deviene en una nueva expresión del adultocentrismo, erigido como hegemonía sobre nuestras formas de interacción y existencias. En este marco, Chini aporta una nueva variable a la construcción artística, una que no solo deviene del arte como expresión, sino que de emancipación y rebeldía. «También busco la calma, y hacer cosas que me hagan sentido, no solamente decir que sí a todo. Creo que esa es una parte muy importante de volverse adulta, como integrar todas las personas que una es, y tratar de avanzar en una sola línea, donde el arte esté al centro». Pero como todo proceso de exploración personal deviene de un sinfín de emocionalidades, la linealidad de la experiencia se vuelve un mito en el ejercicio depurativo. Sin embargo, para Chini, la dialéctica de la redención se construye desde lo abstracto para que, en la técnica sonora, logre expresar algo más que un simple track. «En el caso de estas canciones, el hilo conductor terminó siendo este viaje en bus, o lo que dura este viaje en bus desde Santiago, a un lugar muy importante en mi infancia, que es Lo Orozco». «Es un disco que alude a la infancia. Musicalmente y en términos técnicos es mucho más juguetón, dialoga con estructuras más clásicas de canción. Pero en las letras voy deshilvanando cómo, a través de la crianza, una/o aprende las propias pifias a la hora de amar, o cuáles son los egoísmos que cada quien arrastra. Mucho de eso se cimenta justamente en la infancia». El descanso de la era de Polux La sorpresa generada por el lanzamiento de “El Día Libre de Polux” (2023) fue el cimiento de un trabajo a pulso realizado por María José, donde el arte, la técnica y la posibilidad de construcción de atmósferas que trascienden lo sonoro se traducen en una propuesta técnica y estética. Un sello personal, pero también el reflejo de años de trabajo que parten desde su esencia. «Gané un Pulsar con el disco anterior. Y claro, ha sido como muy de vivir grandes emociones». Pero como toda historia, los caminos marcan surcos de territorios que jamás han sido habitados, logrando hacer de la experiencia vital, una compleja performance política, un punto de enunciación donde habitar ideales y hegemonías de lo tradicional, se volvieran verdaderas estacas que cuelgan sobre la piel. «Hubo momentos en los que sentí que entré en un mundo que no era el mío; por ejemplo, Pulsar tiene una llegada más mainstream, más televisiva, y ahí no me sentí tan cómoda. Me gusta poder pasar por esos lugares y, luego, volver a los espacios que siento propios, mis amigos, mi familia y ese tipo de cosas». Volver al centro, recargar energías; volver a aquello que hace sentido, permite reconocernos y entender roles que trascienden lo meramente laboral, porque el arte sin alma, no es más que marketing, y así lo ha entendido María José Ayarza, porque la performance de sus shows en vivo no solo parten de una propuesta estética, sino que de la operacionalización de variables donde se imbrica el afecto y amistad, razón por la que lo vivido el pasado 27 de mayo en escena con St. Vincent y Kim Gordon, tiene más de personal que de colectivo. «Estoy muy contenta de haber ido con mi equipo de amigos, con Isabel Zúñiga en monitores; con Emma y La Rosa Vale en el sonido; con Benje de Estoy Bien y Felipe Grez como guitar-tech y game tech. Debíamos probar en 20 minutos y cada vez estamos más apretados, pero esa presión permite disfrutar mucho más el show. Porque, realmente, si una no se escucha, o no sabe lo que está haciendo en un escenario así de grande, donde escuchas tu voz tres veces –y si se te sale un in-ear no entiendes dónde estás parada–, se vuelve muy difícil». Bajo esta premisa, “El Día Libre de Polux” se volvió algo más que un disco en su carrera: es la consagración de habitar espacios que parten desde donde la herida duele, donde la existencia es transgresión y la diferencia una declaración de vida. Desde esta perspectiva, el lanzamiento de “Vía Lo Orozco” refresca y tensiona a Chini. «La diferencia primordial con el disco anterior es que, en general, trato de mostrar una cara muy limpia hacia afuera, algo ligado a la fantasía o a los personajes y alter egos que me inventé. En este caso, si bien visualmente es mucho más dramático que el anterior, en las letras hay un intento por ser más honesto: de mostrar qué hay detrás del disfraz, por qué me inventé ese disfraz, cuáles son las inseguridades que estoy tratando de tapar con esos personajes que creé». Argumentaciones de lo personal Pero la fuerza de Chini también emerge desde un lugar donde la coherencia se mezcla con valentía, donde el dolor se transforma en la llama que incomoda para movilizar, transgrediendo esa zona de confort que encarcela. «Me prometí cuando niña que la vida tenía que tener algo más guardado para mí. Me lo prometí a mí misma “no podía ser que esto fuera todo”. Quizás por las películas, por las series o las cosas que veía en televisión, me daba cuenta de que existía un mundo más alegre, o de mayor conexión con otras personas, que el que yo estaba experimentando». Esta declaración nace donde el dolor se mezcla con la experiencia, donde la exclusión se expresa en trauma, desentendimiento y desconexión. Por lo mismo, a este punto más que interpretaciones vagas sobre lo personal, resulta menester reflexionar, ¿son acaso las estigmatizaciones respecto a lo adaptativo una forma clásica y repetitiva de exclusión de existencias que tensionan lo tradicional? o, quizás, ¿es acaso la dificultad de adaptación un reflejo tácito de la operativa de comunidades tradicionalistas que marcan su esfuerzo por categorizar y/o agrupar existencias de primer y segundo orden? Desde este espacio enunciativo, Chini comparte en completa vulnerabilidad interpretaciones crudas de aquello que –sin saberlo–, se volvió algo más profundo que habitar la existencia de un lugar poco común. «Yo también era una persona muy difícil, fui una niña que no entendía mucho sus emociones, que tenía una neurodivergencia bastante poco comprendida para la época. A diferencia de ahora, donde el espectro neurodivergente es mucho más entendido». Cuando el mundo parecía ser un lugar complejo, María José Ayarza construyó muros de protección, mismo que en la actualidad se volvieron puentes creativos; porque los pasajes que se volvieron experiencias, se volvieron recursos tan preciados como únicos, reconociendo en ellos el izamiento de banderas de identidad. «Tenía una vida bastante plana, mundana, siempre pasando desapercibida, y secretamente sabía que tenía algo que ofrecerle al mundo, que en algún momento iba a emerger. Solo que no sabía qué era; tampoco me imaginaba que fuera la música, particularmente». Por este motivo, Chini confiesa que no solo “El Día Libre de Pólux” o “Vía Lo Orozco” responden a un sincretismo íntimo que integra las capas de su propia individualidad. Su obra es puente, sus narrativas son una declaración y su existencia artística una tierna apuesta política: un gesto que abraza a quienes aún no encuentran la fuerza o el espacio para hacer oír su voz. Desde esta arista, no es únicamente su último trabajo discográfico el que se despliega como manifiesto: es toda su trayectoria la que reivindica la valentía de persistir, de buscar y reconstruir con esperanza e inocencia frente al desencanto, en sus palabras. «Tiene esa inocencia de la infancia, y eso me da esperanza: tiene que haber algún tipo de futuro. No podemos ser tan nihilistas, porque para bien o para mal hay muchas generaciones que nacieron en esta época y que van a vivir su vida dentro de lo que nosotros hoy podríamos considerar una distopía». La infancia, entendida como herida central, deja de ser un territorio privado para transformarse en un espacio político de disputa. Revisitar ese origen –con sus quiebres, silencios y carencias– implica recuperar una memoria que históricamente fue relegada a la intimidad, pero que hoy emerge como herramienta para comprender los sistemas afectivos y conductuales que regulan nuestras vidas. Al nombrar lo que dolió, pero también aquello que nos formó, reivindicamos el derecho a existir desde la complejidad emocional y a tensionar un adultocentrismo que impone frialdad, productividad y silencio como única forma legítima de habitar el mundo. En ese gesto, la obra de María José Ayarza opera como manifiesto de reparación simbólica y como acto emancipador, su música restituye la ternura como fuerza política, y la vulnerabilidad como forma legítima de resistencia. Al abrazar su propia experiencia –sin idealizar ni negarla– abre una grieta luminosa en la distopía contemporánea, recordándonos que la esperanza no es ingenuidad, sino insistencia; y que volver sobre la infancia no es retroceder, sino imaginar futuros donde sanar sea un derecho, no una excepción. Tags #Chini.PNG #2025 Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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