Mahalia Jackson: Gospel y derechos civiles
Una mezcla de factores privados y sociales hicieron que Mahalia Jackson se convirtiera en una voz emblemática de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos. Nacida en 1911 en Nueva Orleans, la “Reina del Gospel” atravesó todas las penurias sociales que implicaba ser una mujer afroamericana en una época en la que el machismo y el racismo estaban más institucionalizados que ahora. Como tantas divas de la música negra, su vida estuvo marcada por una infancia de pobreza y hacinamiento (su familia de trece personas dormía en tres piezas), empeorada por la muerte de su madre cuando tenía apenas cinco años de edad. Su padre, operario de carga de día, barbero de noche y clérigo los domingos, la dejó a cargo de una severa tía que la apaleaba si no se hacía cargo de todas las labores del hogar, por lo que tuvo que dejar de ir al colegio antes de terminar lo que en Chile conocemos como enseñanza básica.
Desde muy pequeña, Mahalia Jackson mostró dotes artísticos. Mientras su madre hacía aseo en casas de mujeres blancas, ella amenizaba la jornada bailando para las clientas, pese a sufrir de una deformidad en las piernas que, por su precaria condición económica, no podía tratarse. A la música llegó de forma natural, mediante la iglesia bautista que semanalmente, y sin falta, visitó durante su crianza. El año 1934 publicó su primera grabación, puntapié inicial de una carrera que desataría pasiones en trincheras opuestas. Aunque cantaba canciones de tenor religioso con letras basadas en la Biblia –de la que era asidua lectora– algo había en su forma de interpretarlas que no era del todo sacro. Su estilo atrajo a la audiencia secular tanto como a la creyente, así como también a blancos y negros. Aunque las iglesias afroamericanas más pudientes mostraron cierto rechazo ante su propuesta, la popularidad que alcanzó hizo que pronto le abrieran las puertas de par en par.
Hacia la década del cincuenta, convertida en toda una celebridad, Mahalia Jackson se presentaba en radio y televisión, y en cualquier otra instancia seguida por blancos, como una imponente dama de la canción con un admirable talento. Sin embargo, entre los suyos, usaba toda su reserva de energía en conciertos que podían ser catárticos. Para la comunidad negra, estaba en un pedestal. Fue la mentora de varias chicas que aspiraban a seguirle los pasos, entre ellas, una tal Aretha Franklin. Admirada por sus colegas, rehusó todas las ofertas de cantar jazz que le hizo su amigo Louis Armstrong, otro afroamericano al que los blancos amaban. Por sus convicciones espirituales, Jackson creía estar embarcada en una misión para erradicar el odio racial a través de su música. Tampoco quiso hacer blues porque sentía que era la banda sonora de la desesperación, mientras el gospel le parecía todo lo contrario: era el sonido de la esperanza que anhelaba brindarle a un país donde, a pesar del éxito y la fama, ella misma era víctima de discriminación racial. El peor episodio que vivió fue de una violencia brutal: su casa fue baleada poco después de asentarse en un barrio acomodado y lleno de blancos.
Dada su historia, la militancia de Mahalia Jackson en el movimiento por los derechos civiles se dio de forma natural e intensa. La amistad que mantuvo con Martin Luther King está muy bien documentada. Cercanos al doctor cuentan que, cuando se sentía abatido, llamaba por teléfono a su amiga Mahalia para que le subiera el ánimo entonando sus temas favoritos. Fue ella la que cantó en el escenario el 28 de agosto de 1963, el día de la marcha de Washington, justo antes de que King realizara su más famoso discurso. Es más, la frase «yo tengo un sueño», por la que el magnético orador siempre es recordado, no estaba en la versión original de su speech, sino que fue una sugerencia de Jackson, desde un costado del escenario. «Cuéntales sobre el sueño», gritó la cantante, quien ya había escuchado bosquejos del discurso en las decenas de manifestaciones donde estuvo con King, al que acompañó literalmente hasta su funeral tras el atentado que lo extinguió en 1968. Cuatro años después, por problemas cardíacos y complicaciones de su diabetes, ella también dejó este mundo. Eso sí, hasta pocos meses antes se mantuvo dando conciertos de tres horas y haciendo giras intercontinentales. Al despedirla, su amigo, el actor y cantante Harry Belafonte, resumió su impacto a la perfección: «Era la mujer más poderosa de Estados Unidos. No hay un trabajador ni un intelectual negro que no responda a su mensaje sobre los derechos civiles».
Andrés Panes
Publicado originalmente en nuestra revista.
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