Taylor Hawkins: La sonrisa eterna
(Publicado originalmente en revista #Rockaxis226, abril de 2022)
El pasado 25 de marzo nos enteramos de la sorpresiva y trágica muerte de Taylor Hawkins, el carismático miembro de Foo Fighters, un hombre que dedicó su vida a la música y uno de los últimos héroes de la batería. Su muerte aún está llena de misterios, pero dejó en claro que su legado quedará para siempre.
Por Bastián Fernández y César Tudela
Viernes 18 de marzo, Lollapalooza Chile. Dave Grohl, como buen maestro de ceremonia, persuade al público con sus gestos haciendo que miles de voces coreen, al unísono, el nombre de su baterista. «Taylor, Taylor, Taylor», se escucha fuerte el grito de los fanáticos de Foo Fighters en los pastos del Parque Bicentenario de Cerrillos. El frontman aprovecha de decirle que lo ama, para luego sentenciar que «Taylor Hawkins es el mejor jodido baterista en el mundo». Acto seguido, los músicos intercambian roles y Hawkins canta a todo pulmón ‘Somebody to love’, un clásico de su banda favorita, Queen. La gente coreaba, se abrazaba y lloraba. Fue uno de esos momentos que solo te da un festival. En ese instante, a Taylor se le veía feliz, al igual que a sus compañeros sobre el escenario. Días después, repitió lo mismo en Lollapalooza Argentina y con el mismo éxito. Pero tras esa supuesta alegría que irradiaba, rondaban viejos fantasmas del pasado.
25 de marzo. Horas antes de presentarse en el festival Estéreo Picnic de Colombia, la propia banda comunicaba a través de sus redes sociales una noticia brutal e impensada: la muerte de Taylor. El golpe fue como un balde de agua bien fría, provocando la misma catarsis cuando nos enteramos de la muerte de Chris Cornell la madrugada del 18 de mayo de 2017. Tanto los fans que lo esperaban afuera del hotel como los que ya estaban en el Club Briceño de Bogotá, esperando el show de Foo Fighters, quedaron estupefactos. De la genuina emoción y felicidad de poder verlo, pasaron a la profunda tristeza y desazón. La postal de su batería rosada reemplazada por un montón de velas blancas en el escenario del Estéreo Picnic fue devastadora.
«Foo Fighters tuvo que cancelar su presentación, algunos ya saben la razón: su baterista, Taylor Hawkins, acaba de fallecer. Black Pumas está aquí para honrar a Taylor. Quisiéramos pedir un momento de silencio, y cuando termine, quiero que hagan todo el ruido que puedan por él», fueron las palabras de Eric Burton, vocalista de la banda de Texas –ciudad natal de Hawkins– al público colombiano. Fue una noche dura, de pena y reflexión, para todas y todos quienes somos amantes de la música.
Hawkins encarnó todo lo que un buen baterista de rock debe ser: le daba duro a los tambores, tenía una personalidad única, carisma desbordante y una técnica excepcional e inconfundible. Lo veías sobre el escenario y querías subirte a tocar con él por toda la energía que irradiaba.

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Hawkins se formó en California entre olas, tablas de surf, rocanrol clásico y baquetas. A sus 10 años tuvo su primer encuentro con una batería que tenía su vecino. «Quería tocar la guitarra, pero era mucho trabajo. Él me dijo, “solo siéntate en la batería, inténtalo”. Me enseñó un ritmo básico y cuando lo toqué me dijo, “eres un baterista”», contó en una entrevista. Así nació uno de los bateristas más feroces de los últimos años. Durante la intensa escena noventera estadounidense, destacó como músico y fue fichado por Alanis Morissette en 1995, cuando fue la gran sensación de la música pop en la era del exitoso “Jagged Little Pill”, acompañándola en esa enorme gira de 18 meses (y que incluso lo trajo por primera vez a nuestro país). A pesar de la imagen potente y carismática de Alanis, Taylor nunca pasó desapercibido. Tras el dulce canto de la canadiense había un animal reventando tambores. Una bestia de cabellera dorada con un tempo y un groove perfectos.
Tras ese personaje salvaje a la hora de tomar las baquetas, había una persona sencilla y amable que siempre estuvo alejado de las grandes marcas, rara vez se le vio con ternos, chaquetas caras o ropa de alta costura. Andar con traje de baño era su etiqueta. Lo suyo era lo simple: comodidad por sobre todas las cosas. «Sí, soy músico, pero eso no me hace estar por encima de nadie. Un amigo me dijo un día: “puedes salirte con la tuya porque eres un rockstar”. “¡Son mierdas!”, le respondí. Esas reglas no se aplican cuando entro por la puerta de mi casa», comentó a Billboard en una oportunidad.
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La vida de Hawkins cambió cuando conoció a Dave Grohl. El ex Nirvana comentó en el documental “Foo Fighters: Back and Forth” (2011) que cuando se conocieron, hablaron un par de minutos y se generó una conexión instantánea, un lazo indivisible. «Mi hermano de otra madre, mi mejor amigo, alguien por quien recibiría una bala», es como lo describe Grohl en su libro “The Storyteller” (2021).
La verdad, tenían bastante en común: su humor, la forma de ver la música y ser excelentes con las baquetas en sus manos. De hecho, Dave no dudó en llamar a Taylor cuando Foo Fighters se quedó sin batero, ofreciéndole el puesto. Era una decisión difícil: él estaba con la artista del momento y los de Seattle recién estaban empezando su camino en aquel 1997. Pero Hawkins quería ser parte de una familia, así que no lo pensó mucho y se unió a la ruta de la banda, a pesar del peso que significaba ponerse en los zapatos de Grohl y ser nada menos que su baterista. Su corazón le dijo que debía estar ahí y no se equivocó.
Dave y Taylor se volvieron inseparables, construyendo una amistad que siempre vivió del chiste rápido, el bromance y la admiración mutua. Ambos, eran el alma y corazón de Foo Fighters, siendo Taylor el músculo que bombeó todo su talento para convertir al grupo que lo acogió en algo gigante, tal como las bandas de rock que tanto amaba. Y lo consiguió.

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Durante su vida, Taylor Hawkins siempre destacó por su amor incondicional a la música. A pesar de haberse convertido en una gran estrella de talla mundial, se tomaba el tiempo de llegar temprano a los festivales de música para pararse al costado de los escenarios y ver a las bandas más pequeñas que estaban partiendo. Era de esos artistas que compartía un poco de su experiencia. Quizás, era la forma de devolverle la mano al destino tras él poder cumplir sus sueños de tocar con todos sus héroes musicales. En un mundo de egos tan grandes, eso son gestos extraños, totalmente atípicos.
Una de las últimas bandas que pudo compartir es experiencia con él fue Idles. Horas después de conocerse su muerte, el grupo de punk inglés compartió una foto en la que se ve a Hawkins sentado, viendo su concierto en Lollapalooza Argentina. La banda comentó que «él sabía la importancia que tenía para ellos estar ahí». Por su parte, Machine Gun Kelly comentó que tras la cancelación del festival Asunciónico, se juntaron con Foo Fighters en una azotea para compartir un rato y le llamó la atención que Hawkins saludara a todo el mundo, desde músicos hasta técnicos, e incluso se preocupara de que todos estuvieran a gusto. «Nos hizo sentir seguros de nosotros mismos y muy amados», señaló en The Howard Stern Show.
Taylor se veía a sí mismo como un buen baterista, pero también dudaba de sus capacidades. Contó en el ya citado documental de su banda que cada vez que entraba a grabar era un proceso duro. No se sentía con las capacidades, cometía muchos errores y se deprimía por lo mal que lo hacía. Se exigía demasiado y no tenía compasión con su propio trabajo. A esto, no hay que olvidar de sumarle la presión de saber que su “jefe” era nada menos que el ex baterista de Nirvana, para muchos, el mejor en su puesto en la era grunge y de la década de los noventas. Sin embargo, Grohl siempre reconoció su talento: «Taylor es un baterista mucho más técnico que yo. Creo que él hace a la banda funcionar como funciona». Taylor lo dice de manera más simple: «Si él es discípulo de John Bonham (Led Zeppelin), yo soy discípulo de Stewart Copeland (The Police)».

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Las giras son circos itinerantes. Un mundo en el que los músicos entran y no salen de la misma forma. Foals, en su documental “Rip Up the Road” (2019), cuenta que es imposible no quedar un poco loco después de irse por el mundo a tocar. Es un universo en donde está servido y en el que la fiesta es 24/7. El único trabajo del mundo en el que te dan una cerveza solo por llegar.
Durante los tours, las bandas caen fácilmente en las drogas y el alcohol, no solo por el ambiente en el que están –que les ofrece todo con solo pedirlo–, sino también porque necesitan algo para hacer entretenida, otra vez, la rutina de subirse al escenario una y otra vez. Tocar las mismas canciones 200 noches al año se vuelve monótono, y a Foo Fighters le pasó cuando giraron con Red Hot Chili Peppers en 2001. No podían tocar sin beber algo. Eso terminó mal, en especial para Hawkins. El baterista cayó en coma dos semanas por una sobredosis de heroína; estuvo al borde de la muerte y se salvó de milagro.
Se limpió por unos años y cambió su forma de ver a las estrellas de la música y su vida como una de ellas. Comenzó a prepararse como un atleta, la batería le exigía estar en una buena condición física y dejó atrás la idea de que para ser rockstar debía beber y consumir drogas a destajo. El tratamiento fue efectivo y según su círculo cercano, logró dejar la heroína.
Tras este episodio, Foo Fighters volvió a las giras, aunque más relajados y conscientes de los riesgos. Su carrera creció y creció, al punto que se convirtieron en una de las bandas de rock más importantes del mundo. Hasta se dieron el lujo de llenar el mítico Wembley Stadium dos noches seguidas, un hito que solo está reservado para los artistas más grandes.

Si Taylor antes era un animal sobre la batería, después de prepararse mejor físicamente lo fue aún más. Se convirtió en el corazón de la banda, el sostén en el que descansaba todo el carisma del energético Dave Grohl. A sus 50 años aún daba clases de tempo y velocidad con sus frenéticos redobles.
Taylor era un tipo de espíritu inquebrantable. Probablemente, el más genial de los Foo Fighters. Además, poseía un increíble buen humor. «La contribución más importante que he hecho a este álbum (“Medicine at Midnight”) ha sido tocar la batería», respondió entre risas el año pasado a un medio español sobre la pregunta de cuál había sido su aporte más relevante en el disco.
Por la música vivía y respiraba. De hecho, armó una banda para tributar a sus grandes héroes: Chevy Metal, con la que giró por el mundo tocando canciones de Black Sabbath, Queen, Deep Purple, Van Halen y cuánto artista quiso. Incluso, con ese proyecto vino a Chile un par de veces en 2013: primero en abril, tocando como artista sorpresa en el Lollapalooza de ese año (con Perry Farell de vocalista) y en shows en Talca y Pichilemu (donde aprovechó para también montar algunas olas en el conocido balneario surfista), y luego en octubre en el Teatro Caupolicán.

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Todo parecía ir bien en 2022 para Foo Fighters: su álbum "Medicine at Midnight” fue nominado a los Grammy (donde finalmente se llevan tres premios en las categorías “Mejor Interpretación de Rock”, “Mejor Canción de Rock” y “Mejor Álbum de Rock”), estaban alcanzando un nuevo aire compositivo y experimentaban como nunca antes con sus instrumentos, tomando nuevos aires tras el encierro mundial provocado por la pandemia. El futuro se veía auspicioso, estrenando incluso la película “Terror en el Estudio 666”, una comedia de terror protagonizada por ellos mismos. Pero todo se vino abajo la tarde del 25 de marzo.
Tras ser encontrado muerto en un hotel de Colombia, comenzaron a circular diversas teorías sobre lo ocurridos. Algunos hablaron de suicidio, antivacunas aprovecharon el espacio para decir que fue culpa de las inyecciones para prevenir el COVID-19, e incluso se comentó de una posible participación de sicarios, destapando el prejuicio que algunos tienen del país cafetero.
A las horas de su fallecimiento, la Fiscalía colombiana emitió un comunicado respecto a la causa de muerte del baterista: en su organismo encontraron 10 sustancias distintas, entre ellas THC, antidepresivos tricíclicos, benzodiacepinas y opioides. Su corazón no aguantó ni la cantidad ni la mezcla de todo esto y se detuvo, falleciendo de un paro cardiaco. ¿Por qué Taylor consumió esa mezcla poderosa y letal de drogas que su cuerpo no pudo soportar? Nunca lo sabremos, porque pese a la imagen luminosa que proyectaba públicamente, al parecer seguía cargando aún con la sombra de la depresión, una de las secuelas que le dejó su adicción a la heroína (debido al daño que causa en el cerebro). La autopsia también reveló que cuando se detuvo su corazón tenía el doble de su tamaño, aunque esto sí lo sabíamos de antes.
El futuro de Foo Fighters es desconocido e incierto. Por lo pronto, comunicaron que cancelaron todas las fechas de la gira. Con la imagen de su llegada al aeropuerto en Estados Unidos, con Grohl y el resto de la banda descargando con llanto su pena sobre los brazos de sus familiares, se presagiaba que tomarían un tiempo para vivir el duelo. Mientras, del otro lado los fanáticos tenemos el consuelo de siempre poder llenar el vacío físico que dejó la temprana partida de Taylor con cada uno de los beats que dejó, en ese acto psicomágico que concretan los artistas, viviendo para siempre en sus obras. En esas escuchas, lo recordaremos dándolo todo en cada golpe a su batería, ahí en el sitio donde encontró su lugar en este mundo. Donde todo tenía sentido. Donde era feliz. Miles de imágenes acumuladas durante su vida, sonriente tras su batería, lo demuestran. Buen viaje, Taylor.
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