Andy Fletcher: Ni maestro ni sirviente
(Publicado originalmente en revista #Rockaxis228, junio de 2022)
Andrew Fletcher murió tempranamente, a los 60 años, y el tamaño del vacío que dejó en Depeche Mode aún no se termina de calcular. Con su partida, el recién pasado 26 de mayo, además de poner en entredicho la continuación de las actividades de una de las bandas fundamentales del synthpop y el rock de los últimos 40 años, dejó a todo el medio reflexionando sobre el significado de la relevancia individual en el mundo de la música rock. Junto con la importancia de ser un Depeche Mode, uno de sus legados será ese: tensionar las convicciones a la base de un estilo que constantemente buscar retomar y mantenerse en la senda contracultural que lo vio nacer.
Por Felipe Godoy
La gran mayoría de las publicaciones en honor al fallecido Andy Fletcher han dejado muy en claro que su rol en Depeche Mode trascendía lo musical. Que, ante la omnipresencia de figuras como Martin L. Gore o Dave Gahan, el mérito de Fletcher no estuvo ni en lo compositivo –no recibió créditos por ninguna de las canciones de los 14 discos de la banda– ni en lo performativo, por sus labores a cargo del teclado en las presentaciones en vivo de los de Basildon. En cambio, todas estas publicaciones de despedida se detienen en otros aspectos relevantes, pero menos visibles y, sobre todo, menos tradicionales para un miembro de una banda de la estatura artística de Depeche Mode: oficiar de terapeuta y mediador en las disputas entre Gore y Gahan, o encargarse de labores asociadas al manejo económico, vocerías o representación del grupo. Un manager de facto. Para confirmar el punto, algunos medios han revivido una irónica cuña que Fletcher dio en 1989, en el famoso documental “101": «Martin es el que escribe las canciones, Alan es el buen músico, Dave es el vocalista, y yo ando dando vueltas por ahí».
El interés de Andy Fletcher por la música tomó forma en la segunda mitad de los setentas, en plena ebullición del punk. Fue el miembro más antiguo de Depeche Mode, formando parte de su prehistoria junto a Vince Clarke antes de la llegada de Martin L. Gore y, ciertamente, de Gahan, que fue el último en arribar. Tocó bajo en un principio y luego se quedó detrás del sintetizador, aunque su rol interpretativo ha sido puesto más en entredicho que el de la mayoría de los músicos que suelen cumplir labores de similar relevancia en otras bandas. Algunas veces enfrentó este menosprecio con ironía –como en la mencionada cita captada durante la gira de “Music for the Masses”–, pero en otras, hizo notar su molestia, como en una declaración hecha en 2013 a Electronic Beats: «a veces es frustrante no ser tomado en serio. Después de todo, podrías decir también que mi rol es el más importante: sin mí ya no habría banda». Como sea, además de su rol musical, Andy destacó por su capacidad de gestión de un colectivo que rápidamente despegó de los circuitos pequeños para convertirse en una banda de estadios, dejando cualquier rasgo de vanidad de lado, en un medio en que dicho sentimiento es una de las principales monedas de cambio. ¿Por qué entonces, en un mundo repleto de casos similares y seguramente con menos méritos que él, el rol de Fletcher ha sido notoriamente cuestionado?
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We are the robots
La columna vertebral del sonido de Depeche Mode se alimentó tanto de la electrónica progresiva de Kraftwerk, como del postpunk que ya a esas alturas, en 1980, tomaba plena forma y se alimentaba también de esa novedosa forma de hacer música que convierte la electricidad y los datos en ondas sonoras. Ambas corrientes, a su modo, representaron una férrea crítica al rock en su formato canónico. Entre otras afrentas de profundo carácter, estas nuevas músicas llegaron a cuestionar verdades asumidas del canon rock más clásico, tales como la importancia del estrellato individual por sobre el colectivo, la exacerbación de la virtud en la ejecución instrumental, o la valoración de la autenticidad y lo natural como algo intrínsecamente bueno en la música.
Desde sus orígenes, la música electrónica planteó una ética muy diferente a la del rock. No solo varios y varias de las responsables de sus primeros bosquejos tuvieron que presentar sus creaciones desde el anonimato, sino que sus exponentes más famosos suelen ofrecer puestas en escena que resaltan lo colectivo y la existencia de la música en sí misma, poniendo en segundo plano a sus ejecutores. Asimismo, una de sus características más notorias es el gusto por lo artificial y aquellos artilugios capaces de darle una nueva forma a lo natural, haciendo difusos los límites entre el intérprete y el sonido. Se trata de una música que, especialmente en sus primeros años de masificación en la década de los setenta, fue tildada de “falsa” al no ser emitida por instrumentos musicales reconocibles por la audiencia. Así, tal como explica Sasha Geffen, «disco, new wave y synthpop abrazaban el artificio, rechazando el supuesto rockero de que la música necesitaba ser auténtica para ser buena». Los mismos Kraftwerk solían llevar esta idea al extremo intentando imitar indistinguibles robots al plantarse en el escenario, buscando siempre confundir a la audiencia respecto de los límites entre los humanos y las máquinas que producían su música. Andy Fletcher entendía el rol de los músicos de Depeche Mode en una ética similar a la del célebre conjunto alemán, tal como da cuenta este notable diálogo publicado por Electronic Beats:
– Periodista: ¿Quién eres tú?
– Fletcher: El tipo alto del fondo, sin el cual esta corporación internacional llamada Depeche Mode no funcionaría. Está este gran malentendido de que en las bandas de guitarras, hombres reales tocan instrumentos reales –noche tras noche–, mientras que en una banda de sintetizadores como Depeche Mode nadie trabaja, porque es todo máquinas. Pero eso es pura mierda.
– Periodista: ¿Qué es lo diferente específicamente?
– Fletcher: La ambigüedad. Además del cantante, la audiencia no sabe realmente qué rol tiene cada músico dentro del grupo. Bandas como Kraftwerk o Depeche Mode en realidad operan como colectivos donde hay división del trabajo. La contribución de cada individuo permanece invisible. Y por el hecho de que no me esfuerzo por figurar, muchos me confunden con la quinta rueda.
Por su parte, tal como ocurrió con el punk, las subcorrientes de la era postpunk, incluyendo el synth pop, el new wave o el darkwave –estilos con los que se suele emparentar a Depeche Mode–, se forjaron al alero de los sellos independientes y apuestas de microemprendedores que, ante la imposibilidad de publicar esta música de otra forma, no tuvieron otra que aprender a manejar el negocio al mismo tiempo que aprendían a tocar instrumentos. Se trata, a fin de cuentas, de estilos musicales en donde industria y creación musical estaban más cerca de lo habitual. En un ambiente así, un rol como el de Andy Fletcher no solo no es extraño, sino que además es ampliamente valorable, y de seguro sus compañeros de banda lo apreciaban en su justa medida. Fletcher siempre vio a su banda como una empresa, tal como explícita o implícitamente la veían la mayoría de los de su generación. La diferencia es que la suya pasó rápidamente a convertirse en una multinacional.

Music for the masses
Lo que ocurrió, es que pese a haber emergido como un proyecto mucho más afín con la música electrónica, Depeche Mode comenzó a adquirir la forma de una banda de rock, y no de cualquiera, sino que de una banda de rock de estadio. Así, podríamos decir que fue esta posición intermedia, entre el minimalismo new wave que les hizo un lugar dentro de la revolución inconclusa postpunk, y la grandilocuencia y hambre de estrellato del canon rock, la que generó el cuestionamiento constante sobre qué demonios hacía Andrew Fletcher en Depeche Mode. Sin ir más lejos, en el texto de despedida recién publicado por Rolling Stone, Rob Sheffield dispara en un tono ambiguamente halagador: «nadie parecía saber si su teclado estaba enchufado siquiera. Eso era parte de su mística». Haciendo referencia a su rol como el encargado de las platas en el grupo, el mismo medio cita a Gahan alguna vez diciendo «tal vez deberíamos instalarle una máquina de fax en el escenario». Así, junto con la aparición protagónica de las guitarras y los coqueteos con el rock alternativo –especialmente durante su época noventera– surgieron también las exigencias propias del público y el periodismo del rock. ¿Quién es la estrella? ¿Quién es el genio compositor? ¿Qué instrumento toca cada uno?
Más allá de ayudar a erigir una de las bandas fundamentales de la música popular de los últimos 40 años, la herencia que parece dejarnos Fletcher se condice absolutamente con su espíritu gregario, despojado de la vanidad típica del mundo del rock y puesto al servicio de la música como un ejercicio colectivo. Fletch, en sus declaraciones, en el tipo de comentarios que ha generado con su partida, y en el vacío que dejará en “la Corporación Internacional Depeche Mode”, ofrece un legado que nos invita a resignificar lo que una banda de rock significa. Parado de igual a igual con el frontman más sobresaliente de su generación y un superdotado compositor de canciones, Fletcher resguardó por décadas el patrimonio (post)punk del grupo y su espíritu colectivista. Como un héroe situado en los márgenes del rock, nos sigue invitando a desafiar las convicciones individualistas y embelesadas con lo performativo de un estilo que, tal vez más que otros, necesita de remezones violentos para avanzar y retomar la senda contracultural que lo vio nacer.
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