(Publicado originalmente en 1998)
Para hablar de Keith Moon, el término “irreemplazable” queda corto. Quizás sea más correcto referirse a él como “inigualable”. Su existencia transcurrió siempre al límite. Al límite de la potencia posible para lo que en aquel entonces era capaz un baterista, o al límite del descontrol absoluto sobre un escenario. Tal extremismo fue el que terminó por acabar con su vida también, el 7 de septiembre de 1978. A 20 años de su muerte, llegó la hora de recordar y valorar su paso por este mundo.
Habiendo sido The Who una de las bandas más importantes en la historia y el desarrollo del rock, por lo general las referencias al cuarteto pasan, inevitablemente, por el nombre de Pete Townshend, principal compositor y líder absoluto de la agrupación. Pero así como esta obvia generalización pasa por encima el sello vocal de Roger Daltrey y el atrevimiento en el bajo de John Entwistle, hay otro nombre que brilla con luz propia dentro de la formación de The Who, e ignorarlo sería un pecado mortal. Estamos hablando de Keith Moon, claro está.
Por los siglos de los siglos, se ha hecho referencia, incluso caricaturescamente, a la intelectualización que Townshend hizo de la música (digamos que desde su histórica y decidora entrevista a Rolling Stone en 1968). De cómo su concepción del rock es mucho más cerebral que sensitiva. Y tal antecedente ha llevado a muchos a etiquetar a The Who como una banda excesivamente seria. Es ahí en donde la presencia de Moon cobra un valor insospechado.
Nacido el 23 de agosto de 1947, Keith John Moon aprendió a tocar batería a los 14 años, buscando de algún modo canalizar su inflamable hiperactividad, la misma que tantos problemas le ocasionó en su etapa escolar, que dicho sea de paso, no alcanzó a completar.
Cuenta la leyenda, recientemente revisitada en el documental “Amazing Journey: The Store of The Who”, que Moon obtuvo su puesto en The Who tras ver una presentación en vivo del grupo y acercándose a Roger Daltrey al final del show, para decirle “yo toco mejor que tu baterista, sáquenlo”. Esto fue alrededor de un año antes de que el conjunto comenzara a grabar su primer material bajo aquel nombre, ya en 1965, temporada en que ‘I Can’t Explain’ comenzó a hacer historia.
Comparado con los otros bateristas de aquella época dorada en Londres, Keith destacaba por sobre cualquiera de ellos, simplemente porque su estilo no era el del tradicional baterista que durante la primera mitad de los sesentas se conformaba con llevar tímidamente el ritmo desde el fondo del escenario (Ringo Starr, Charlie Watts, John Steel, etc.). Muchos de estos bateristas evolucionaron su estilo con el paso de los años, influenciados en buena medida por lo que Moon había aportado con su propia “escuela”, si se puede decir así.
A la hora de hablar de “los bateristas más importantes” de la historia, Keith Moon siempre está liderando las listas. Y eso él lo sabía. Estaba conciente. Pero su manera de expresión en escena no se explicaba en querer ser un revolucionario, sino simplemente en lograr algo de atención para el trabajo que hacía. “El baterista siempre estuvo en el fondo, ni siquiera le sacaban fotos, menos lo entrevistaban. Cuando empezamos con The Who, a nadie le importaba siquiera quien era el baterista. Así es que cuando empecé a hacer cosas como ponerme de pie entre o durante canciones, yo era el único que hacía ese tipo de cosas en el mundo del rock” recordaba Moon en una de sus últimas notas antes de morir.
No quedaba ahí la percepción de su propio legado y de cómo creó esa imagen que tanto cautivaba a quienes presenciaban a The Who en vivo: “yo siempre he sido extrovertido. Me encanta hacerme notar. De hecho, no me gusta esa batería inmensa que tengo porque me siento un poco lejos del público. Envidio al guitarrista, por ejemplo, que puede tocar cara a cara con los espectadores. Yo no puedo. Estoy sentado allá atrás. Por eso también trato de llamar la atención con todos los trucos posibles. Eso lo hago desde el principio, y me imagino que es lo que llevó a muchos a decir ‘miren a ese baterista!’. La idea era que el baterista fuese un real integrante más del grupo, nada más que eso. Después de nuestras primeras actuaciones en televisión, los directores comenzaron a poner una cámara exclusivamente para el baterista. Eso antes no existía”.
Quizás el ejemplo de la canción ‘My Generation’ se el más claro de esto que hablamos. En 1965, el año de ‘Like a Rolling Stone’, ‘Help!’ y ‘(I Can’t Get No) Satisfaction’, Moon se terminaba robando la película con su desenfrenada performance en aquel inoxidable himno. No solo es el estilo con que toca, absolutamente fuera de control, sino también es la fuerza, en que pareciera que sus tambores en cualquier minuto cedían a sus golpes. El último minuto de la canción es “de él”, y nadie más.
Al final de ‘My Generation’, muchos lo habrán visto en diversos videos, The Who realizaba una especia de ritual en que Townshend azotaba su guitarra contra el piso al mismo tiempo en que Moon reventaba y pateaba su batería. Alguna vez en un programa de TV (en una grabación disponible en el video-documental “The Kids Are Alright”) incluso la hizo explotar, literalmente.
A diferencia de lo que hacía Pete con su guitarra, Keith se tomaba mucho menos en serio lo actuación. Por eso es que en las entrevistas se le puede ver adoptando el rol del payaso de la clase, tomándole el pelo a entrevistadores y a sus mismos compañeros. “Es muy difícil para mí ‘ser serio’. Puedo enfrentar cualquier situación y siempre le encontraré el lado cómico. Así he sido siempre. Y tengo clara la imagen que se ha generado de mí. Pero tendría que cambiar completamente mi estilo de vida si quisiera hacer algo al respecto” confesaba Moon en los setentas.
Lo cierto es que no había otro baterista como él. Tanto así, que una vez que Jimmy Page comenzó a construir lo que luego sería Led Zeppelin (los nuevos Yardbirds en ese entonces), llamó a Moon para que se uniera a él, Jeff Beck y John Paul Jones en la grabación del tema ‘Beck’s Bolero’, consiguiendo fenomenales resultados. Después de aquel episodio, Page insinuó que junto a Moon y John Entwistle podrían formar una banda… Keith le respondió que ese sería un grupo que se hundiría como un zeppelín de plomo. Dicho episodio es el que le vale el honor de haber “bautizado” a Led Zeppelin.
Moon no solo se diferenciaba de sus contemporáneos en la manera de trabajar, sino también en su preparación. Él no practicaba por su cuenta, muchas veces contó a la prensa que cuando estaba sin la banda evitaba acercarse a su batería, lo cual tampoco no le costaba mucho. “Cuando vamos de gira, ensayamos unos 3 días a la semana, por 3 o 4 semanas. Y esa es toda mi práctica. Si ensayara más, terminaría aprendiéndome de memoria todas las canciones, sería algo automático. En The Who nos preocupamos de tener claro el esqueleto de la canción y el resto es experimentación en el escenario” apuntaba en la época de “Quadrophenia”.
Buena parte de los seguidores de The Who focalizan su atención en el salvajismo de Keith en cada una de sus interpretaciones. Pero pocos rescatan sus otras virtudes interpretativas, su distintiva técnica, y, por sobre todo, su exquisita precisión para dar el golpe indicado en el momento justo, sea este improvisado o no. Recordemos que a partir de “Who’s Next”, Moon comenzó a tocar con audífonos durante las canciones que estaban acompañadas de sintetizadores en los conciertos. Ahí, equivocarse no es una opción. Moon no fallaba. Aún así, él nunca se interesó en ser “un baterista muy técnico. No es mi objetivo. Que otros lo hagan me parece genial, pero no es para mí. Me vería ridículo tratando de tocar como un baterista de técnica depurada, si no la tengo. Me siento infinitamente más cómodo tocando de forma espontánea”.
Pero así como sobre el escenario Keith Moon se veía como un personaje difícil de domar, en la vida real también lo era. Y fue ahí donde tuvo mayores problemas. Sus locuras de la adolescencia se acrecentaron a medida que The Who logró mayor fama y, sobre todo, mayores ingresos. Moon debe ser de los pioneros en la tradición rockstar de destrozar hoteles. Tirar televisores por la ventana, o manejar un auto por los patios para terminar metido en una piscina (sí, con auto y todo) son solo ejemplos de su carácter.
Lógico parece entonces que haya caído en los excesos de alcohol y drogas. Uno de sus grandes amigos en la escena, Ringo Starr, compartió innumerables jornadas de interminable borrachera. Fueron alcohólicos juntos. “Keith fue como un padre para mí, aprendí mucho más de él que de mi padre biológico que siempre estuvo ausente” dijo Zak Starkey, el hijo de Ringo y prácticamente hijo adoptivo, además de aprendiz de la batería, de Moon. Hoy, Starkey es el baterista estable de The Who.
Sus adicciones y vicios le jugaron más de una mala pasada, claro está. Se le tildó de violento, su primera esposa lo acusó de golpearla, y más de alguna vez se vio involucrado en riñas o accidentes. Musicalmente, su estilo de vida le acarreó algunos (pocos) problemas al escenario, en especial a mediados de los setentas (su histórico doble desmayo en la gira de “Quadrophenia”); para su fortuna, The Who comenzó a tocar mucho menos en vivo, a diferencia de los años sesenta, en donde el ritmo de trabajo del grupo no conocía de descansos.
The Who se ganó el título de una de las mejores bandas en vivo de la historia en buena medida gracias al desempeño de Keith. Y por lo mismo llamaba la atención que hayan estado tantos años sin tocar en los setentas (2 años entre “Who’s Next” y “Quadrophenia”, otros 2 entre 1976 y la muerte de Moon). Pero eso le permitió al baterista desarrollar otros proyectos, la actuación más que nada. Hizo un bizarro álbum solista, en que él cantaba, titulado “Two Sides of the Moon”. Y bueno, mucha fiesta también envolvió su curso.
Moon creía que “es importante tener hobbys ajenos a lo que hago con la banda. Si dedicara todas mis energías al grupo, sería fácil que el asunto colapsara. Pero del mismo modo, es vital que todas esas cosas que haga sigan siendo distracciones secundarias y que The Who siga siendo lo que rija tanto mi accionar como el del resto de los muchachos”. Así fue, al menos hasta el día en que falleció.
El día de su muerte, venía de ver una película que trataba la vida de Buddy Holly junto a Paul McCartney. En ese entonces, estaba luchando contra el alcoholismo, para lo cual consumía un medicamento especial. Aquella noche, el 7 de septiembre de 1978, tan solo 2 semanas después del lanzamiento de “Who Are You”, y con solo 31 años de edad, Moon tomó más pastillas de las recetadas (más de una veintena), sobredosis que le costaría la vida.
Pete Townshend, siempre crítico con respecto a su propio trabajo y la obra de The Who, sostiene hasta el día de hoy que “todo se comenzó a venir abajo desde el primer show que hicimos después de la muerte de Keith”. The Who sigue en pie, pero obviamente perdió toda la frescura y un alto porcentaje de su impacto visual sin Moon.
Townshend tampoco se conforma con la imagen endiosada que existe de Keith, en especial por los múltiples problemas que tuvo con el alcohol, y que sigue nublando a muchos que idealizan aquel estilo de vida: “la gente cree que cuando alguien así muere, se sacan lecciones al respecto. Pero esa es una gran mentira. ¿Quién saca lecciones? La gente realmente cercana nomás. Y eso pasa con todos. Mira a mi generación: Jimi Hendrix, Brian Jones, Janis Joplin… Keith Moon. Están muertos. Están todos muertos. Mi amigo está muerto. Mis amigos. Y terminaron siendo los malditos íconos de todos ustedes”. Que cada uno vea cómo recordar a Moon entonces. Lo importante es que su existencia siga presente en la mente de los que aman el rock. Un personaje que simplemente está prohibido olvidar.
Juan Ignacio Cornejo K.

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