Publicado originalmente en revista Rockaxis #252, junio de 2024.
¿Qué escuchamos cuando oímos algún álbum grabado por Steve Albini? Recientemente su trabajo se ha reflotado tras la inesperada noticia de su muerte. Su legado sonoro queda marcado en piedra y cinta, mientras muchos buscarán sucederlo e imitarlo.
Matías Muñoz
De fuertes y marcadas convicciones, Albini era lapidario: «el hi-hat es un instrumento verdaderamente satánico», decía. Siempre dispuesto a entregar sin reparos sus secretos y conocimientos, el productor que no quería que le llamaran productor marcó un hito gracias a su aproximación cruda y brutal a los sonidos que forjaron los años noventa.
Dueño de un mito en torno a su figura, siempre fiel a su metodología y trabajo, el hombre no descansó hasta su sorpresiva y trágica muerte el 7 de mayo pasado debido a un ataque al corazón en su casa de Chicago. Y es que el también músico y dueño de Electrical Audio –tierra santa para algunos– mantenía una sola línea a la hora de grabar, desde lo técnico y lo valórico. Su metodología, replicada y convertida casi en estándar cuando se trata del “sonido Albini”, se utiliza en procesos de grabación cruda en banda o en baterías. Hoy, escuchar y revisitar su trabajo y su posterior influencia es un azote de ruido que, paradójicamente, deja un inmenso vacío.
Pocos como Albini han mantenido un discurso claro sobre la industria de la cual forman parte. Su insolente y certera mirada pasó por diferentes estados de odiosa mañosería hacia las bandas, sus gustos, sus personalidades o sus formas de trabajar hasta volcarse críticamente contra los sellos y las corporaciones. No trabajaba con ellos, no quería verse involucrado y las bandas reducidas al más puro instinto personal eran a quien se debía, con sus virtudes y defectos.
En una de sus últimas entrevistas –siempre vía mail–, Albini se refería así al estado actual del rock como propuesta disruptiva: «la mayor parte del rock era y es una puta mierda, y no me voy a echar a llorar porque ya no esté de moda. La buena música, hecha por frikis obsesivos y bichos raros, siempre será fascinante». Esa visión, cuya reflexión también han profundizado críticos como Simon Reynolds, se alimenta del vacío actual que genera la escasa falta de discurso o de capacidad transformadora de la música en las sociedades. Algo que Albini vivió de cerca mientras los noventas eran fulgor.
A lo largo de todos estos años, su rol como referente estético y moral se centró en una profunda convicción de que la música es aquella expresión auténtica y pura. La creatividad es un arte y su trabajo es algo meramente operativo y ejecutivo. Su misión era entregar las herramientas y condiciones para que otros pudieran ser creativos. Y qué mejor que preservar aquello en formato físico.
Éxito contra la corriente
Fuera de los márgenes comerciales, Albini transitó entre Big Black, Rapeman y Shellac, trinidad de bandas que lo mostraron desde el otro lado del vidrio, componiendo y tocando, y donde era habitual, hacia los últimos años, verlo de punto fijo en Primavera Sound año tras año junto a Shellac.
Desde su posición de músico, Albini exploró otras facetas donde su postura era igual de corrosiva y atrevida, donde forjaba gran parte de su visión y trayectoria. ¿De dónde venían todas esas referencias? ¿Dónde habitaban sus más profundas reflexiones sobre los estilos? El chico raro que frecuentaba el punk fue capaz de darle un giro a diferentes patrones sonoros con bandas que iban contra la corriente.
Big Black y Shellac han sido referente estético para un nuevo concepto de rock, de métricas y recursos repetitivos únicos, imitados pero inalcanzables. A la altura de lo que continúan haciendo bandas como Swans, o que se atreven como Black Midi, las bandas de Albini –el Albini músico y creativo– son patrimonio y testimonio de su marcada influencia.
Recordado hasta el cansancio por su trabajo con Nirvana o Pixies, su rango era amplio considerando las posibilidades. Esto, por supuesto significó éxito, pero desde su propia perspectiva. Si bien, asumimos, se traducía en dinero, nunca cobró regalías como productor y exigía un pago justo por su tiempo y no por su nombre.
Tras el éxito que significó “Nevermind” (1991), justamente Nirvana buscaba dar el salto hacia un sonido más crudo. Rápidamente los de Seattle necesitaban recuperar las raíces y Albini parecía ser el hombre que necesitaban. Así se ofreció, a través de una correcta carta, hacia la banda, buscando ser quien explotara ese potencial. «Creo que lo mejor que podrían hacer en este momento es exactamente lo que están hablando: hacer un disco en un par de días, de alta calidad pero mínima producción y sin interferencia del sello. Si eso es realmente lo que quieren hacer, me encantaría estar involucrado», decía.
El resto es historia. “In Utero” captó una interesante mirada de lo que necesitaba el grupo y lo que se esperaba para los ánimos de 1993, pese a que posteriormente las opiniones fueron divididas y el resultado, incluso, no 100% satisfactorio para el grupo. Pero el anti productor siguió trabajando y aplicando su fórmula. Cada proyecto era diferente. Cada idea, cada resultado. Así pasaban discos y discos en su currículum. Si hasta grabó “Razorblade Suitcase” de Bush en 1996 con una fórmula calcada a lo que había hecho con Nirvana un par de años atrás.
Esa filosofía, así como también su capacidad de decir lo que pensaba sin filtro (incluso de las personas con las que trabajaba), decía mucho de su personalidad y su compromiso ético. Sin ceder a las presiones del negocio, pero con una idea clara de que era la única forma de ganarse la vida, Albini se convirtió en ese amigo con el que podías conversar y criticar, una palabra siempre sincera y un espacio seguro para dar rienda suelta a la creatividad. Y es que personajes como él, a veces crípticos y otras abiertos, reflejan una profunda austeridad moral y política, un compromiso tan potente que hoy en día casi no existe. Ni se predica.
“Pokerface” según Albini
Dos veces ganador del World Series of Poker (2018 y 2022), dividía sus intereses entre la música, el café y los naipes. Dos veces fue campeón mundial, por decir menos. Para el músico, el póker era una actividad a la cual se dedicaba con oficio y seriedad.
El único lugar en el que podía mentir, decía. Y una parte importante de su vida. Una vida marcada por etapas y piezas. Dentro de esa compleja personalidad pública y también íntima, el póker era una pieza relevante.
¿Acaso no sería raro que Albini tratara a sus proyectos como si fuese una mano de póker? Poniendo sus fichas en cada banda que le sacudiera el corazón, fingiendo ante otras o simplemente aceptando manos regulares o malas, pero completando –y aceptando– el juego.
Con esa mentalidad, el productor y jugador profesional se embolsó interesantes sumas en cada juego y campeonato ganado, haciendo del póker una de sus fuentes de ingreso. Todo el trabajo mental que no hacía en Electrical Audio, lo hacía con una buena mano.
Sus pasiones, repartidas entre la música, el azar y la estrategia, decía también mucho de su personalidad y forma de trabajar. Para Albini, la seriedad era una virtud, y respetaba y valoraba trabajar con quienes compartieran esa visión. Siempre vestido de overol, se dedicaba a su trabajo como un obrero más de la música, con oficio y eficiencia, lejos de los flashes, de las regalías por producir, de la moda o de la búsqueda del hit permanente. Incluso, lejos de la ingenuidad y falsa modestia de mega nombres como Rick Rubin (quien asegura no saber tocar instrumentos o cómo manejar una consola), Albini construyó un mito punk en torno a su imagen y a su preciso oficio. «Si un disco tarda más de una semana en hacerse, alguien está metiendo la pata», decía en la carta que le envió a Nirvana para trabajar juntos en lo que sería “In Utero”.
Tan solo dos semanas antes de morir, Albini respondería una de sus últimas entrevistas donde veía el futuro de la música con una sentida reflexión. Con Shellac habían decidido regresar a Spotify y, consultado sobre el estado actual de la música y los estudios de grabación, el dueño de Electrical Audio aseguraba que esos hábitats serían cada vez más escasos y que eventualmente cerrarían. Hoy, Electrical Audio se ha convertido en lugar de peregrinación y un testimonio vivo de mantener en pie y cristalizada en su imagen la tradición y la consecuencia en la industria.

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