Red Hot Chili Peppers
Mother's Milk
Muchas veces, el no pertenecer a ningún movimiento exitoso termina por perjudicar a una determinada banda a la hora de alcanzar el éxito y cautivar al respetable. De igual modo, la existencia de una asociación al colectivo puede llevar a la cúspide a poco sutiles imitadores, acarrear a casuales transeúntes musicales, e incluso premiar a pseudo músicos carentes de imaginación, simplemente por el hecho de estar en el lugar justo en el momento indicado. Dentro de este desbalance, de cuando en cuando irrumpen artistas que forjan su propio camino, amparados en elevadas dosis de talento y una identidad rotunda. Y un poco de locura, casi como regla general.
Los Red Hot Chili Peppers tienen su sitial de honor dentro del primer grupo, quién puede negarlo. Su mixtura de influencias musicales, amplificada por su alta rotación de personal, no sólo los hizo especiales, sino también incomparables. Por años, su estilo transitó cercano al precipicio, siempre llevando su oferta al límite, a kilómetros de distancia de la racionalidad y aprendiendo a golpes. Su primer acercamiento a la pulcritud llegó con el brillante “The Uplift Mofo Party Plan” en 1987, de la mano de la primera de sus “grandes alineaciones”, que incluía a los históricos Anthony Kiedis y Flea en voz y bajo respectivamente, pero también al difunto Hillel Slovak en guitarra y Jack Irons en batería. Un equipo que rozó la gloria, gracias a la acertada intuición cuáles serían los términos que unos años más tarde encantarían al globo y cuán sólidos eran los terrenos en que la agrupación pretendía construir su imperio. Aquel LP es un tesoro, y también merece ser considerado un clásico.
Pero la muerte vino por Slovak, y su propio criterio alejó a Irons del tóxico presente y glorioso futuro de los Chili Peppers. Meses más, meses menos, los nombres de John Frusciante y Chad Smith asomaron en el horizonte, dando así vida a la más intratable de las encarnaciones que el grupo jamás haya tenido. No era sólo un asunto de talentos y desempeños; entrando a la ruta del oro, los cuatro personajes que conformaban el grupo en aquel entonces contaban con un nivel de ambición, inquietud, fuego y músculo que pareciera venir de otro planeta.
Eso es “Mother’s Milk”, un disco de otro planeta. La precuela a “Blood Sugar Sex Magik” dirá alguno, el encanto de la imperfección dirá otro, pero que a final de cuentas nos susurra que nunca antes (ni después) la locura logró canalizarse de manera tan esperanzadora. Ahora es fácil decirlo, pero escuchando “Mother’s Milk” es inevitable suponer que el éxito, los millones y el reconocimiento aparecerían de manera inevitable en los días por venir del cuarteto.
Las diferencias entre éste álbum y su monstruoso sucesor son diversas. Acá no hay tanto potencial radial, por ejemplo. Sería el último trabajo de los Peppers del cual podríamos decir algo así. Y eso le hacer aún más destacable. Compositivamente, se denota crecimiento por parte de las cabezas pensantes del conjunto, pero en ningún instante dan señales de estar alineados con los grandes públicos. Hay mucho egoísmo en “Mother’s Milk”, con cuatro músicos aprendiendo a hacerse fuertes cara a cara, y encontrando la satisfacción en la imposición de sus propios mandamientos en vez de educar a quién mereciese recibir la lección.
Parte del sello de “Mother’s Milk” viene dado por el resplandor y primer plano del bajo de Flea. Qué mejor manera de confirmarlo que con ‘Good Time Boys’, la contundente apertura del disco. Una canción con coros masivos que no cautiva masas, pero genera certeza de que éstas vienen a por la banda. En tiempos de consumo fácil e inmediato, cuesta imaginar hoy en día que un disco pueda comenzar con una apuesta tan poco segura. Eso se llama convicción.
Cuando en “Mofo Party” los Chili Peppers destrozaron un tema de Bob Dylan, su burla a con la historia hizo imperativa una rectificación. El héroe escogido fue otro inevitable, Jimi Hendrix, y la incendiaria revisión de ‘Fire’ en “The Abbey Road EP” (lo último de la formación –Kiedis-Flea-Slovak-Irons), y que también fue incluida en “Mother’s Milk”) abrió el mar y pulverizó montañas. Pero el ejercicio invitaría a tomar mayores riesgos, poniendo a prueba su sonido, y la cita no vino ni desde el mundo del funk ni del rock, sino del soul, con la excelente versión de ‘Higher Ground’, original de Stevie Gonder, tan entretenida como un cover alguna vez podrá ser, potente, vertiginosa, y con aires épicos. El resultado final ya era un certero indicador de que hicieran lo que hicieran, los Chili Peppers tenían consolidada su fórmula, que sus influencias estaban en plena implosión, y que esta formación no sabía lo que era dar un paso en falso.
El sudoroso funk de ‘Subway to Venus’, de un minuto a otro, los pone imaginariamente por unos minutos en el escenario del teatro Apollo en 1963. ‘Magic Johnson’ nos recuerda que estos son sólo unos chicos, no unas estrellas, y que siguen disfrutando con las mismas cosas que sus seguidores de entonces. Esa “humanidad” se pierde por completo con la genial ‘Nobody Weird Like Me’, que insiste en la tesis de que los Chili Peppers estaban locos de remate, que Flea era un fenómeno, y que la testosterona, el ritmo y la poca cordura en ocasiones pueden suplir el predominio de una inolvidable melodía. No había estructura capaz de ordenar a estos muchachos.
Si es que alguna vez los Red Hot Chili Peppers pararon una canción de igual a igual ante sus propios ídolos previo a ‘Give it Away’, entonces fue con ‘Knock Me Down’. Un exquisito riff, un volcán en la batería, y un bajo tan inquieto y que ofrece tantos recursos y matices a la canción que asusta ya son signos de un tema ganador. Si a todo ello, le sumamos ese coro es adictivo, y la segunda voz que cae de los morenos cielos californianos, ‘Knock Me Down’ está condenada entonces a una perpetua estadía en el olimpo cancionero. Maestros.
El novelesco desarrollo de la mortal ‘Taste the Pain’ es un plato que se sirve frío, todo lo contrario de la acalorada e inolvidable ‘Stone Cold Bush’, un clásico que vuelve a la adolescencia a cualquiera. En el origen de ‘Pretty Little Ditty’ está la razón del ingreso de Frusciante al grupo, y lo que comienza como un duelo con Flea, termina en una unión indisoluble, justificada en la naturalidad con que la música fluye entre ambos instrumentos, y los goterones de magia de especialmente John regala sin ninguna exigencia de por medio.
Con ‘Punk Rock Classic’, no tenemos dudas de que los Chili Peppers aman probarse distintos disfraces por día, pero que al final del día, no se comprometen con ninguno. Porque no nomás. Porque así como disfrutan de la compactación a la que les obliga la velocidad, también buscan abrirse cuatro botones de la camisa y jugar a la soltura de la sensualidad con ‘Sexy Mexican Maid’.
Casi a modo de anticipo de su siguiente trabajo, ‘Johnny Kick a Hole in the Sky’ suena a una de esas aventuras definitivas en la vida de una persona, de esas que dejan huella. La alegría, la frontalidad, lo incansable de su andar, y lo inagotable su fórmula (de “esa” fórmula, aclaremos) afloran en el soberbio cierre de “Mother’s Milk”. Casi cinco minutos y medio en que Kiedis no para de cantar, porque su banda no le da descanso, porque quiebran y rearman con una rapidez asombrosa, y porque tampoco tienen ganas de terminar una canción que podría durar 25 minutos y no perdería efectividad. Un monumento a su propio estilo. Bravo.
Si los Red Hot Chili Peppers no tuvieron pares no fue tanto por incapacidad del resto como por mérito propio. Así como el bajo de Flea en “Mother’s Milk”, la música del grupo no paró de moverse, de buscar, de atreverse, ni de reinventarse. Si “Blood Sugar” no hubiese significado millones y millones de fans en todo el mundo, este disco que revisamos sería testimonio de una de las mayores injusticias de la historia. Por suerte, no fue así.
Después de “Mother’s Milk”, no sólo quedó claro que los imitadores comenzarían a aparecer de la humedad, sino que su estilo era indiferente a las corrientes musicales que imperaran en los listados de ventas: el que acudiera a ellos, se exponía a una experiencia única. “Blood Sugar Sex Magik”, con lo rico en hitos que es, no es más que la continuación natural de lo que este álbum implica: un inminente arribo a la perfección.
Juan Ignacio Cornejo K.
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