No era fácil desde ningún punto de vista renacer de las cenizas que dejó la muerte de Ian Curtis para el proyecto de Joy Division. La banda recién formada con el nombre de New Order, no llevaba más de un año de vida cuando decidieron lanzar su primer álbum de estudio, con todos los desafíos que esto significaba. No solo por la carga que conllevaba una pérdida de esa magnitud, sino por la presión de estar a la altura ante uno de los proyectos más rupturistas de los 80, cuya influencia es reconocida por gran parte de la música alternativa.
Las opciones no eran muchas. O demostrar que el proyecto seguía vivo sin su particular vocalista o dar un completo giro de tuercas con respecto a su sonido. Al parecer la decisión fue la segunda, y digo al parecer ya que, en grandes pasajes de este álbum, la banda se siente titubeante, como si tratasen de demoler los últimos vestigios del sonido de Joy Division, pero sin lograr imponer el ADN que los caracterizaría a futuro.
Un aspecto clave a considerar es la inclusión de Gillian Gilbert, tecladista y novia del baterista Stephen Morris, quien aliviaría el trabajo de Bernard Sumner, guitarrista y vocalista del grupo, permitiendo la apertura hacia un sonido mucho más sintético del que nos tenían acostumbrados. La producción seguía estando a cargo de Martin Hannett, pero las relaciones ya estaban oxidadas debido a los problemas del productor con el alcohol y el poco compromiso que acusaban los miembros del grupo.
Desde el inicio con ‘Dreams Never End’ se manifiesta la intención romper con los esquemas, a pesar de estar fuertemente vinculado con ‘Shadowplay’ del mítico “Unkdown Pleasures”. Puede que no sea el riff de guitarra más creativo del mundo, pero se nota que Sumner fluye muy bien en su nuevo rol como líder. Las envolventes ‘Truth’ y ‘Senses’ conforman los aspectos más innovadores del nuevo sonido de los británicos, confirmando el genio de Peter Hook con su inconfundible bajo y cómo Morris deja atrás aquel sonido tan punzante de batería para adaptarse a las inquietudes más electrónicas del grupo.
Llegando a la cúspide del álbum encontramos las magníficas ‘Chosen Time’ y ‘The Him’. Dotadas de una calidad compositiva que nada tienen que envidiarles a los mejores temas de Joy Division, acá donde comienza a florecer el espíritu más creativo y propio de New Order. ‘Doubts Even Here’ y ‘Denial’ son en su conjunto aquellos híbridos que no terminan de tomar forma ni para un lado ni para otro, siendo el mejor ejemplo de aquella crisis de identidad que vivía la banda en aquella época, pero que, de alguna manera, cierran de forma bastante sólida el álbum.
Aún con todas sus falencias, “Movement” es una pieza que brilla con su propia luz en la discografía de New Order y que va envejeciendo cada vez mejor. Es un registro histórico que implica el hecho no menor de ser la transición de uno de los grupos más importantes del post punk, a uno de los proyectos más influyentes del pop/electrónica en los 80. El tiempo se ha encargado de dejar en su merecido lugar a un álbum tan vapuleado para la época.
Andrés Fuentealba.
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