Vader
Solitude in Madness
Nuclear Blast
El death metal más directo y primigenio se caracteriza por ese sonido acelerado, brutal y preciso, sin mayores concesiones que otros subgéneros que apuntan a lo técnico o con influencias de tipo étnico, por nombrar algunos. Ese camino tan old school es el que sigue Vader, con un trabajo que no supera los 30 minutos de duración, pero que una vez más resulta efectivo, teniendo todo lo que se necesita para hablar de contundencia total. Pero, ¿es suficiente aquello? ¿Cómo se puede mantener una línea sin caer en lo redundante o desordenar todo al aspirar a un trabajo variado?
Desde el comienzo, con ‘Shock and awe’, ya tenemos los elementos que priman dentro del décimo segundo álbum de los polacos, así como también en toda su discografía: riffs, blast beats, solos, voces guturales y dobles bombos. Todo esto aporta a una velocidad e intensidad que se conjuga en cortes que no superan los cuatro minutos, como son ‘Into oblivion’, ‘Despair’ e ‘Incineration of the gods’, que inicia de una manera un poco menos directa, pero que desemboca en algo similar a lo que ya llevábamos hasta este punto. ‘Santification denied’ marca uno de los primeros momentos en que podemos sentir un cambio más considerable, al ser menos apurada que sus antecesoras. Otro ejemplo de ello es ‘Emptiness’, que dado su enfoque melódico, recuerda mucho al Carcass de “Heartwork” (1993). Un posible homenaje a los ingleses que no pierde efectividad en absoluto.
Dentro de lo que hace a “Solitude in Madness’ tan efectivo está lo conciso de sus 11 canciones, habiendo unas que ni a los dos minutos llegan. Esto no nos deja una sensación de que estemos frente a algo incompleto ni mucho menos, sino que, al contrario, es un plus para que se sienta como ese ataque directo que simboliza al género. No quedamos con ganas de más, pero tampoco nos quedamos cortos, porque su cometido se cumple con creces. Ya sea con el cover a sus compatriotas de Acid Drinkers, ‘Dancing in the slaughterhouse’, la brutal ‘Stigma of divinity’ o el cierre con ‘Bones’, Peter y los suyos se alejan de cualquier prejuicio de caer en lo repetitivo y poco original tras más de 30 años de actividad, porque lograron una vez más un trabajo notable sin necesidad de buscar nuevas alternativas a su sonido, así como tampoco repitiéndose a cada momento. Un punto alto del estilo en este complicado 2020.
Luciano González
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