De Matthew Kiichi Heafy se sabe, desde sus comienzos con Trivium, que es un fanático del black metal. Tanto así, que la idea de un proyecto a deambulado por su cabeza más de una vez; partió con el nombre de Mrityu, allá por el año 2012, y terminó convertido en Ibaraki, proyecto con el que acaba de publicar uno de los buenos discos del año.
El álbum se llama “Rashomon”, guiño al film del mismo nombre del cineasta Akira Kurosawa, y durante poco más de una hora sorprende y convence. La entrega es potente, brutal, técnica y muy vanguardista. Un trabajo que encierra una historia personal, y que se completa en su gestación con la colaboración de otros selectos artistas.
La pandemia pudo todo; cerró las fronteras pero incrementó las comunicaciones. Así inició el viaje de Ibaraki, nombre de un legendario demonio japonés, instancia que le permitió a Heafy sumergirse en su legado familiar: la cultura japonesa. Fue esta necesidad de expresar sus reflexiones más personales lo que obligó al guitarrista a contactarse con otros destacados músicos para dar vida a su proyecto.
Ihsahn, guitarra y voz de Emperor, y Nergal, guitarra y voz de Behemoth, destacan por sobre el resto de los colaboradores. Ambos aportan con voces. Mientras que el resto de Trivium, Alex Bent en batería, Paolo Gregoletto en bajo y Corey Beaulieu en guitarra, cierran el contingente de músicos.
Tras esta mezcla de gustos musicales surgió algo sensacional. Un álbum de un feroz y refinado black metal. Muy en la línea de los últimos discos de Emperor, donde la brutalidad es adornada bellamente. En este caso destaca el talento vocal de Heafy, crudo y limpio, según sea el caso y la necesidad. El resto de la banda se mueve a toda velocidad, completando la fiereza, dejando un trabajo de altísimo vuelo y que de seguro no será ignorado.
Diez nombres componen el álbum. Desde ya destacan los tres sencillos del disco: ‘Tamashii no Houkai’, ‘Akumu’ y ‘R?nin’, pero la contundencia no termina ahí. ‘Kagutsuchi’, el tema dos, es genial. Veloz, bestial y con un espíritu único. ‘Ibaraki-D?ji’, el tema tres, es otro de los puntos altos. Comienza vertiginoso y feroz, con una voz cruda y desgarradora, para luego pasar a intervalos de cierta calma, pero siempre siendo potente.
‘Jigoku Dayu’, el tema cuatro, brilla con luces propias desde un principio. Parte con una voz limpia de mucha simpleza y sensibilidad, mientras la música se mueve con pasividad y sosiego, luego intercala pasajes de brutalidad y contundencia, volviéndolo un track a tener en consideración.
‘Komorebi’, ‘Susanoo no Mikoto’ y ‘Kaizoku’ cierran el disco con la misma energía, contundencia y calidad. Es un álbum, que a pesar su extensión, no aburre, pues tiene diferentes ritmos, energías y, si añadimos el aspecto personal de su propuesta, tenemos un lanzamiento completo. Nos permite pensar en cómo sería una segunda entrega, o en quiénes colaborarían y en cuándo estaría. Preguntas de optimismo frente a uno de los álbumes de metal extremo destacables del año 2022.
Felipe Reyes
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