Viagra Boys
viagr aboys
Hay discos que se ríen del mundo, y otros que se ríen con el mundo mientras lo miran derrumbarse con ternura y un vaso en la mano. "viagr aboys", el cuarto álbum de los suecos Viagra Boys, no escoge un bando claro entre la ironía y el afecto. Prefiere sumergirse en la contradicción, revolcarse en el absurdo y, desde ahí, construir un retrato crudo, ridículo y sorprendentemente humano de lo que significa estar vivo en este presente sobreestimulado, solitario y lleno de ofertas falsas.
Después de "Cave World", una sátira afilada sobre los delirios conspiranoicos y la regresión cultural, uno podría haber esperado más fuego externo. Pero esta vez, Sebastian Murphy y compañía giran la cámara hacia adentro. No porque hayan perdido la rabia, sino porque se dieron cuenta de que el colapso también está en la casa, en el cuerpo, en la espera en la veterinaria o en el tipo que llora frente a una pirámide de suplementos. Es ahí donde "viagr aboys" se vuelve más punzante, y más hermoso.
'Man Made of Meat' abre el disco como un puñetazo cubierto de brillantina. Hay chistes, sí -referencias sexuales absurdas, cuerpos hipermedicalizados, cultura digital reducida a vísceras-, pero entre cada línea se cuela una incomodidad genuina, casi existencial. ¿Qué somos, al final, si no carne que intenta sentirse algo a través de una pantalla? Pero lo que hace que este álbum resuene no es sólo su lirismo delirante, sino cómo la banda construye alrededor de eso un mundo sonoro igual de desquiciado. Hay punk, funk, jazz, synths robados de un futuro distópico, e incluso baladas. En 'Medicine for Horses', por ejemplo, Murphy canta con una dulzura desfigurada sobre amor, cordura y fluidos espinales. Es una canción triste. Es una canción preciosa. Y también es una broma.
'Uno II' y 'Pyramid of Health' son pequeñas obras de teatro tragicómicas: un hombre confundido entre veterinarios y dentistas, un gurú interior que aparece entre polvos verdes y deshidratación emocional. Las letras bordean la parodia, pero no se caen porque están sostenidas por algo más profundo: una melancolía disfrazada de risa. Es humor como mecanismo de defensa, y de supervivencia. En la mitad del disco, 'Dirty Boyz' y 'Waterboy' reafirman que el caos también puede tener groove. Pero si uno escucha con atención, ahí están los fantasmas: precariedad, exclusión, nostalgia por una libertad que quizás nunca existió.
Todo cierra con 'River King', una balada sencilla, sin máscaras. Murphy canta sobre comida china mala en una noche cualquiera, y suena como una plegaria. "Todo se siente fácil ahora", repite, y por primera vez, no hay ironía. Es una línea que uno podría guardar para esos días en que el mundo parece menos hostil de lo normal. Es un final perfecto para un disco que nunca pretendió ofrecer respuestas, pero sí abrazar la incertidumbre con creatividad, desparpajo y extraña belleza.
"viagr aboys" no busca agradar ni encajar. Es un collage emocional de alguien que intenta no volverse loco mientras todo alrededor se disuelve. Y en ese intento -torpe, ruidoso, brillante- encuentra una verdad que muchas obras "serias" ni siquiera rozan: a veces, lo más tonto es lo más real. Y reírse es, quizás, la forma más digna de no rendirse.
Fernanda Hein
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