The Black Keys
No Rain, No Flowers
Desde el primer acorde, "No Rain, No Flowers" abre con una sensación de calma casi sedante, como si los Black Keys hubiesen tropezado con una versión doméstica y encerrada de sí mismos. Dejaron atrás los riffs crudos y la fiebre blues-punk que alguna vez los definieron, deslizando su sonido hacia una esfera más protectora, cómoda y más popera por sobre todo.
Producido íntegramente por el dúo, con aportes de nombres de peso como Rick Nowels, Scott Storch y Daniel Tashian, el álbum se aleja del barro crudo que les dio fama y pasa a un entorno pulido, fértil en texturas electrónicas y arreglos elegantes. El tono general es el de un pop adulto (menos atrevido, más calculado) que rebaja la intensidad por una lectura más segura y complaciente.
Canción tras canción, esa suavidad se instala. 'The Night Before' tiene el pulso de una canción de estadio, pero sin garra real; 'Babygirl' se sostiene con piano, falsete y un funk contenido que le quita nervio más que energía. Todo esto también pasa como agua considerando los 37 minutos que dura el disco, que transcurre tan rápido que hay que escucharlo más de una vez para verdaderamente estudiarlo. Si te distraes, se te olvida que estas escuchando a los mismos que grabaron "Chulahoma" a inicios de este siglo.
No todos los momentos son para olvidar, claro. 'Down to Nothing' conserva algo de esa ansia emocional característica, destacando como la mejor canción del proyecto (por lejos). Por otro lado, 'Neon Moon' cierra la obra con un paseo que pareciera escrito específicamente para la radio, el cual recuerda vagamente a cierta sensibilidad country-psicodélica, quizás demasiado parecida a 'Take Me Home, Country Roads' de John Denver. Pero incluso estas luces se levantan en un lienzo sin colores, sin el contraste que alguna vez hizo brillar al dúo.
El álbum parece moverse a buena distancia del icónico sonido de garage que distinguía a The Black Keys en sus comienzos, más crudos y sucios. En lugar de eso, flota en un espacio intermedio, una zona de confort que antepone la suavidad a la urgencia. Esa pulcritud produce un disco técnicamente impecable, sí, pero que carece de la emoción y el pulso que les dio carácter en títulos como "Brothers", "El Camino" e incluso "Magic Potion".
En resumen: "No Rain, No Flowers" funciona como banda sonora para ambientes neutros: oficinas, salas de espera, supermercados, más que como declaración artística. Es un álbum que, al preferir lo seguro por sobre lo atrevido, diluye el peso emocional y la ambición rítmica que definieron a The Black Keys. Suena amable, sí. Pero también amortiguado. Y quizá, en esa decisión, han perdido un poco de lo que los destacaba en un comienzo.
Eduardo Fuentes
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