Tame Impala
Deadbeat
El gran big bang de Kevin Parker ocurrió con "Currents" (2015). Una explosión de sonidos, psicodelia y su primer gran acercamiento a la música electrónica. Un viraje que lo llevó a firmar uno de los himnos alternativos de la década pasada: 'The Less I Know the Better', clásico instantáneo que posicionó a Tame Impala como proyecto de arenas y cabeza de cartel en festivales. Pero con ese crecimiento también aparecieron las inseguridades: dudas existenciales, cuestionamientos y el sentimiento de no creerse un buen artista. Durante la promoción de "The Slow Rush" (2020) admitió que su fuerte está en las melodías y que escribir letras es su gran debilidad; algo en lo que trabaja, pero que, bajo su perspectiva, simplemente no se le da.
Después de la gira de su álbum pandémico, Kevin se fue a producir. Desde Dua Lipa hasta Justice fueron los músicos que tocaron la puerta de su estudio. Tomó aire, se acercó al mar, se conectó con la música electrónica, la ética del rave y nuevamente fue papá. A sus 39 años decidió que era momento de otro álbum, "Deadbeat". Los singles 'End of Summer', 'Loser' y 'Dracula' hacían parecer que el australiano retomaba la senda de "Currents", pero la realidad es que no. De entrada, con 'My Old Ways' pone la reflexión sobre la mesa. Apoyado solo en un piano, habla de sus culpas y de que solo es humano. Afuera la sobreproducción: para exorcizarse debía mostrarse con la menor cantidad de recursos.
El álbum es un viaje por las inseguridades y vulnerabilidades de Parker. Lejos de querer repetirse, encuentra consuelo y catarsis en nuevos ambientes. La electrónica no la usa para escapar de la realidad; más bien, es el sostén principal de su flagelo, pensamientos y aceptación de su humanidad. Entre música disco y variedades electrónicas, crea atmósferas y paisajes de sus dolencias, dudas, aciertos y momentos felices. Hay una melancolía constante, pero también una calma nueva: la de quien se reconcilia con lo que es, sin intentar ser más. Más que una colección de himnos es un desahogo emocional que termina en lo alto con la nostálgica 'End of Summer', que además es un perfecto resumen de la apuesta: la música como refugio y espacio de reflexión.
A diferencia de trabajos anteriores, no hay grandes saltos ni giros: todo se mantiene con regularidad en los bpm. Tal vez lo único extraño es la irresistible 'Oblivion', que en su beat coquetea con un reggaetón, pero en su versión llena de hongos alucinógenos. "Deadbeat" sigue la senda de experimentación y crecimiento de Tame Impala, dejando en claro que todavía tiene un espacio en lo masivo, sin ceder un ápice en lo artístico.
Bastián Fernández
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