Hay regresos que ocurren antes de que una banda vuelva a tocar. Más de una década después de su último álbum, Alabama Shakes reaparece en un tiempo distinto, aunque con buena parte de las herramientas que alguna vez definieron su sonido, un soul de memoria analógica, blues, psicodelia, bajos abrasadores y esa voz -tan única- de Brittany Howard capaz de convertir una frase mínima en una experiencia monumental. "I Must Be Dreaming" recoge esos elementos y los devuelve a un presente que parece exigir algo más que nostalgia.
'Tea Time' abre el disco desde la suspensión. Un bajo estoico establece el pulso mientras las distintas capas sonoras comienzan a compartir y disputarse el protagonismo. Hay algo deliberadamente psicodélico en su construcción, una sensación de estar entrando lentamente en un espacio conocido pero transformado por los años. El bajo, sin embargo, es quien termina sosteniendo la atención: una presencia constante que mantiene a la canción anclada mientras todo lo demás parece flotar. 'Garden' lleva ese viaje hacia el blues. Hay una dimensión reivindicativa, aunque su origen continúa siendo profundamente personal. Alabama Shakes nunca ha necesitado separar demasiado la experiencia individual de las estructuras que la atraviesan, y aquí esa frontera vuelve a diluirse. Howard canta desde la intimidad, pero su voz arrastra consigo una historia mayor: cuerpos, afectos, heridas y formas de resistencia que difícilmente pueden permanecer encerradas en lo privado.
La dimensión amorosa del álbum aparece atravesada por una diferencia importante. El desamor ha sido una coordenada -o una condena- recurrente en el universo de Howard, pero en esta lanzamiento, se encuentra también espacio para una representación luminosa del romance queer. Hay algo particularmente atractivo en esa posibilidad de hablar del deseo sin convertirlo necesariamente en tragedia. Aunque algunas de estas canciones se acercan peligrosamente al son de la dulzura, como si estuviera en nuestras manos la posibilidad de pensar en otra forma de amar. 'Easy' parece construida para quedarse flotando en esa frontera entre canción de amor y arrullo, peroi 'Time' intenta expandirla mediante guitarras etéreas y una ejecución virtuosa que no siempre consigue traducirse en emoción. El despliegue instrumental está ahí, pero la intensidad de Howard continúa siendo difícil de igualar por el resto de los elementos.
'How Love's Supposed to Go' encuentra, en cambio, una forma más inquieta de hablar del amor. Los versos rápidos y esa línea de bajo funky introducen movimiento donde antes había contemplación. El afecto aparece entonces como algo menos estático, hay un ritmo, hay fuertes y contundentes contradicciones, también ascensos y caídas. Una pequeña coreografía emocional que se acerca mucho más a la experiencia de querer a alguien, que a la idea romántica de hacerlo. 'Friends' y 'Tied to You' vuelven a abrir las puertas de la psicodelia. Son canciones que parecen desdibujar sus propios límites, construidas sobre un halo ensoñador que recuerda, por momentos, a los mejores pasajes de Grizzly Bear.
Hay una Alabama Shakes particularmente interesante cuando abandona la necesidad de demostrar lo que sabe, y se permite simplemente crear atmósferas. Y es en este vuelco, en ese espacio etéreo, donde "I Must Be Dreaming" comienza a mirar hacia afuera, porque lo personal es inmensamente político.
La política aparece como una extensión de esa intimidad, como si las heridas privadas ya no pudieran pensarse separadas del mundo que las produce. El disco adquiere otra densidad cuando Howard abandona momentáneamente el territorio del romance para preguntarse qué significa seguir habitando una sociedad atravesada por la violencia. 'American Dream' es probablemente el momento donde esa inquietud adquiere mayor fuerza. "¿Cuántas personas recibieron disparos esta semana?", pregunta Howard sobre una combustión lenta que parece avanzar con la paciencia de una herida abierta. La pregunta desarma la imagen del sueño americano desde dentro. Ya no hay épica posible frente a una realidad contabilizada en cuerpos. La canción contiene, además, una dirección que podría haber llevado al álbum hacia un territorio mucho más áspero, crítico y políticamente incómodo. 'I Feel Hope Coming' opta por otra vía. La canción no abandona la dimensión sociopolítica, pero decide buscar una salida en la armonía, en esa necesidad de construir cierta paz interior cuando el exterior parece volverse cada vez más difícil de conciliar. El falsete de Howard, con un evidente eco de Curtis Mayfield, le entrega una espiritualidad que funciona casi como refugio. Y ahí reside una de las tensiones más interesantes del disco. Alabama Shakes regresa con un sonido reconocible, incluso demasiado reconocible por momentos. Sus recursos siguen intactos y la banda conserva una capacidad extraordinaria para hacer convivir soul, blues y rock sin que ninguno termine de imponerse por completo. Pero esa misma familiaridad también puede jugar en su contra. Algunas decisiones parecen transitar caminos que la banda conoce demasiado bien, como si después de tantos años resultara más sencillo regresar a las formas que alguna vez funcionaron que arriesgarse a destruirlas.
Karin Ramírez Raunigg
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