Thundercat: ¡Que nadie se mueva!
Teatro Nescafé de las Artes
Cada vez nos estamos acostumbrando más a ver artistas en el peak de sus carreras. Placer impensado para las generaciones de melómanos de décadas anteriores, que en el mejor de los casos, han tenido que esperar reuniones, giras conmemorativas, o insulsos intentos de algún músico fundador por revivir viejas glorias. En nuestros tiempos, casi solo basta con esperar con que alguna productora local se la juegue e incluya a Chile en el itinerario de la gira de nuestros artistas favoritos. Así lo hizo Trucko con Thundercat, uno de los músicos estadounidenses del momento, que fue parte de una nueva fecha del ciclo Stgo Fusión.
Pocas veces la palabra sorprendente pueda estar mejor usada para describir los primeros minutos de un show. Para el de Stephen Bruner, verdadero nombre del prodigioso bajista, hasta se podría quedar corta. Lo de Thundercat fue más allá: pasó por encima de cualquier expectativa. Conmovió con una propuesta tan única e imprevista que, incluso, para quienes solo lo habían escuchado en discos, podría catalogarse como incomprensible. Cómo no si en la partida, el monstruoso Justin Brown en batería iniciaba desde el primer golpe un murallón percutivo más cercano a cualquier acto de rock progresivo de los 70 (King Crimson, Yes), que algo más funk.
Otra buena cosa que nos dejó el show fue la sencillez y sentido del humor de Thundercat, recurso que oxigenaba algunas transiciones luego de largos pasajes de baterías con redobles y tiempos hipnóticos e imposibles (a lo The Mars Volta o Billy Cobham), y avasalladores solos de bajo. El "afrofelino" disfrutaba cada segundo y hacía ver fácil todo su desplante. Lo suyo es de alta tensión, pero con la característica (y necesaria) cuota de sabor de su raza negra, tan rica y llena de misticismo. Ya hacia el final, con el público perplejo que nunca dudó en aplaudirlo, se vivieron los momentos más íntimos ('Drink dat'), de humor casi stand-up comedy ('Tokio'), festivos ('Frind zone'), y mágicos ('Them changes').
En una noche fantástica, Thundercat demostró su talento innato. Toca el bajo como pocos y lo hace sonar como nadie, moviendo sus dedos como si fuesen arañas recorriendo el diapasón. También canta sus suaves versos con un falsete tímido −más como si estuviera maullando− y ríe cada vez que puede. Sabemos que es juicioso y que está algo loco. Por lo mismo, parece que todas las manifestaciones musicales a las que apela, ninguna le acomodara por completo. O no en su canon establecido. Por eso tiene a esos dos músicos que son sus torres: la fuerza irascible en la batería y los detalles luminosos y cósmicos de los teclados. Con ellos completa la ecuación para hacer realidad su fusión de mundos, en algo que podríamos llamar soul progresivo. En la torre de Babel que es la música popular, Thundercat con su bajo Ibanez Artcore inventó su propio −y nuevo− lenguaje.
César Tudela
Fotos: Miguel Fuentes | Santiago Fusión
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