La mano del doom: Cómo la música de Ozzy cambió mi vida Admiración, fanatismo y sentimiento Lunes, 29 de Septiembre de 2025 Publicado originalmente en revista Rockaxis #266, agosto de 2025. La muerte de Ozzy Osbourne despertó todo tipo de merecidos homenajes. Pero, sin duda, los que más han tocado la fibra son esos que nacen desde la experiencia personal. Este es uno de esos relatos narrados desde la admiración, el fanatismo y los sentimientos que provoca el catálogo del Príncipe de las Tinieblas en tantos de nosotros, y en el que, a lo mejor, ustedes también son parte. Pablo Cerda Alguna vez, la exeditora de Rockaxis, María Ángeles Cerda, me enseñó que, cuando escribimos sobre música, el foco debe estar puesto en los que están arriba del escenario, no en los que estamos abajo. Esta vez, me permito romper este mandamiento solo porque la figura de Ozzy Osbourne lo amerita. Desde los momentos posteriores a su deceso, la tónica fue encontrarse con sentidos relatos sobre cómo la música de Black Sabbath y Ozzy cambió la vida de tantos y tantas. Es verdad que esto es muy común en situaciones como esta, pero la cercanía y el cariño por el oriundo de Birmingham se sentía especial, distinto a lo de David Bowie, por ejemplo, a quien siempre vimos como un ser superior, estaba en un pedestal. Con Ozzy, la sensación era que había muerto uno de nosotros. Funerales eléctricos y arquitectos en espiral Mi historia con Black Sabbath no comenzó en la niñez. Si bien, mi padre me traspasó su gusto por el catálogo de The Beatles, Electric Light Orchestra y Led Zeppelin, lo de Ozzy y compañía quizá era muy duro para el radar de la casa. Si bien, en la preadolescencia Metallica y Iron Maiden estaban marcando el camino, el grunge fue mi refugio sagrado en los años del colegio. Entre 2004 y 2008, me pasé aplanando las calles de mi natal Quillota con Melvins, Tad y, sobre todo, Soundgarden en los oídos, vestido con las camisas de franela de la ropa americana y rajando los jeans con tijeras. Escuchar grunge en la mitad de los 2000 era un ejercicio bastante solitario. Entre los aggro, los emo y los skaters, me sentía mucho más cercano a los chicos que gustaban del metal y ahí se hizo el vínculo. Ya con un grupo de amigos formado y con gustos diversos, pero enfocados en las guitarras rugientes, el CD doble del “Reunion” (1998) de Black Sabbath apareció en manos de un compañero de colegio, y fue la banda sonora de innumerables asados junto a otros dos amigos del barrio. Los cuatro pasábamos noches enteras conversando mientras ‘War pigs’, ‘Into the void’ o ‘Fairies wear boots’ sonaban por los parlantes. Al momento de escuchar ‘Electric funeral’ o ‘Spiral architect’, todo cobró sentido para mí. De ahí nacían ‘Junkhead’ de Alice In Chains o ‘Gun’ de Soundgarden, esa era la oscuridad a la que apelaban, esos eran los riffs que usaban como plantilla. Además de encontrar las raíces de mi música predilecta, se formó una fuerte amistad en torno a Black Sabbath. Escucharlos es retroceder a días más simples, a conversaciones eternas sobre música o la vida misma, todo acompañado de la voz de amigos, unas cervezas y toneladas de cigarros. Entre funerales eléctricos y arquitectos en espiral nos atrapó la mano del doom, y dejo caer su hechizo para cristalizar momentos que, con la lejanía del tiempo, lucen cada vez más entrañables. Tal y como canta Ozzy en la sentida ‘Changes’ del “Vol 4” (1972), mis amigos y yo parecíamos haber encontrado un camino, pero «pronto el mundo se salió con la suya». Enfrentamos cambios, me vine a Santiago y, por cosas de la vida, perdimos contacto. Mis ojos están ciegos, pero puedo ver Conocí a mi esposa gracias a una junta de fanáticos de The Beatles, pero pronto nos dimos cuenta de que también nos unía Black Sabbath. Conoció la música de Ozzy gracias al inevitable link del Madman con John Lennon, una admiración que se tradujo en muchas canciones de su catálogo. Fuimos a innumerables tributos, viajábamos de Maipú al extinto Rock y Guitarras solo para cabecear al ritmo de alguna banda que emulara la onda de Ozzy, Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward en sus mejores momentos. Nunca pensamos que en 2013 amplificaríamos esa experiencia por mil. Nos juntamos con un grupo de amigos y decidimos acampar afuera del estadio para quedar en la reja, sentíamos que era una oportunidad única. Pasamos la noche conversando con otros fanáticos, intentamos dormir como pudimos y, a veces, despertábamos para tomar una que otra cerveza en la madrugada. Al día siguiente, el calor hizo de las suyas en la espera. Recuerdo a varios fanáticos sacando carteles de campañas políticas de los postes para hacer algo de sombra. Cuando llegó la hora de abrir la reja, la estampida fue brutal. El primer control se equivocó en cortarme una parte de la entrada y el segundo control no me quería dejar pasar, todo mientras veía como cualquiera que corría detrás mío podía tomar el lugar en la reja. Empujé al guardia y seguí corriendo. Logramos entrar y atravesar la cancha, vimos como muchos caían. Corriendo desaforadamente, presenciamos como alguien cayó y su cámara fotográfica se partió en dos. Nos pusimos a los pies de donde iba a estar Geezer, mi sueño era verlo tocar la intro de ‘N.I.B’ y lo cumplí. Recordar la sirena antes de ‘War pigs’ o el riffazo de ‘Under the sun’ aun me pone la piel de gallina. Recuerdo que rajé la garganta cantando «my eyes are blind, but I can see» con el puño en alto en ‘Snowblind’. Es por lejos mi concierto favorito de todos los que he vivido. Tres años más tarde, estuvimos en la galería del Estadio Nacional para volver a encontrarnos con Black Sabbath en su The End Tour. No fuimos capaces de repetir la hazaña del 2013, esta vez nos dedicamos a contemplar la grandeza del cuarteto. Llegamos temprano para ver a las tres bandas del cartel. Ya me había topado con Yajaira en el Maquinaria de Las Vizcachas, pero no me enamoré de ellos hasta ese día con Black Sabbath. Recuerdo que me hipnotizaron con ‘Cae’ –que sonó a mil en el Estadio Nacional–. Ese día se implantó una semilla que germinará unos años más tarde (lo voy a explicar en unas líneas más adelante). La despedida de los de Birmingham fue absolutamente emocionante. Un setlist más corto, con ‘After forever’ y ‘Hand of doom’ como mis momentos favoritos, junto a una de las personas más importantes de mi vida. El ojo de dios Me demoré unos años en insertarme en la escena santiaguina. En mi primer año radicado acá me tocó trabajar de noche durante un tiempo y, como estaba recién titulado de traductor, honestamente tampoco sobraba tanto dinero para salir. Un buen día, mi primo llegó emocionado al departamento que compartíamos. Había visto a Bagual y quedó alucinado con su forma de hacer stoner. Hasta ese momento, solo rondaba el estilo con Kyuss, Corrosion of Conformity, Down y The Sword, pero al escuchar ‘El Ojo de Dios’ de Bagual hubo un clic distinto. Esto se estaba haciendo en Chile, en Santiago y lo estaba dejando pasar. Nunca había gustado de un estilo que estuviera vivo y eso me alucinó. Volví a escuchar a Yajaira, le presté más atención a Hielo Negro, descubrí a Dixie Goat, y suma y sigue. El stoner se convirtió en un interés profundo porque lo sabbathico estaba ahí, la impresión que me provocó ‘Electric funeral’ y ‘Spiral architect’ cuando la escuché por primera vez se volvía a repetir, pero esta vez con algo local. Cuando empecé a escribir sobre música, primero en Humo Negro y, luego en Rockaxis, una de mis cruzadas fue dejar por escrito lo que estaba pasando. Sentí que las cruces de Black Sabbath iluminaban otra parte de mi vida y ese brillo sigue hasta hoy. Nos vemos en el otro lado El 22 de julio del 2025, con mi esposa y nuestro hijo pasamos a comer algo rápido cerca de su colegio. La noticia nos cayó como un relámpago. A tan solo dos semanas de su concierto de despedida, Back to the Beginning, Ozzy dejaba este mundo. Mientras nuestro hijo jugaba por el lugar, con Katherine nos miramos y solo atinamos a pensar en que estuvimos en las dos venidas de Black Sabbath, recordamos con cariño un momento que nos marcó y que siempre nos saca una sonrisa. A su vez, empecé a pensar en esos amigos del pasado, en los asados en Quillota, y en cómo la música de Black Sabbath se mezcla en las playlist con Yajaira y Bagual formando una línea sónica perfecta. A pesar de haber perdido el contacto, uno de esos amigos del pasado me llamó al día siguiente de la muerte de Ozzy y conversamos como si el tiempo no hubiera avanzado. Mi mejor amigo que se ha mantenido desde entonces, me escribió recordando lo mismo que estoy añorando en estas líneas. Al final, Black Sabbath y Ozzy no son solo música para muchos, conforma una parte vital que recuerda a familiares, amigos y vivencias que a todos nos marcan de manera distinta. Y sí, quizá esta vivencia es super personal, quizá a nadie le importa todo lo que está escrito en estos párrafos, pero solo es una catarsis ante lo inexplicable de la muerte. Nos vemos en el otro lado, Ozzy, pero mientras estemos en este lado, muchos seguiremos empuñando en alto la mano del doom. Tags #Ozzy Osbourne #2025 Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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