El doble opuesto de Pixies

A 30 años de "Doolittle"

La sorprendente dinámica del ‘loud-quiet-loud’ que despliega el “Doolittle” de Pixies resultó vital en el diseño sonoro del rock alternativo de los 90. Después de grabar ‘Smells like teen spirit’, en Nirvana se cuestionaron si la canción no era demasiado parecida a Pixies. Por su parte, Gil Norton –el productor– terminó siendo asediado por bandas que querían lograr el mismo efecto, mientras que otros músicos como James Iha de Smashing Pumpkins y la inglesa PJ Harvey, se deshicieron en elogios para él, describiendo a “Doolittle” como un álbum de pop clásico de su generación. La prueba fehaciente de que Black Francis, hace 30 años, ya levitaba en un inspirado estado de gracia musical.

Por Alfredo Lewin

Francis, Kim, Joey y David tuvieron bien merecido todo lo que pasó a partir de su reunión cristalizada hace ya 15 años. Llegaron a reclamar parte de la torta que les tocaba por derecho propio, por su enorme influencia, por todo el tiempo que no estuvieron y en el que un montón de bandas, prácticamente, fotocopiaron su sonido. Son varias escenas que hacen a Pixies una banda muy inusual. Una, la de la banda college, universitaria, alternativa, que no era la próxima gran cosa que iba a acontecer en la gran industria, sin embargo, sus conciertos se agotaban donde fueran. Tenían también una buena prensa y gozaban del boca en boca, al punto de iniciar su carrera discográfica siendo publicados en Inglaterra y no en Estados Unidos, a pesar de ser nativos de Boston. Cuando deciden dar fin a su carrera a principio de los 90, empieza a crecer su leyenda póstuma –probablemente gracias al impacto de Nirvana–, convirtiéndose en una de las agrupaciones más admiradas y estudiadas por todas las bandas en esta década, que ha sido tan prolífica en la actitud, moral y ética de lo alternativo.

Se convirtieron en dioses ausentes, con ventas que, comparadas a los números de la gran industria, solamente podían ser calificadas de modestas, pero con una no menor cantidad de tributos ejecutados por descendientes sónicos de la escuela que ellos fundaron. Los Pixies representaron un muy peculiar pináculo del rocanrol mezclado con lo artístico, y no solamente por aquellas miniaturas rock pop melódicas o aquellos espasmos que tenían que ver con el ruido y con delirios de letras surrealistas, sino por una serie de exquisitos e incongruentes efectos que guardan relación con las fuerzas en oposición, de Kim Deal, por un lado, y de Black Francis, por el otro. Un coro de guitarras punk dementes detrás de un grito primal por parte de una de las voces más reconocibles del rock norteamericano, matizado con armonías que, de pronto, planteaban la dicotomía entre lo femenino y lo masculino, y sobre todo, porque tenían canciones tremendamente bien pensadas que solamente podrían ser el producto de una mente inescrutable, insular e irrepetible en la historia del rock contemporáneo. Sea dicho, hablamos de Black Francis.

Hacer poco, hacer casi nada
Un poco antes que iniciaran los noventas, la década en que endiosaron a los Pixies ‘in absentia’, Black Francis y la banda se las ingeniaron para confeccionar un puzzle grandioso e insuperable. “Doolittle”, su tercer álbum que se publicó en abril de 1989, marcó lo que sería el ecuador de su carrera. Fue el primero en ser publicado en Estados Unidos a través de un sello grande como Elektra (4AD en Inglaterra). La urgencia y la insolencia de querer decir «seremos tranquilos, seremos ruidosos y luego tranquilos de nuevo» o «seremos juguetones e infantiles, pero luego sofisticados y perversos», es tan simple como proponer la ecuación del ‘loud quiet loud’ (ruidoso-suave-ruidoso). Esta misma dicotomía de opuestos musicales está desplegada en todo el disco: ‘Debaser’ es la canción que abre con una orgía de guitarras que se suceden como látigos desplegándose en todas direcciones; luego viene ‘Tame’, que es como la demostración de la dinámica del ruido, opuesto a los paisajes más calmos (la misma que marcó a fuego a Nirvana) para rematar luego con el encanto pop, liderado por la guitarra rítmica de Francis (al igual que en ‘Wave of mutilation’ y ‘Here comes your man’).

El artístico juego de opuestos es parte del ADN básico de la música de Pixies. Lo acústico de la guitarra de Joey Santiago con lo cáustico y eléctrico de Black Francis; lo femenino y angélico de Kim Deal en su voz y sus líneas de bajo, versus lo demoniacamente masculino de Black. Hagan un ejercicio: saquen la guitarra solista de Joey y las voces de Francis, y se quedan solamente con la guitarra rítmica más la pulsación de Kim en el bajo y la ajustada batería de Dave Lovering. Lo que quedaría sonando sería como la base cruda de una canción de REM. Pero sobre esa base, cuando están los gritos y las guitarras que generan una mutación monstruosa –dando la impresión de que todo está fascinantemente mal, considerando todos los patrones de extrañeza–, “Doolitle” es como una colección de canciones que aún sigue siendo una gema de pop irresistible. Son temas que, al final, recuerdan como eran aquellas cosas que hacían grandes a las canciones pop rock. The Beach Boys o los Ramones, que no son bandas que se parezcan a Pixies, tienen aquello de engancharse a tu oreja al punto de no poder zafarte.

En algún momento, “Doolitle” iba a llamarse “Whore”, en lo que quizás era un título fuerte y que tenía que ver con la puta de Babilonia –en el sentido épico de un nombre–, pero quizás terminaría siendo malentendido. En una revista británica, el mismo Francis citó otra razón no menor para el cambio, por el que terminaría siendo el definitivo “Doolitle”: al mismo tiempo en que el diseñador Oliver Vaughan cambió la idea del arte de la portada del disco, diciendo que iba a ocupar la imagen del mono con una suerte de halo propio de los santos (con una aureola sobre su cabeza), inmediatamente Francis pensó que la gente iba a pensar que era una proposición anti católica, un mono con una aureola santa en un disco que se llame “Whore” –entiéndase puta o ramera– iba a ser definitivamente un despropósito. El reemplazo por “Doolitle”, en el contexto de un álbum que plantea temas como el sexo, la religión y la depravación, no es algo muy “santo” tampoco. ¿Quién era el doctor John Doolitle? Se trataba de un personaje de novelas anglo para niños, un sabio naturalista victoriano ficticio, uno de los grandes del mundo quien llegó a hablar el lenguaje de los animales. Un logro heroico para un hombre que era un científico elevado, uno que lo convertía en el maestro de la Tierra. Pero en las canciones de Black Francis, el nombre se convierte en símbolo de la humillación del lugar del hombre en el universo, como dice ‘Mr. Grieves’: «Pray for the man in the middle / The one who talks like Doolittle». La canción presenta un retrato apocalíptico en tanto al holocausto nuclear y el final de la humanidad. La imagen de un hombre que ha echado a perder las cosas al punto de involucionar, y tal vez convertirse en una bestia, así entonces qué mejor que empezar aprender a hablar como un animal. Temas similares se presentan también en ‘Monkey gone to heaven’ y la ineludible ‘Wave of mutilation’.

Épica gigante
La ingeniería de Gil Norton para “Doolitle” no es un tema menor. En efecto, se planteó como un productor muy comprometido con el proyecto e hizo un trabajo arduo para plasmar en el álbum toda su sofisticación. Por ejemplo, ‘Debaser’ termina con un disturbio de guitarras sobreimpuestas, y ‘Wave of mutilation’ destaca por la parte vocal de Francis, al punto de añadir diez partes para sugerir aún más intensidad a lo siniestro de las letras y a la fuerza de lo que va la canción. No obstante, no es un juego de colocar voces sobre voces en el sentido de la armonía de Freddy Mercury en Queen (aunque no estaba tan lejos de para dónde iba Pixies). El productor británico también se metió con los tiempos y la rítmica. En los demos originales, algunos temas habían sido compuestos con mayor velocidad –en su forma original eran más punk– y en la pre-producción, Norton las ralentizó, dandole espacio para nuevas partes y permitirse apuntar más detalles. Un ejemplo es lo que hizo con ‘There goes my gun’, que originalmente era muy rápida, con un estilo de ataque frontal de guitarra a lo Bob Mould y que en la versión del álbum su tempo baja significativamente, dejando la canción abierta para un trabajo de guitarras más surferas. Pero las sugerencias de Gil no siempre eran tan bienvenidas por los Pixies. De alguna forma, el sonido de “Doolitle” es el de una banda luchando en contra del hombre a cargo. Tiempo después de su publicación, Black Francis le dijo a la revista Rolling Stone que creía firmemente que este disco era el productor tratando de convertir a Pixies en una banda más comercial, y a ellos de mantenerse más grunge. Y ojo, que el término grunge no era una denominación comercial todavía.

Un axioma del trabajo en un estudio de grabación es que mientras más complicada resulta una canción para ser grabada, más tenso y aburrido se torna el proceso de registrarla. Un poco de eso fue lo que se empezó a sentir en Downtown Recorders, el estudio en donde se grabó todo esto durante los últimos meses de 1988. Fue en la preparación y la grabación de “Doolitle” que los problemas entre Black Francis y Kim Deal se empezaron a visibilizar, y mucho de aquello también tenía que ver con el tiempo que pasaban competiendo contra el reloj del gasto que significaba esta empresa. El presupuesto había sido designado por el sello británico 4AD, y la verdad no había tanto dinero como para malgastar, así que había que ser muy eficiente. Fue ahí donde empezaron a aparecer los problemas entre la bajista y el guitarrista/vocalista, manteniendo una relación que tenía que ver con la pasividad/agresividad, en donde a cada momento se les recordaba que el valor de cada minuto tenía un equivalente en dólares, llevando a la banda a un escenario en el que nunca antes habían estado: el del cansancio y el estrés. Y pudo ser que está presión en el estudio resultara un potente motivador que no dio espacio siquiera para armar un melodrama de todo esto, a lo Guns ‘N Roses preparando en ese mismo 1989 su “Use Your Illusion”. Esto era muy diferente… porque nadie lo vio venir.

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