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Marianne Faithfull: Sin timón y en el delirio

Apuntes sobre una cantautora fascinante en el crepúsculo de la vida.

Marianne Faithfull: Sin timn y en el delirio

Cuenta la leyenda que las primeras palabras de Marianne Faithfull, tras despertar de una sobredosis, se transformaron en el coro de ‘White Horses’ de los Rolling Stones. «Los caballos salvajes no podrán arrastrarme de aquí», acaso una predicción de que la entonces novia de Mick Jagger sería un hueso duro de roer para la muerte, de la que escapó en más de una ocasión durante su período salvaje en los años sesenta, una época que dice recordar a la perfección, a pesar del adagio que sugiere lo contrario, es decir, que haber vivido esa década plenamente equivale a tener la memoria borrada a punta de drogas. Con el tiempo, su relación con Jagger se convertiría en una especie de cruz, un estigma difícil de sacar a la hora de presentarla. Colaborar con Metallica el año 1996, en ‘The Memory Remains’, tampoco sirvió mucho para alejarla de la sombra de hombres más famosos que ella. Para millones de personas, Faithfull no es más que la señora que canta al final del single con el que fue presentado “Reload”. Lo cierto es que se trata de uno de los grandes talentos ingleses de su generación, como lo acredita, por ejemplo, su coautoría de ‘Sister Morphine’ junto a Jagger y Keith Richards, quienes grabaron el tema dos años después de ella para el disco “Sticky Fingers” (1971).

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Su autobiografía, “Faithfull”, es uno de los libros más descarnados jamás escritos acerca de lo que es sumergirse de lleno en el estilo de vida del rocanrol. Testigo y partícipe del circuito musical de la Inglaterra de los sesenta, cuenta desde una vereda privilegiada, y con lujo de detalles, cómo era entregarse al arte, la bohemia, los romances y los excesos sin medir consecuencias. Lo último es literal: pasó de ser la musa de los Rolling Stones a vivir en la calle, drogadicta, anoréxica y desdentada, sobreviviendo el día a día en la más miserable precariedad con tal de asegurar que la heroína no dejase de navegar por sus venas. Desfilan por las páginas que escribió personajes como The Beatles, David Bowie y Bob Dylan, también escritores como Allen Gingsberg y William Burroughs, todos personajes de sus relatos en los que abundan los psicotrópicos y no existen mayores contemplaciones morales. Su vida, contada tal cual ocurrió, sin filtros para embellecer lo feo ni para hacer aceptable lo indecoroso, resulta ser una apasionante historia que ningún escritor de ficción podría haber inventado, ni menos describir con semejante vividez.

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Su último disco, “Negative Capability”, aparecido el año pasado, deja un regusto a despedida. Considerando la fragilidad de su salud, perfectamente podría serlo. Demasiadas señales lo indican, entre ellas, la regrabación de tres de sus canciones más emblemáticas, como si estuviese corrigiéndolas por última vez, o quizás procurando firmar sus versiones definitivas. Volver a escucharlas resulta estremecedor, y eso que las originales son tan poderosas que definieron su carrera. Se trata de ‘It’s All Over Now, Baby Blue’, el clásico de Dylan que entonó por primera vez en 1971; ‘Witches‘ Song’ y ‘As Tears Go By’. Todas adquieren nuevos significados en esta crepuscular etapa de su vida, marcada por las cavilaciones en torno a los grandes temas de la humanidad, es decir, la vida y la muerte. En el escalofriante ritual, muy atentos a sus lecciones, un grupo de connotados seguidores la acompaña. Mark Lanegan escribe junto a ella, Nick Cave está en los coros, su colega Warren Ellis toca violín y el productor es Rob Ellis (PJ Harvey, Placebo).

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Hija de un espía y de una baronesa, parece que Marianne Faithfull estaba destinada a no ser una persona común y corriente. La sociedad inglesa de los sesenta nunca estuvo preparada para ella: la vieron siempre como a otra groupie más, sin comprender que no todas las mujeres eran satélites de los rockstars. Tras publicar el disco en vivo “Blazing Away”, en 1990, declaró con desilusión que «es estúpido esperar milagros en el rocanrol, es algo muy difícil, un camino lleno de misoginia». Con todo, ha seguido haciendo música y actuando (su carrera cinematográfica tiene grandes papeles, sobre todo el de una mujer que en su adultez decide prostituirse para subsistir en “Irina Palm”) a pesar de las terribles penurias que ha sufrido. Enumerarlas llega a doler: alcoholismo, adicción a la heroína, un intento de suicidio, un aborto, cáncer de mamas y una laringitis que le cambió la voz para siempre, propulsada por su hábito de fumar tres cajetillas de cigarrillos al día. Admirada por su obra y por su resiliencia, nadie le dice que no al recibir su llamado. En la década pasada, los comités creativos de discos como “Kissin Time” (2002) o “Before the Poison” (2004) contaron con Beck, Cat Power, Billy Corgan, Damon Albarn y PJ Harvey, entre otras figuras rutilantes que, a su vez, la consideran una ídola.

Andrés Panes

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