Obras malditas: ovejas negras de catálogos clásicos

Discos que le sacaron canas verdes a millones de personas

"¿Qué es esta mierda?", pregunta Greil Marcus al comienzo de una de las críticas más famosas en la historia del periodismo musical: la del disco "Self Portrait" de Bob Dylan, publicada en 1970 por Rolling Stone. Diseñado como un escarmiento para los seguidores que exigían el regreso de Dylan a la canción protesta, "Self Portrait" es definido por Clinton Heylin, uno de sus biógrafos, como "un álbum de descartes y rarezas en vivo de uno de sus períodos menos interesantes".

Un involucrado en la grabación, el organista Al Kooper, recuerda que Dylan tenía una pila de revistas “Sing Out!” de la que sacaba las letras y acordes de temas como 'The Boxer', de Simon and Garfunkel, o 'Blue Moon', popularizada por The Marcels, para tocarlos en el disco. La musa andaba lejos del cantautor, quien ahora le baja el pelo a "Self Portrait", al que se refiere como una broma fallida, aunque el año 2013 vació sus registros de esa vilipendiada era en "Another Self Portrait", el volumen 10 de la exhaustiva "Bootleg series" que recoge indiscriminadamente su abundante material... y que incluye notas interiores escritas por Greil Marcus.

Hay un solo paso desde "Self Portrait" de Bob Dylan hasta "Metal Machine Music" de Lou Reed: ambos son discos malditos, considerados un suicidio artístico en su momento. Sacado de las tiendas a tres semanas de su publicación, en 1975, el quinto trabajo solista del ex Velvet Underground desconcertó a los ejecutivos del sello RCA, que nunca antes habían recibido tantos elepés de vuelta de parte de compradores disconformes. Era una experiencia violenta para la época y aún lo es. No tenía canciones, sino cuatro segmentos. Cada uno superaba el cuarto de hora y consistía únicamente de feedback de guitarra.

Lou Reed concibió "Metal Machine Music" como una sinfonía ruidista. Quería que fuese editado por la división de música clásica de RCA, pero la compañía se negó y lo promocionó como un álbum de rock, decisión que le echó leña a su mala fama. Aunque es citado como una influencia por Thurston Moore y Sun O))), y recientemente fue adaptado a más instrumentos por el grupo experimental Zeitkratzer, los mitos en torno al disco son de tono negativo. Se especulaba que Reed había creado una aberración a propósito para zafar del contrato con RCA, y que desde el fiasco comercial que supuso, los sellos habían agregado en los contratos la "cláusula Metal Machine Music" para impedir que sus artistas se salieran de libreto con experimentos de un patrón similar.

Te desconozco

Neil Young supo de litigios con su casa discográfica. A comienzos de los ochenta, entró a la recién fundada Geffen, motivado por la relación laboral previa entre David Geffen y Crosby, Stills, Nash & Young, y por las palabras mágicas que incluía su, por cierto, jugoso contrato: libertad creativa. A poco andar, la relación se deterioró por culpa de los discos que estrenó bajo nueva etiqueta.

El primero fue "Trans", producto de la terapia musical a la que fue sometido el hijo de Young que sufre parálisis cerebral. Era un festín de vododer y sintetizador Synclavier, un juguete que conoció mientras hacía "Re-ac-tor". El siguiente, "Everybody's Rockin'" poseía un cariz más insolente, hasta vengativo: se adentraba en el rockabilly puro y duro a niveles caricaturescos, una respuesta a Geffen, cuyos ejecutivos le exigieron un disco de rock luego de abortar "Old Ways", el proyecto country que Young planeaba llevar a cabo después de "Trans". La tensión entre ambas partes llegó hasta la corte. Los genios de Geffen demandaron a Young, acusándolo de entregar material poco representativo de su obra, pero salieron trasquilados ante el músico y su inapelable argumento: le habían prometido en un documento legal que podría hacer y deshacer a su antojo.

El miedo a los discos malditos puede causar miles de dólares en pérdidas. En 2001, la subsidiaria de Warner que tenía fichados a Wilco, Reprise, se negó a editar el ahora connotado "Yankee Hotel Foxtrot". El master volvió, sin costo alguno, a las manos del grupo, subsecuentemente liberado de su contrato. Wilco puso el disco en línea, recibió varias ofertas de sellos y finalmente optó por la de Nonesuch, otra filial de Warner, empresa madre que terminó pagando dos veces por el mismo lanzamiento.

Ningún héroe está a salvo de un bache en su trayectoria. La nobleza obliga a reconocer su existencia sin tapujos. Como Kerry King de Slayer, brutal en sus negativas evaluaciones de "Diabolus in Musica" y su palpable cercanía al nu metal; o David Bowie, quien admite -con intermitencias- haber perdido la brújula en el maloliente "Never Let Me Down". El trofeo en el campeonato de la autocrítica es ostentado por Bad Religion: después del rechazo que causó su matrimonio con el rock progresivo en "Into the Unknown" de 1983, Jay Ziskrout y Brett Gurewitz se encargaron personalmente de quemar cajas con cientos de ejemplares del disco.

 

Andrés Panes



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