David Bowie y su verano de 1969

El comienzo de una rareza espacial a través de la literatura

Había una vez un libro llamado "Starman Jones", de Robert A. Heinlein, que fue publicado en 1953 cuando David Robert Jones tenía tan solo seis años. El chico que crecería para convertirse en David Bowie tenía a esta obra ente una de sus favoritas, de seguro cautivado por el hecho de que el héroe astronauta tenía su mismo apellido, Jones. Starman Jones. Y que con un poco de imaginación, algún día, de seguro, él mismo se convertiría en un astronauta. Bowie nunca perdió esa fascinación, fuera Heinlein o Ray Bradbury y su "The Ilustrated Man", sí, el mismo al que hacia referencia Elton John en ‘Rocket Man’, o George Orwell y su magistral "1984", el hecho era que estos libros serían influencias vitales en este embajador de los viajes espaciales rockeros.

Este aspirante a rockstar de 22 años, lanzaba ‘Space Oddity’, la canción que lo pondría a él mismo en órbita. Tal como Bowie, el astronauta protagonista de la canción (el Mayor Tom) estaba destinado –o tal vez condenado– a nunca retornar al planeta Tierra. Finales de los 60 era un momento más que adecuado para la ciencia, la música y también para la ficción futurista. La misión del Apolo XI culminó con seres humanos pisando la superficie de la Luna por primera vez el 20 de julio de 1969. David Bowie fue claro al decir que quería ser el primero que diseñara un himno lunar. Era como un antídoto para todo aquello de fiebre por el espacio, la BBC de hecho tocó la canción durante la cobertura en directo del alunizaje, pero para mediados de los 70, esta euforia había pasado a segundo plano casi como otra desilusión de las muchas cosas que fueron denominadas como los grandes logros de los 60.

Hace 50 años se producía un quiebre con la visión más utópica del hippie. Todo lo que había sido la vuelta a lo básico, como un movimiento que se elevaba al romanticismo pastoral, ahora se trastocaba en la lógica pura y dura de la tecnología. Como el sociólogo Philip H Ennis lo hizo notar, probablemente no era una hipérbole el afirmar que la “Era de Acuario” terminó justo en el momento en que el hombre pisó la superficie lunar. La calentura por la astrología se había enfriado mediante un fuerte antídoto, validado hasta por la televisión, eran la astronomía y las ciencias exactas. Mientras que a su vez, la ciencia ficción ya venía desarrollando un cambio telúrico: en 1964 un joven editor llamado Michael Moorcock se hizo cargo de una revista británica llamada New Worlds que usó como plataforma para la ciencia ficción y la fantasía más avant-garde. Para 1969, New Worlds se había convertido en un vehículo para el trabajo más transgresor publicado por autores que pensaban y creaban como adelantados a sus tiempos de ambos lados del Atlántico. JG Ballard, Samuel Delany, Thomas Disch, Brian Aldiss,Roger Zelazny, Rachel Pollack, entre otros.

Todos esos autores del New Worlds, y muchos otros como ellos, venían a plantear un reto a la visión predominante, optimista y lineal de los consagrados cuenta-historias y sus técnicas de narrativa de ciencia ficción propia de aquel tiempo. Ya no eran cuentos simplones, de exploradores intrépidos, como el Starman Jones de Heinlein. En su lugar, New Worlds señaló otras coordenadas, tales como la experimentación narrativa que versaba en ambigüedad moral, fluidez sexual, tabúes que se rompían a veces al punto del más extremo nihilismo.

En estas incursiones que harían del género canónico de la ciencia ficción algo súper futurista, Moorcock y su gente abrazaron con todo la radicalidad de William Burroughs. De hecho, él mismo publicó algo de su trabajo en esta páginas del New Worlds, y así ejemplificaba su propio ideal, un estilo que se conocería como new age (la nueva ola). En particular, destacaba su serie de novelas y cuentos, de la serie Jerry Cornelius, siendo el primer libro de esa instalación uno llamado The Final Programme de 1968, el que más menos conjugaba lo que era este salvaje periodo de transición. Aquí, Cornelius era un agente secreto, misterioso y andrógino, muy elegante, introvertido y que en su tiempo libre era una estrella de rock. El paralelo entre Cornelius y la cualidad camaleónica en su existencia con David Bowie es innegable, ambos eran producto de la escena del Swinging London, y en particular de la movida mod de mediados de los 60, en la que Bowie se crió como un aventajado performer.



Bowie a menudo cambiaba su nombre, apodos o identidades para presentarse sobre el escenario; las fue mutando hasta llegar a un proceso que eventualmente culminaría con su imagen andrógina en la cúspide del movimiento glam a principios de los 70 en donde se reinventó como Ziggy Stardust. En su celebración de lo andrógino, el glam se alineó con la visionaria novela de 1969 llamada The Left Hand of Darkness, escrita por Ursula K Le Guin que se plantea como una historia en un planeta alienígena, en el que las transiciones entre géneros son una rutina como cualquier otro proceso biológico. Esta sexualidad andrógina y su origen extraterrestre, le dio también un sentido de identificación a las canciones de Bowie y, por cierto, a sus fans.

Durante sus años formativos a mediados de los 60, Bowie fue el frontman de varias agrupaciones que duraron corto tiempo, una de ellas llamada The Lower Third. De esa banda provenía un tema, más bien extraño en su repertorio, llamado ‘Mars, the bringer of war’, algo así como ‘Marte, el que trae la guerra’: un movimiento tomado de ‘The Planets’, la suite orquestal del compositor inglés Gustav Holst. La obra fue conocida por Bowie y por toda su generación, en primer lugar por su uso como el tema de la serie de ciencia ficción de la BBC a finales de la década de los 50 llamada QuaterMass.

Y como en varios de sus trabajos previos a ‘Space Oddity’, David Bowie va dando unas pistas literarias del asombro extraterrestre. Ya hay una canción en 1967 llamada ‘Karma Man’, que retrata a un hombre tatuado cuyo cuerpo ilustrado y elaborado como instalación artística, cuenta historias maravillosas y fantásticas, lo que se una referencia directa y obvia al libro publicado en 1951 por Ray Bradbury, The Ilustrated Man. También de 1967 es la canción llamada ‘We Are Hungry Men’, donde Bowie describía un escenario de pesadilla en el que un líder mesiánico diseñaba una nueva solución para el hambre en el mundo, una propuesta que resultaría fallida cuando el pueblo en cambio optaba por canibalismo. Un año antes de esto, del lanzamiento de esta canción, el autor Harry Harrison había publicado Make Room! Make Room!, que es una novela con un concepto súper parecido, la que eventualmente se convertiría en una película en el año 1973 llamada Soylent Green.

El alineamiento de Bowie con la ciencia ficción y el zeitgeist de la fantasía no terminó aquí, ya que en 1969 la canción llamada ‘Cygnet Committee’ también mezclaba guitarras acústicas con arreglos muy elaborados y una línea argumental que tenía que ver con una revolución cultural que también resultaba fallida. No solamente prefiguraba la inminente caída de la utopía hippie, si no que, en tanto a su atmósfera apocalíptica, o quizás a su falta de atmósfera, era una señal del trabajo cósmico y espacial que estaba por venir.

En un video para la canción ‘Space Oddity’ en 1969, el rostro de Bowie luce frío, sereno, muy compuesto. No estaba enfundado en los trajes espaciales de la gente que viajaba en el Apolo en las misiones lunares de aquel tiempo. Su uniforme más bien realza su figura, más que en convertirla en un cosmonauta, ya se percibía  un aire de extravagancia y de vanidad en este muy particular explorador espacial. Este video para ‘Space Oddity’ fue resultado de la película de Stanley Kubrick, 2001: Odisea del Espacio. Y todas las similitudes entre la canción y la película son completamente intencionales. A su vez, este film está basado en un cuento de 1951 llamado The Sentinel, de Arthur C. Clarke, en el que los astronautas están obligados a enfrentar dos situaciones, por un lado el tema de la inteligencia artificial que resulta algo hasta peligroso y por otro, la sensación de un asombro devastador cuando se intuye que tal vez hay vida fuera de la tierra.

No hay alienígenas en ‘Space Oddity’, ni referencias directas a la Luna, pero esos seres serían parte del trabajo de Bowie que estaba por venir. Pero sí, indudablemente en ‘Space Oddity’ estaba retratada la metafísica de un ser humano enfrentado a una pequeña porción del cosmos, vasto e infinito. El Mayor Tom se lamenta en lineas como “el planeta Tierra es azul y no hay nada que pueda hacer a respecto”. Esta frase, que bordea la parálisis, humaniza a los astronautas de manera en que la NASA con toda su panfletaria heroica no había logrado. Como Bowie lo hizo notar en ese momento, la imagen pública del astronauta, más que la de un ser humano, era la de un autómata. Y el Mayor Tom de la canción no es nada más ni menos que un ser humano.

Hay otra obra de ciencia ficción que se relaciona con ‘Space Oddity’ (luego de haber tomado de The Ilustrated Man de Ray Bradbury para la canción ‘Karma Man’) en la que Bowie se inspiró. Otra historia del escritor norteamericano llamada Kaleidoscope, que describía a un grupo de astronautas enfrentando la muerte en el momento en el que su nave explota en el espacio exterior. “Estoy cruzando la puerta”, es lo que Bowie dice en la perspectiva del Mayor Tom y “Estoy flotando de la manera más singular y las estrellas lucen muy diferentes hoy desde aquí”. Estas líneas eventualmente tendrían una connotación muy profunda y literal. El mismo Bowie era la estrella de rock que estaba mirando desde un punto de vista muy diferente, en una evolución que continuaría para él con el paso de los años.



David Bowie profundizó aún más en la ciencia ficción en el “Hunky Dory” de 1971, donde emplea el término “homo superior” como una descripción del siguiente escenario de la evolución humana, yendo más allá del homo sapiens. Un tema abordado por la ciencia ficción tan atrás en el tiempo como el de la obra de Olaf Stapledon, una novela de 1935 llamada Odd John, que plantea el conflicto entre gente poseedora de un extraordinario poder mental y la sociedad humana en la que les tocó nacer. Para principio de los 70 este concepto ya había permeado dentro la imaginería de X-Men, los mutantes de Marvel, pero Bowie lo llevó a otra dirección que era aún más asombrosa: la relacionó con la noción del súper-hombre de Frederich Nietzche. Y eso lo aterrizó en una canción llamada ‘The Supermen’ del álbum “The Man Who Sold the Word”. Y luego, por cierto, otro flash de los exploradores espaciales, se puede escuchar en el ‘Life on Mars?’, que más menos apreció en el mismo tiempo en el que se produjo el lanzamiento de las primeras sondas lanzadas por los rusos al planeta rojo. Era de alguna manera inescapable de que Bowie se hiciera cargo de Marte, todo esto dentro de su cosmología de canciones que siempre se iban expandiendo en este caso inspirado por otro libro –tal vez el más famoso– de Bradbury, llamado Crónicas Marcianas. ‘Life on Mars?’ usa al planeta vecino como un símbolo de la alienación de la sociedad y del declive cultural en todas las maneras posibles, con Bowie nuevamente tomando el lugar de una persona que observa fríamente a la raza humana. Para el músico inglés el glam y su relación con las obras de ciencia ficción eran una manera de expresar la otredad y el aislamiento que había sentido desde que era pequeño.

La tensión entre este gusto literario y el escapismo tendría su peak en 1972, con el lanzamiento de “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars”, un álbum conceptual acerca de un mesías marciano que tocaba la guitarra, en un tiempo apocalíptico –a la Williams Borroughs–, en el que se anunciaba que a la Tierra solo le quedaban cinco años. La canción inaugural de hecho se llama así, ‘Five Years’. Bowie es aquí ambas cosas, el narrador y también el protagonista de Ziggy Stardust. Cuenta la historia de cómo llega a la Tierra, se convierte en esta improbable estrella del rock, intenta salvar a la humanidad, de ellos mismos, y luego arde en llamas en una gloria extraterrestre. En su manera, su fondo y forma más básica, esta historia no está tan lejos de Stranger in a Strange Land De Robert Heinlein, una novela de 1969 acerca de Valentin Michael Smith, un humano criado en Marte que retorna a la Tierra como adulto en un intento por comprender a los terrícolas y también ser entendido por ellos. Y es más, parece que no sería pura coincidencia, que otra novela de ciencia ficción, la de Phillip K Dick llamada The World Jones Made, también describa a mutantes hermafroditas que ofrecen entretenimiento post apocalíptico.

Al final, el espacio y su conquista, la nueva frontera como hasta el día de hoy se le llama, se convirtió entonces, gracias a Bowie (ente otros), en un gran espectáculo. Y el rock no demoró mucho en hacerse cargo de aquello.

Alfredo Lewin




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