Drácula: Entre la luz del romance y la sombra del mito Drácula: Entre la luz del romance y la sombra del mito Viernes, 15 de Agosto de 2025 Desde hace más de un siglo, el Conde Drácula se ha mantenido como uno de los grandes íconos de la literatura y el cine. Creado por Bram Stoker en 1897, el personaje se inspiró en leyendas de Europa del Este, en la figura histórica de Vlad el Empalador y en la fascinación victoriana por lo oculto. Con el tiempo, se convirtió en el vampiro definitivo: un ser que combina la maldición de la eternidad con la sed insaciable de sangre, el erotismo y el peligro. El cine lo adoptó casi de inmediato. Desde la versión muda de "Nosferatu" (1922), pasando por el porte elegante de Bela Lugosi en 1931, el magnetismo oscuro de Christopher Lee en las cintas de Hammer, y la épica romántica de Gary Oldman en la celebrada adaptación de Francis Ford Coppola (1992), cada época ha moldeado su propio Drácula, reflejando sus miedos, obsesiones y deseos. En manos de distintos directores, el vampiro ha sido monstruo, seductor, antihéroe y mártir de un amor imposible. Su leyenda ha sobrevivido al paso del tiempo porque, más allá de la sangre y los colmillos, encarna el anhelo universal de trascender la muerte y el amor no correspondido. En 2025, el turno es de Luc Besson, quien vuelve a ponerse tras la cámara con "Dracula: A Love Tale", una adaptación libre, muy libre, del clásico de Stoker. El propio subtítulo ya avisa que no estamos frente a una película de terror puro, sino ante un relato que apuesta por el romance gótico. Aquí, el horror es apenas un telón de fondo; lo que importa es la historia de un amor condenado a través de los siglos. La trama se inicia en el siglo XV, con un príncipe profundamente enamorado de su esposa. La tragedia golpea y, en un acto de desafío a Dios, decide abrazar la inmortalidad como vampiro. No hay explicación detallada del “cómo” ni una construcción mitológica rigurosa: Besson pide al espectador aceptar este hecho y seguir adelante. La narración salta luego a finales del siglo XIX, cuando un sacerdote (Christoph Waltz) investiga el caso de una joven internada en un hospital psiquiátrico con colmillos y comportamientos extraños. Muy pronto, la historia nos lleva al reencuentro entre el príncipe convertido en Drácula (Caleb Landry Jones) y una joven idéntica a su amada perdida (Zoë Bleu Sidel), detonando un triángulo amoroso atravesado por la pasión, la melancolía y la imposibilidad. Quien llegue esperando una adaptación fiel a la novela encontrará aquí un camino distinto. Besson toma apenas algunos elementos del libro —los esenciales para que la historia siga reconociéndose como Drácula— y se permite desviarse en casi todo lo demás. Incluso el desenlace se aleja del original, apostando por un cierre propio que refuerza la línea romántica. Es, sin duda, un riesgo: para los puristas será una herejía; para otros, una forma de refrescar un relato contado cientos de veces. En cuanto a lo visual, la fotografía de Colin Wandersman es elegante y cuidada, pero sorprendentemente luminosa para una historia que uno esperaría sumergida en penumbras. Esa elección parece coherente con el enfoque de la película: hay más luz que sombra, más amor que miedo. El maquillaje, vestuario y diseño de producción son puntos altos, creando un mundo que combina la opulencia de la época con toques de fantasía. Las interpretaciones cumplen con creces. Caleb Landry Jones entrega un Conde contenido, más trágico que aterrador, con momentos en que se vislumbra la amenaza bajo la melancolía. Christoph Waltz, como es habitual, impone presencia, aunque su personaje queda algo subutilizado. Zoë Bleu Sidel aporta frescura, aunque la química con Jones no siempre logra transmitir la intensidad que la trama necesita. En lo narrativo, el ritmo mantiene el interés durante sus 129 minutos. Hay escenas que se estiran más de lo necesario, y la historia a veces parece debatirse entre varios ejes sin decidir cuál es el principal: el romance, la investigación del sacerdote o los ecos de la tragedia inicial. Aun así, la película no pierde el pulso y consigue momentos de genuina belleza visual y emocional. Queda la sensación de que todavía falta una adaptación realmente fiel a Stoker, una que combine el terror gótico con la complejidad de sus personajes. Drácula: A Love Tale no es esa versión definitiva, pero sí ofrece una mirada distinta: un Drácula más humano, vulnerable y obsesionado por el amor, que renuncia a ser el monstruo implacable para convertirse en protagonista de un melodrama de época con colmillos. En definitiva, la película no está pensada para asustar, sino para seducir. Por eso, lo mejor es que cada espectador saque sus propias conclusiones: acérquese a las mejores salas de cine del país, deje que este Conde lo envuelva con su historia y decida si la apuesta de Besson vale la eternidad… o solo dos horas de su tiempo. Matias Arteaga S. Agradecemos a BF Distribution por la invitación a esta función. Tags #Dracula #Luc Besson #Dracula a Love Tale #Christoph Waltz #Caleb Landry Jones #Zoe Bleu Sidel Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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