Mac DeMarco guitar Viernes, 29 de Agosto de 2025 2025. Mac's Record Label Hablar de Mac DeMarco es un acto personal de muchísima nostalgia, tal como volver a un viejo amigo que no tengo en mi rotación habitual de contactos, o en este caso, ni en mi biblioteca. No porque lo desconsidere; al contrario, lo considero y bastante. Diría que fue hasta casi formativo para mí. Sin embargo, prefiero mantenerlo ahí, intacto, lejos del desgaste, para que cuando me den ganas de volver a ese lugar seguro, esté tal y como lo dejé. Y es que creo que para muchos de mis compañeros de generación, escucharlo es sí o sí asegurarse un pasaje al peak indie de mediados de los 2010s, cuando la melancolía juvenil era hasta bonita. Yo creo que por eso lo protejo tanto, porque su música no solo me trae recuerdos, sino que también me devuelve la vibra casi inmaculada de esos años. Casi como una pena rica que pesa, pero que te recuerda que todo lo vivido fue real. Por eso, cuando leí por ahí que "guitar" (2025) iba a ser un disco centrado únicamente en la guitarra, con producción de baja fidelidad y arreglos mínimos tan suyos, me intrigó inmediatamente. Pensé que, quizás, lo que el canadiense estaba poniendo sobre la mesa era una pausa orgánica de tanta saturación acústica en su estado más primitivo, y, claro, una oportunidad tremenda para volver a conectar con el trovador máximo del indie y amigo más impersonal. Si nos centramos netamente en el formato, lo que encontramos en "guitar" es pura vulnerabilidad. Un disco que se planta frente al mundo al desnudo, con una honestidad tan benévola que, de primeras, puede confundirse con fragilidad, pero que en el trasfondo esconde un trabajo curado a mano. Vulnerabilidad que se alinea con esa mezcla extraña de ironía y ternura que lo define, que bien sabemos puede ser burlona, absurda y autoparódica, y en la misma tirarte una frase de aquellas, convirtiendo las migajas de lo cotidiano en canciones con aire metafórico. Como un Bob Dylan suburbano que mira el mundo desde las rendijas de lo ordinario con unos lentes de VHS; un don que, la verdad, es envidiable. Esa dualidad alcanza aquí un nuevo nivel en esta obra escrita y grabada íntegramente por DeMarco en menos de dos semanas en su casa de Los Angeles, donde se encargó de todo: tocó cada instrumento, registró cada pista y mezcló el álbum en Canadá. Lo único externo fue la masterización, que estuvo a cargo de David Ives -con quien ya lleva trabajando desde hace un par de años-. Una movida muy a lo "back to basics" y que abre con temas muy suaves, cercanos y chill como 'Shining', 'Sweeter' -flechazo personal- y 'Phantom', que nos envuelven al segundo de empezar en oleadas acústicas que escurren pura calidez y sencillez de ese Mac que vuelve a ser fiel a sí mismo. Pero también nos encontramos con fotos nítidas de su vida actual, tal como podemos apreciar en tracks sobre la aceptación de vivir lejos de su tierra natal en 'Home', o el reconocimiento del paso del tiempo como un proceso natural en 'Rooster'. En otros puntos, el álbum abre la ventana a sus ansiedades más privadas, presentes en 'Nightmare', 'Terror' y 'Knocking', canciones en las que canta a corazón abierto encima de instrumentaciones llenas de sutilidades que solo una escucha atenta puede captar. En 'Holy', esa desvalidez se fractura por chillidos de guitarra que irrumpen como heridas, interponiéndose en una de las interpretaciones vocales más dolientes y condenadas del cantautor. En otros rincones del álbum, como 'Rock and Roll' y 'Nothing at All', la vibra es discretamente hipnótica, con riffs diminutos que se repiten en bucle como letanías eléctricas y funcionan como un subterfugio melódico. Luego está 'Punishment', que abre con un enunciado a modo de manifiesto existencial: "Take all my money, but leave me my soul…". Una pieza bella, suspendida entre el bedroom pop y el indie folk, que encapsula la faceta más melancólica de todo el trabajo. En la suma, "guitar" es una experiencia extrasensorial llena de contrastes; conmueve y perturba al mismo tiempo, con esa rara hermosura de lo oscuro, como un paisaje desolado y enigmático al que el oído no puede evitar querer volver. Paradójicamente, lo único que podría comentar es que se siente demasiado corto (dura apenas 31 minutos), pero es porque te deja con ganas de que nunca termine, aunque quizás sea más un elogio disfrazado. Esa misma sensación fue la que me volvió a cautivar, la que me reconectó con ese Mac DeMarco de mis años adolescentes. Para alguien a quien le había perdido la pista desde "This Old Dog" en 2017, diría que este disco me devolvió la necesidad de revisar de nuevo su catálogo, pero con otros oídos, con otra edad, con otra memoria. Sin duda, es uno de los LPs más humanos y emotivos, y ahora, con lo que me queda de juventud, siento que lo tengo para acompañarme en el camino, junto a cualquiera que esté dispuesto a esta delicada catarsis aural. Bárbara Henríquez Tags #Mac DeMarco #guitar Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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