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Kuervos del Sur: Inconsciente colectivo

Kuervos del Sur: Inconsciente colectivo

Envueltos en un vendaval de actividades, los hijos ilustres de Curicó hacen una pausa para desclasificar lo que ronda por sus cabezas más allá del día a día de su copada agenda. Sobre magia, riesgos, misterio y crecimiento, conversamos en su centro de operaciones, rodeados de instrumentos esperando su hora de brillar y celulares exigiendo el regreso de los pies a la tierra.

Por Andrés Panes

En la sala de ensayo de Kuervos del Sur, ubicada en el segundo nivel de Rock y Guitarras, de lo único que se habla es de trabajo. La banda está en un momento ajetreado, ocupada en varios frentes: la salida de su tercer disco, la sesión de fotos para la carátula, el show que darán en el Teatro Caupolicán para presentarlo, los toques finales del video del single ‘El sueño de la machi’, y la coordinación de su agenda de prensa, entre otras misiones. El profesionalismo con el que se mueven, acorde a su estatus de consagrados, los tiene sumergidos en una rutina demandante, pero llena de satisfacciones para un grupo que se ha partido el lomo con tal de llegar donde está. Los Kuervos del Sur, recordemos, son los inventores de su propio contexto. Acuñaron el término rock de raíz y le dieron vida con sus peñas autogestionadas, y de vez en cuando convertían en una atracción del Barrio Brasil la casa que arrendaban en Riquelme con Huérfanos.

Identificado con la épica de Víctor Jara, Los Jaivas y Los Prisioneros, el sexteto tiene claros sus principios fundacionales: «Tomamos lo que pensábamos que hacía falta en la música chilena. Mezclar lo de los noventa que a nosotros nos gustaba, el grunge y toda su carga expresiva, con nuestra volá interna, romántica, expresionista y latinoamericana. Empezamos a conocer referentes más hondos del folclor chileno, traemos esa energía del inconsciente colectivo, de los ancestros, de los pueblos precolombinos, todo muy por dentro, no tan evidente ni tan chamánico. El inicio de Kuervos es súper idealista, tenía que ver con la necesidad de mostrar lo rica y desconocida que era la cultura chilena. A nosotros nos maravilla el ser humano y la sabiduría que ha ido registrando a través de la historia. Hay algo oculto que está genéticamente impreso en cada uno, un inconsciente colectivo chileno que es muy fuerte y que fue taponeado por la dictadura. Nosotros sentíamos que había algo importante que rescatar ahí, en la cultura de la chimba, del campo, que de alguna manera había sido expulsado hacia los lindes de lo elitista».

Aún fieles a su motivación original, reconocen que en su propuesta subyace un comentario acerca de la idiosincrasia chilena, tan dada a la genuflexión ante la cultura foránea y el desprecio hacia lo propio. Es una observación, explican, con matices: «nuestra forma de criticar no es hacer la crítica per se, sino sintetizar lo que a todos nos pasa, lo que todos sentimos como seres humanos. La crítica existe, claro, pero no es un choque como de protesta, sino un recordatorio de las cosas que nos unifican». El norte de la banda, más que la imposición de su discurso, es resonar en otros: «la gente se identifica por la música, las letras, cantan las canciones… es bien catártico. Tal vez tiene que ver con nuestra filosofía: hacemos música porque queremos comunicarnos, primero entre nosotros porque ese diálogo se refleja en la gente, en los ritmos, sonidos y letras que salen de nosotros y que despiertan ese inconsciente colectivo. En el fondo, eso es la música, una forma de expresión ritual, sobre todo en los conciertos, que son un rito donde se transmite la energía de estar juntos. Hemos visto gente llorando. Para uno como artista es maravilloso, te sientes la raja, aunque nunca deja de ser extraño verse uno mismo metido en ese ambiente. Además, se siente mucha gratitud al ser parte de esta experiencia, que la gente te entregue eso es muy emocionante, se vive como un regalo del público hacia nosotros».

Apuntando al baterista Gabriel Fierro, al que elogiosamente apodan “El Toqui” por su vital labor en la gestión del grupo, Kuervos del Sur admiten que el camino es empedrado: «Nos hemos dado cuenta de la precariedad de los locales y del circuito. Es un país chico en el que recién está creciendo todo. En las ciudades donde hemos estado hay un solo local con la técnica necesaria para hacer un buen show, la mayoría tienen un año de antigüedad y, por lo general, pierden la patente a los seis meses, así que las bandas de rock tienen problemas para gestionarse y poder sobrevivir. Nosotros somos seis, más roadies y sonidista, y mover esa cantidad de gente es pesado, los costos son cada vez más altos. Las productoras prefieren el trap o el reggaetón porque es más fácil mover a un par de locos, es más plata para sus bolsillos. Y también está la cuestión política, hay que generar una necesidad cultural. El tema es que acá no existe una verdadera industria y todo es difícil. Nadie va a mover un dedo por ti». Lo que otros ven como un obstáculo, para ellos fue una oportunidad: «Las bandas se frustran. Dicen para qué ensayar, para qué seguir tocando. Ahí empieza la depresión, los problemas mentales, el copete y muchas otras cosas que te van dominando. Nosotros por eso empezamos las peñas, para mostrar la música, y producíamos todo. Quizás a los muchachos les falta más iniciativa, salir a la calle, hay que ser aperrado y no quedarse tanto en las redes sociales. Si elegiste ser músico, tienes que hacerla. Ya no existen los sellos ni la gente que te pone plata, ahora los artistas tenemos que gestionarnos nosotros mismos y no todos están dispuestos a hacer ese sacrificio para que las cosas funcionen».

Aunque admiten que los tratos con los locales no suelen ser de lo mejor, hablan con optimismo acerca del trabajo hecho por El Bar de René y celebran la paulatina extinción de las fechas con varios grupos tocando por precios módicos. En su diagnóstico, las condiciones no son ideales, pero la adversidad es reversible: «Hay espacio. Si estuviese tan mal todo, no podríamos hacer la gestión que hemos hecho. Por lo mismo, nos damos cuenta de que existe la posibilidad de crecer. Nosotros vemos un despertar de alguna manera en los músicos. No es que no haya rock, la sensación de malestar siempre va a estar y habrá gente mostrando música alternativa y siempre habrá público que va a querer consumirla». Incluso, le dan cara al desgaste y aseguran que las fricciones con el entorno generan chispas que, a su vez, se vuelven luz: «Pelearla nos mantiene activos. Estamos involucrados en este trabajo completamente, a diario, viviendo la experiencia de jugársela por algo en lo que creemos. Todo esto es música, es arte. Tiene que existir esa discrepancia para que funcione esa relación, esa mística, para que se dé esa sincronía. Tienen que estar ambas cosas, nunca van separadas porque son polaridades de algo».

Kuervos del Sur: Inconsciente colectivo

Agua y vibraciones, poesía y psicodelia

El crecimiento de los primos curicanos que conforman el núcleo duro de Kuervos del Sur, el cantante y letrista Jaime Sepúlveda Rojas y el guitarrista Pedro Durán Rojas, ha sido una de las evoluciones más satisfactorias del rock chileno en la última década. La transición desde inocentes novatos hasta profesionales consumados. Aún así, Jaime se sonroja con la idea de ser un poeta: «Hago canciones y esa musculatura que uno adquiere se va desarrollando a través del tiempo. Me da julepe decir que soy un poeta. Vivo como un poeta (se ríe), pero no soy poeta ni cagando. La carga de lo que hago la genera el proceso que paso al escribir, porque uno tiene que pasar por un proceso para entender lo que quiere decir y que la transmisión del mensaje tenga fuerza. Ahora ha sido más narrativo lo último, más conceptual, se quiere decir algo respecto a un personaje. Quizás hay un ocultamiento de información que genera la idea de que es poesía».

El misterio es, adelantan, un elemento central de su nuevo disco: «Harta gente quedó con la sensación de que sería un disco más oscuro después de escuchar ‘El brujo’. La canción generó una expectativa, pero la oscuridad es relativa. Lo que sí puede ser que tenga es más densidad musical. Nos enfocamos en algo más conceptual en esta oportunidad: la magia como elemento importante dentro de la cultura chilena. ‘El brujo’, ‘El sueño de la machi’. Y hay otro participante que sería el hombre, el bandido. Todos los personajes son parte de una narrativa, de un cuento que estamos intentando armar. También hay partes que tienen que ver con la naturaleza y eso es crudo, oscuro en sí como temática. Obviamente, igual a los Kuervos siempre nos gusta ir por todo, así que hay canciones en distintos tonos y ritmos». Sobre las inclinaciones del disco, Pedro tiene una acotación desde las seis cuerdas: «Encuentro que igual es un poco más psicodélico. La música siempre es difícil de encasillar, pero si te vas a lo técnico, por el lado de mi guitarra, hay más elementos inspirados en esos sonidos. Los arreglos, al menos como yo los trabajo, van a crear una atmósfera para la canción. Por ejemplo, el riff de ‘El brujo’ es la presencia misma del brujo, tiene el armónico, la cuerda esta afinada en Re. Esa es mi volada. Jaime me presenta la canción y hago mis arreglos y la voy pintando según lo que él me transmite». A propósito de colores, cuentan que sí hay elementos que se han ennegrecido: «La génesis de este disco es más oscura que en los anteriores. La forma de creación ha sido más caótica, más brígida, con una carga emocional potente. Eso se va manifestando en la energía de las canciones».

La magia atraviesa sus nuevas canciones: «hay una anécdota, cuando lanzamos nuestro primer álbum el telonero fue un mago. Ahora, estuvimos hablando con Edo Caroe para que participara en el Caupolicán. La magia es un saber oculto del ser humano que tiene millones de años, entonces hay que tener más respeto con los conocimientos». Jaime lo dice tal cual: «Yo he vivido experiencias mágicas, estoy abierto a que me sucedan». Lo complementan sus camaradas: «la música es magia, es algo que no es tangible. No la ves, es etérea, son vibraciones. Considerando lo cuático que está todo, ¿cómo vives en este mundo sin creer en la magia? Caímos como sociedad en el error de no darle cabida a la incertidumbre y creer que sabemos todo. Acá taparon las prácticas de ocultismo y espiritismo, nos pusimos más pragmáticos, pero por algo los españoles le pusieron ese nombre a San Pedro, porque era la puerta al cielo. Con la música pasa lo mismo. El cuerpo tiene un gran porcentaje de agua y las vibraciones de la música la afectan. Por eso uno está triste, se pone a tocar y se le pasa. Por eso estamos vivos».

Con la imprescindible asesoría de Pepe Lastarria en la producción del disco y del estudio de diseño Medu1a, Kuervos del Sur tienen un concepto audiovisual lleno de simbolismo en el que se acudirá a iconografía chilena clásica. El estirón es una reafirmación de su pacto con la música: «hemos crecido caleta en el compromiso con el trabajo, el desarrollo como intérprete, el acercamiento con la gente. Nos cuesta mucho a la mayoría de la banda tener contacto con la gente, en la vida es muy poco. La música nos ha permitido ir llegando a más personas. Somos ermitaños, pero no huraños. Si alguien se acerca lo atendemos, conversamos, no rechazamos, nos sacamos fotos. Nos cuesta, pero hemos ido desarrollando esto para transmitir mejor nuestro mensaje. Eso se refleja en las gestiones de Gabriel, quien tuvo un crecimiento súper importante en algo que nunca había intentado y resultó que es genial en eso. Con lo del Caupolicán tenemos que manifestar ese profesionalismo y darle la potencia que merece. Hemos crecido porque somos responsables con el trabajo y con la gente».

Superarse a sí mismo es la meta del sexteto: «Lo cuático es que siempre hemos estado en una constante carrera y no sabemos lo que va a pasar. Antes se vinieron otras cosas, el Teletón, el Cariola, Lollapalooza, ahora el Caupolicán. Siempre hay algo, nunca estamos quietos. Igual, eso te lo impones tú, nunca hay que dar por sentadas las cosas. Nos encanta esto, no es un trabajo. Sentarnos a pasar horas tocando es lo que nos gusta y a partir de ahí se termina armando toda esta parafernalia, en la que nos vamos arriesgando para mejorar y así ir creciendo». El triángulo en la portada de ‘El brujo’ no es una casualidad, sino una más de las pistas que la banda entrega acerca del ciclo que está viviendo a propósito de su tercer disco. Es el final de un ciclo, sugieren. Y, aunque claramente es un término que vendrá acompañado de un nuevo inicio, el humor que comparten hace que no resistan la oportunidad de bromear al respecto: «Teníamos que terminar esta trilogía para crecer artísticamente. Después nos vamos a separar».

Encuentra este contenido en nuestra revista #Rockaxis197.





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