El mito de Electra Javiera Electra nos adentra en su obra Lunes, 27 de Julio de 2026 Publicado originalmente en revista Rockaxis #277, julio de 2026. Si Javiera Electra convierte la experiencia personal en un relato donde conviven la memoria, “Helíade” transforma la herencia familiar y la identidad en otra forma de resistencia. Conversamos con la artista sobre los símbolos que sostienen su obra, la construcción de una voz propia y los sueños que, lejos de agotarse al cumplirse, abren nuevas formas de habitar el arte. Karin Ramírez Hay nombres que no solo identifican a una artista, sino que también abren un territorio de profunda interpretación. En el caso de Electra Hernández, los universos mitológicos parecen un destino inevitable, ya que Electra es una figura marcada por la memoria, el linaje, la lealtad y la tensión entre el amor y el dolor; espacios de representación de una historia en la que la identidad nunca es un punto de llegada, es fuerza en permanente transformación. El universo creado por la artista vive bajo el manto de “Helíade” (2025), un álbum que traza su historia desde la mitología griega para explorar las contradicciones que habitan el cuerpo y la experiencia humana. Tal como el mito levanta, las Helíades son capaces de transformar el duelo en permanencia, y desde este marco, las canciones de Javiera Electra convierten la vulnerabilidad en lenguaje, haciendo convivir belleza y desgarro, deseo, la pérdida desde lo íntimo, desde la experiencia sonora como zona de confort. «El odio y el amor habitan en el mismo cuerpo». La frase no solo aparece como parte del disco, sino como una declaratoria que atraviesa toda la obra. Conversamos con Javiera Electra, quien nos invita a adentrarnos en los símbolos que dan vida a “Helíade”, el proceso de construcción de una voz propia, los vínculos que han marcado su trayectoria y la manera en que los sueños, aquellos que alguna vez parecían inalcanzables, terminan encontrando su lugar cuando la música se convierte en el lenguaje para darles forma. “Helíade”: El inicio de los universos de Electra La búsqueda que une a Javiera del mito emerge de una experiencia profundamente cotidiana, donde la voz se convirtió, antes que en una herramienta artística, en una forma de existir. «Vengo de una escuela súper ruda de canto, que es la calle y el transporte público. Cuando tu contexto es que amas la música y cantar, pero eres travesti, eres trans, se te nota y necesitas comer, tienes que explotar ese talento. Me subía a la micro y tenía que capturar la atención de todo el mundo. Tenía que hacer que todos me amaran, o al menos intentarlo; tenía que haber una intención de encanto en el canto. Eso fue construyendo un carácter que me traigo hasta el día de hoy». En esa memoria, conviven la urgencia, el oficio y la sensibilidad que hoy atraviesan este disco debut, una obra donde el mito no funciona como un refugio, sino como una forma de nombrar aquello que ya había sido vivido. Esa autenticidad es la que marca el ritmo del proceso de creación de “Helíade”, puesto que antes de encontrar el sonido que terminó definiendo el álbum, Javiera Electra atravesó un período de búsqueda en el que sus propias influencias le permitieron generar su propio “futuro posible”. «Tenía muchas expectativas. En un momento pensé que iba a ser un disco bailable; me fui idealizando a mis referentes y queriendo ser como ellos. Luego esa idea se autodescartó sola porque no están en mis habilidades llegar a ser como esos artistas, como Jessie Ware o en esa onda. En mi SoundCloud hay unas maquetas súper antiguas en ese estilo medio disco, house y pop que me gustan harto, pero no me iba a salir». No obstante, esta ruptura con la idealización permitió consolidar su identidad en términos de declaración de principios, ya que es este álbum responde a una voz propia, una que encuentra en la fragilidad de la memoria un espacio cuestionar el linaje, mientras la contradicción da lugar a la reflexión de construcción de identidad, misma que comienza desde el trabajo entre el cuerpo y la técnica. «El talento no es dado, sino trabajado. Una tiene que ser consciente de cuidar su herramienta. Hubo una maestra que me enseñó lo fundamental, que es lo que yo transmito ahora que soy docente en la escuela Balmaceda Arte Joven. Me refiero a la conexión con el cuerpo. Eso me lo dijo Pauli Villalobos, una cantante afrojazz. Ella me enseñó lo más valioso, a conectarme con mi cuerpo al cantar. Desde ese momento, soy súper consciente de cómo mi cuerpo se afecta cuando canto, y eso le dio otro carácter a la voz». Esa conciencia que se traza entre lo corporal y lo artístico es el punto de enunciación del proyecto global de Javiera Electra, quien desde el propio virtuosismo habita la dialéctica de la presencia, donde cada interpretación parece responder a un cuerpo que recuerda, resiste y transforma. Allí, el mito deja de ser una referencia distante para convertirse en una experiencia encarnada. El linaje, desapegos y reconfiguraciones Siguiendo en la línea de construcción conceptual, el linaje trasciende la referencia mitológica para instalarse en un territorio profundamente personal. La memoria familiar, los apellidos y las relaciones que moldean la identidad aparecen como materia prima desde la cual Javiera Electra construye su universo creativo. ‘Sangre oliva’, probablemente una de las canciones más íntimas del álbum, nace precisamente desde esa reflexión donde la ruptura y el desapego se hacen carne de una experiencia que atraviesa lo individual. «’Sangre oliva’ viene porque mi apellido paterno es Olivares, aunque socialmente me presento como Electra Hernández, el apellido de mi mamá, y ocupo como segundo apellido La Torre, que es el de mi abuela paterna. Hablé con mi papá y le dije que usaría el apellido de mi abuela porque con él muere la herencia. Quería honrarla a ella por cómo le afectó la relación con los hombres en su vida, del mismo modo que me afectaron a mí, desde los traumas de infancia hasta la adultez. Uno de esos traumas es la relación con mi hermano. No lo odio, porque el amor y el odio conviven. Es lo más real que existe hacia él». En ese gesto de nombrarse también hay una decisión político-afectiva. Resignificar la herencia implica disputar el relato de quienes la escribieron, devolver la voz a aquellas mujeres cuyas historias fueron relegadas al silencio por generaciones. Es un acto que desafía un orden patriarcal heredado. Nombrarse, entonces, no es solo una elección identitaria, es efecto un ejercicio de resistencia frente a una tradición que durante siglos convirtió ese silenciamiento en norma; y es en esa tensión entre memoria y elección atraviesa “Helíade” de la misma forma en que el álbum explora la convivencia de fuerzas aparentemente opuestas. El amor y el odio, el dolor y la ternura, el linaje y la emancipación no aparecen como contradicciones, sino como experiencias que coexisten y dan forma a una voz artística que encuentra en la vulnerabilidad una de sus mayores fortalezas. Con el paso del tiempo, Javiera comprendió que esas historias íntimas no eran episodios aislados, sino el núcleo del álbum. «Me empecé a dar cuenta cuando ya tenía un puñado de unas cuatro canciones compuestas: '(Te voy) a’mar', 'Ámbar', 'Lágrima del sol' y 'Espada'. El otro día encontré un registro del 2019 de 'Espada' y me emocionó mucho. Se lo mandé a Martín, con quien producimos la canción. En la grabación se escuchaban las gotas de la lluvia de ese día y Martín me decía que es heavy que, sin haber escuchado ese audio, logramos esa textura en la producción. Nos basamos en los microbits del disco “Vespertine” de Björk, con esos soniditos como bichitos que hablan. Quisimos incorporar esas texturas pequeñas llevadas a la cueca», comenta la artista con especial candidez. Ese trabajo sonoro terminó dialogando con una decisión aún más profunda, la de convertir “Helíade” en un testimonio. «Cuando vi que esas canciones tenían un alto nivel testimonial, entendí que lo que tenía que hacer era más que un disco, era dejar registro de mi vida», menciona. En ese registro, ‘Sangre oliva’ ocupa un lugar central. Dedicada a un hermano con quien no mantiene contacto desde hace más de una década, la canción nace desde una ausencia que sigue marcando su historia. «El hijo de mi hermano, de nueve años, vio fotos mías en la casa de mi mamá y preguntó quién era yo. Mi mamá le contó y luego me vio en la tele por lo de Viña del Mar. Yo no lo conozco, lo vi solo cuando nació. Es heavy que él sepa que tiene una tía que se dedica a la música, pero que no nos conozcamos». En el disco, esa distancia familiar no se traduce en un ajuste de cuentas, sino en un ejercicio de memoria. La música aparece como el espacio donde es posible nombrar aquello que permanece abierto, conservar los vínculos incluso cuando están fracturados y dejar constancia de una vida atravesada por afectos complejos. Así, el álbum termina funcionando como un archivo emocional donde cada canción resguarda una parte de su historia y convierte la experiencia personal en una obra que dialoga con lo colectivo. KEXP: Cuando los sueños dejan de ser promesas Hay experiencias que terminan adquiriendo el carácter de un mito personal. No porque sean inalcanzables, sino porque condensan años de trabajo, imaginación y perseverancia. Para Javiera Electra, grabar una sesión para KEXP era una de ellas. Sin embargo, una vez allí, el sueño estuvo lejos de parecer perfecto. «Grabar una sesión KEXP era un sueño. La grabé en Bilbao, en una iglesia de 500 años. Fue brutal. En la sesión me veo sudada y mal maquillada, pero nadie puede negar que la música suena bonita. Estaba muy nerviosa, pero tengo algo: cuando me pongo los tacones, que es la última parte de mi vestuario y entro en modo trabajo». Ese gesto, casi ritual, marcó el paso de la incertidumbre a la convicción. «Salí al pasillo de la iglesia, vi a los gringos y empecé a dirigir: “Hi, how are you? I am Javiera Electra”. Me puse a explicarles el tema de los cables y la pasada completa», comenta Javiera dejando en claro que los sueños se cumplen con perseverancia y valentía. Pero si de perfección se trata, la realidad es que la ejecución de una performance va más allá de buscar casi de forma enfermiza ese imaginario ideal, porque los sobresaltos son parte del trayecto. «Cuando empezamos a grabar falló la guitarra, luego otra cosa y se cortó la luz del set también». Mientras el equipo técnico de la emisora resolvía los problemas, Electra volcó su mirada hacia la enorme figura de Jesús que dominaba el altar, el eterno protagonista de edificaciones milenarias. «Fui a un colegio de monjas y mi familia es muy religiosa; he caminado horas en procesiones. Así que le dije: “hola Jesús, soy Electra Hernández y te quiero decir que no te estoy faltando el respeto”. Y ¡paff!, se cortó la luz de la iglesia», comenta la artista logrando capturar algo más que la atención. La escena adquiría una dimensión todavía más simbólica al desarrollarse frente al sacerdote del recinto: «el cura estaba en primera fila viendo la grabación. Albina Cabrera –periodista de KEXP– me avisó justo antes de salir que el padre iba a estar ahí. Imagínate mis nervios. Pero me dije: “soy una estrella de la música alternativa y nadie me va a decir lo contrario. Jesús, tú quédate ahí tranquilito que voy a dar mi performance”». Finalmente, la sesión quedó registrada en una única toma, conservando toda la intensidad e imprevisibilidad del momento. Este episodio en la trayectoria de Electra Hernández también marcó el momento en que el escenario dejó de ser únicamente un espacio para la interpretación y se convirtió nuevamente en una declaración política y afectiva. No se trata solo de la culminación de un sueño construido a fuerza de perseverancia, sino de la posibilidad de habitar el arte desde aquellos márgenes que históricamente han sido expulsados por el mandato del deber-ser. En ese sentido, su performance no interpela a quienes ya resisten, sino que confronta directamente a las estructuras que continúan negando la diversidad mientras la consumen en silencio. Es una respuesta a la hipocresía de una hegemonía que sanciona públicamente las disidencias, pero las desea en privado. «A todos los fetichistas, a todos los... (nosotros decimos los mostaceros), que viven su segunda vida heterosexual, casados con mujeres y nos desean en secreto y nos insultan en público; se masturban con nosotros y con nosotras. Me parecía lindo dedicarles la canción ahí... una travesti sudaca de bien lejos, en una iglesia del País Vasco... diciendo que se ama y mandándolos a todos a la mierda», argumenta la artista respecto a las decisiones que cruzaron esta sesión. Como ocurre en “Helíade”, el mito vuelve a aparecer no como una fantasía, sino como una experiencia transformadora. La iglesia, el altar, la figura de Jesús y una de las plataformas musicales más importantes del mundo convergen en una misma escena para dar lugar a una performance donde la identidad, la memoria religiosa y la disidencia dejan de ser elementos incompatibles. Allí, el sueño de KEXP deja de ser solamente una meta cumplida y pasa a convertirse en un acto de afirmación artística, donde la música trasciende el escenario para disputar los espacios desde los cuales también es posible imaginar otros futuros posibles. Tags #Javiera Electra #2026 Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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