Robbie Williams: El entretenimiento tiene nombre propio Un regreso brillante del británico Lunes, 28 de Septiembre de 2026 Domingo 27 de septiembre, 2026 Estadio Bicentenario de La Florida, Santiago Robbie Williams nunca ha sido solamente un cantante. Desde sus primeros años con Take That hasta convertirse en una de las figuras solistas más reconocibles de la música británica, su carrera ha estado marcada tanto por sus canciones como por una personalidad imposible de esconder. Es pop, rock, crooner, provocador, comediante y, por sobre todas las cosas, un showman. Uno de esos artistas capaces de convertir un estadio completo en su propio escenario y hacer que cada persona sienta que está participando de algo mucho más grande que un concierto. Por eso, ocho años después de su última visita, su regreso a Chile en el marco de la gira "BRITPOP" tenía una expectativa particular: volver a encontrarse con un artista que entiende el espectáculo como pocos. El domingo 27 de septiembre, el Estadio Bicentenario de La Florida comenzó a tomar forma desde temprano. Pedropiedra fue el encargado de abrir la jornada con una presentación que sirvió como primer encuentro musical de la velada. Después llegó The Lottery Winners, quienes se presentaron por primera vez en Santiago y consiguieron algo que no siempre resulta sencillo para una banda invitada: conquistar a un público que, en muchos casos, todavía no conocía demasiado de su propuesta. Su energía y cercanía terminaron transformando la espera en parte del espectáculo y dejaron al público preparado para lo que vendría. A las 21:00 horas en punto, las luces bajaron y Robbie Williams apareció sobre el escenario para comenzar con 'Let Me Entertain You'. No podía existir una declaración de intenciones más evidente. La canción no solo abrió el concierto: explicó inmediatamente lo que estábamos a punto de vivir. Williams salió a escena completamente consciente de quién es, de lo que representa y, sobre todo, de lo que el público espera de él. "Yo los recuerdo, ¿me recuerdan a mí?", preguntó prácticamente desde el comienzo, y la respuesta llegó en forma de miles de voces que demostraron que esos ocho años no habían borrado absolutamente nada. 'Rocket' y 'Rock DJ' encendieron inmediatamente el estadio, mientras 'Supreme' confirmó que el repertorio que construyó durante las últimas décadas sigue teniendo un lugar privilegiado en la memoria colectiva. Luego llegaron 'Strong', 'Pretty Face', 'Love My Life' y 'Better Man', y con ellas apareció también otra característica fundamental del espectáculo: Robbie puede pasar de la celebración a la introspección sin que ninguna de las dos cosas parezca forzada. Habla de su vida, de su familia, de aquello que ha perdido y de aquello que considera haber ganado, pero nunca convierte el concierto en una confesión solemne. Todo pasa por ese filtro de humor, humanidad y cercanía que es parte esencial de su personalidad. La gran diferencia entre un concierto de Robbie Williams y una sucesión de grandes éxitos está precisamente en todo aquello que ocurre entre las canciones. El británico conversa, improvisa, se ríe de sí mismo y juega permanentemente con quienes están al otro lado de la pasarela que divide la cancha. No necesita llenar cada segundo con pirotecnia para mantener la atención. Le basta con aparecer, hablar y observar. Esa capacidad de dominar un escenario con su sola presencia es probablemente una de sus mayores virtudes como intérprete. La sección acústica fue otro ejemplo perfecto. Junto a Thom Rylance, guitarrista de The Lottery Winners, Williams pasó por 'Angels', 'Sexed Up' y 'Candy', antes de sorprender con una versión de 'Wonderwall' de Oasis que llegó solamente hasta el primer coro. El momento tuvo algo de inesperado y, al mismo tiempo, algo inevitable: en una gira llamada "BRITPOP", era difícil imaginar una mejor oportunidad para cruzar dos mundos que han definido buena parte de la cultura musical británica de las últimas décadas. 'Something Beautiful' y 'Millennium' retomaron el recorrido por su repertorio, antes de que Williams apareciera en uno de sus cambios de vestuario más llamativos para interpretar 'Theme from New York, New York'. Ahí el concierto adquirió definitivamente ese aire de gran espectáculo de variedades que atraviesa toda la propuesta. Las bailarinas, las coreografías, los vestuarios y la puesta en escena aportan color y teatralidad, pero nunca consiguen quitarle protagonismo al verdadero centro de todo: Robbie Williams. Incluso la presentación de su banda se transforma en un espectáculo. En lugar de limitarse a mencionar los nombres de sus músicos, cada integrante tuvo que interpretar fragmentos de distintas canciones mientras Williams jugaba con el público bajo la dinámica de "Shit or not". De pronto, el Estadio Bicentenario se convirtió en un gigantesco karaoke con 'Can't Stop', 'Seven Nation Army', 'We Will Rock You', 'Alone', 'Y.M.C.A.', 'Sweet Dreams (Are Made of This)' y 'Hey Jude' apareciendo en una misma secuencia. Es una idea sencilla, pero funciona porque Williams entiende que el público no está ahí solamente para escucharlo: también quiere participar. Después llegaron 'Kids' y 'She's the One', esta última dedicada a Carolina, una mujer del público que terminó viviendo uno de los momentos más emotivos de la noche. La emoción de ella, el abrazo con Williams y la reacción del estadio fueron probablemente uno de esos instantes que ningún guion puede fabricar completamente. Y es justamente ahí donde el espectáculo vuelve a adquirir una dimensión humana. Robbie puede hacer bromas sobre sí mismo, jugar con su pasado y convertir un estadio en una fiesta, pero también sabe detenerse cuando una persona frente a él está viviendo algo importante. Antes del final llegó 'My Way', la canción de Paul Anka que Williams convirtió en una pieza profundamente personal. Y entonces, después de recorrer buena parte de su historia, de jugar con el público, de reírse, bailar, cambiarse de ropa, conversar y cantar, llegó el momento en que el espectáculo comenzó a despedirse. 'Feel' abrió el encore y preparó el terreno para aquello que todos estaban esperando. Porque si existe una canción que representa la conexión emocional entre Robbie Williams y su público, esa canción es 'Angels'. Y ahí todo cambió. El estadio dejó de ser simplemente el escenario de un concierto y se transformó en una sola voz. Miles de personas cantando junto a Williams, abrazándose, emocionándose y despidiendo a un artista que había conseguido exactamente aquello que prometió cuando apareció sobre el escenario: entretener. 'Angels' fue la última canción interpretada en vivo y, también, el cierre perfecto para una noche construida sobre la emoción. Después, '(I've Had) the Time of My Life' quedó sonando como outro en la música de fondo, acompañando la salida del público y extendiendo por unos minutos esa sensación de celebración que Robbie había instalado desde las nueve de la noche. Al final, quizás esa sea la mejor manera de entender lo que ocurrió en La Florida. El "BRITPOP" Tour puede tener como punto de partida un disco que recupera sonidos y actitud de una época en la que Robbie Williams se convirtió en una estrella mundial, pero en Chile la verdadera protagonista fue su capacidad para convertir ese repertorio en una experiencia viva. 'Let Me Entertain You' abrió la puerta y 'Angels' la cerró, pero entre ambas canciones hubo muchísimo más que música. Hubo humor, nostalgia, romance, vulnerabilidad, baile, complicidad y una conexión permanente con quienes estaban frente al escenario. Hubo un artista que nunca pareció estar cumpliendo simplemente con un trabajo, sino disfrutando genuinamente de cada minuto. Y eso se transmite. Se nota cuando alguien está cantando porque tiene que hacerlo y cuando alguien está arriba del escenario porque realmente pertenece ahí. Robbie Williams volvió a Chile después de ocho años y demostró que el paso del tiempo no le ha quitado aquello que siempre lo hizo diferente. Puede tener una carrera llena de himnos, una banda extraordinaria y una producción de primer nivel, pero su principal instrumento sigue siendo él mismo. Su carisma, su humor, su capacidad para conectar y esa habilidad casi instintiva para entender qué necesita un estadio en cada momento. A los 52 años, Robbie Williams sigue siendo, ante todo, un entertainer. Y después de una noche como esta, resulta difícil pensar en una definición más precisa para explicar lo que acaba de ocurrir. Matías Arteaga S. Fotos Tags #Robbie Williams Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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