David Sylvian Manafon Miércoles, 23 de Septiembre de 2009 2009. Samadhi Sound La evolución musical del cantante británico ha sido una de las más sorprendentes de la historia del rock de los últimos 20 años. Si tomamos en cuenta que comenzó en la banda new romantic Japan y que su obra, se podría haber dirigido fácilmente hacia territorios pop-rock tradicionales, lo cierto es que Sylvian ha penetrado en profundidad en la mejor vanguardia de todos los tiempos, uniéndose, en los últimos años, a músicos heterogéneos de la talla de Evan Parker, Christian Fennesz, Derek Bailey, Otomo Yoshihide, los miembros de AMM John Tilbury y Keith Rowe y el trompetista de Supersilent, Arve Henriksen –en Nine Horses-, entre varios otros. Esto, sin contar sus colaboraciones pasadas junto a Robert Fripp de King Crimson y Holger Czukay de Can. De este modo, ha creado un cuerpo de trabajo que se nutre de la tradición avant-garde, pero que en ningún momento, deja de poseer ese sello distinguido y único, que ha cruzado toda la obra del artista inglés. Más bien, existe una retroalimentación de ambas partes. Por un lado, Sylvian ha sabido tomar para sí toda la experiencia y lenguaje musical heterogéneo de estos músicos, para fundar una obra abstracta, espiritual e insoldable; y por otra, estos músicos, en su gran mayoría parte de la esencia de la música improvisada, han podido mostrar sus sensibilidades y técnicas musicales en un contexto de canción de formato mucho más delimitado. Ganancias para ambas partes por donde se le mire. A pesar de los destacados invitados a “Manafon”, la imponente voz de Sylvian entonando sus impávidas melodías, es por lejos el protagonista de este disco, donde en ningún caso el titular se ve aplacado por el peso y lenguaje musical de las estrellas que participan. En general, el álbum se caracteriza por sus instrumentaciones enigmáticas, inestables y experimentales, que son la base perfecta para las secciones vocales llenas de alma de Sylvian, que expresan una cualidad simplemente metafísica. Una secuela aumentada de “Blemish” de 2003. El trabajo fue inspirado por la obra del poeta galés, R.S. Thomas y “Manafon” es un pueblo de ese país, donde el escritor vivió por largos años. Por otra parte, el proceso de grabación duró tres años, con Sylvian viajando como una especie de artista itinerante, grabando con los más grandes músicos de Austria, Japón e Inglaterra. Compuesto por nueve temas, el tono invernal del disco se hace sentir de inmediato con “Small Metal Gods”: los sonidos sutiles de Fennesz y las experimentaciones de Otomo Yoshihide y Toshimaru Nakamura, son la base para la voz llena de prestancia y sentimiento de Sylvian. El cruce de pop con creación contemporánea clásica, se asoma con potencia en la experimental “The Rabbit Skinner”. Aunque obviamente el fallecido Derek Bailey no participa en el disco, la manera como el mismo Sylvian utiliza la guitarra acústica, hace que su presencia sea constante. El piano inestable de John Tilbury, el saxo incidental de Evan Parker y los aportes de chelo de Marcio Mattos, logran construir una pieza de belleza extraña y ambientes encerrados. El sentimiento recóndito y hermético de “Random Acts of Senseless Violence”, no sólo está dado por el timbre vocal narrativo de Sylvian, sino que también por las texturas de Fennesz, la tornamesa de Yoshihide y la guitarra de un legendario como Keith Rowe. La extensa “The Greatest Living Englishman” es un perfecto compendio de la estética general del álbum, donde las ambientaciones sonoras sacadas como de una obra docta contemporánea, matizan y entregan drama a las partes vocales de un Sylvian que, por momentos, parece poseído. En este tema, los músicos japoneses, que casi reforman Ground Zero para servir al cantante, se llevan todo el peso sónico: Tetuzi Akiyama, Sachiko M., Toshimaru Nakamura y nuevamente Otomo. El interludio de noise y melodía vocal de “125 Spheres”, sirve de introducción para “Snow White In Appalachia”. Otro tema difícil, poético y de oscura emocionalidad, que muestra al Sylvian más obtuso junto a los ex AMM, en un cruce de personalidades musicales, que hasta antes de este disco, era inimaginable. Recordemos que AMM, donde participó además de Rowe y Tilbury, un personaje entrañable y fugaz de la música del siglo XX como Cornelius Cardeu, fue una banda de improvisación libre que influyó fuertemente en el Syd Barrett de los primeros Pink Floyd. Las referencias literarias siguen con “Emily Dickinson”. Otro tema misterioso y secreto, de un sentimiento sagrado en Sylvian, donde la presencia de Evan Parker se hace notar con más fuerza que nunca, entre los procesos sonoros de Joel Ryan, el laptop de Fennesz y el piano arreglado de Tilbury. El sentimiento trágico de la instrumental “The Departament of Dead Letters”, se construye a través de distintos sonidos generados por piano, chelo, procesos electrónicos y vientos. Finalmente, el tema homónimo mantiene la emotividad del disco con experimentaciones diversas en laptop, chelo y trompeta, para que nuevamente el elemento central sea la voz decidida de Sylvian, que surge desde lo concreto hacia el infinito. Un disco de ambiciones artísticas gigantes, que tiene una férrea relación entre el concepto poético y lírico que lo sustenta, con la música abstracta y experimental que representa dicho concepto. Además, como esbozaba al principio, una ineludible muestra de cómo Sylvian en su crecimiento como creador, logró conjugar dos mundos tan alejados como son el pop y su consiguiente sensibilidad vocal y melódica, con la creación e improvisación del jazz y la música electrónica contemporánea. Un trabajo asombroso, de una tremenda espiritualidad y que sigue exhibiendo al cantante, como un eterno buscador de realidades sonoras y lenguajes musicales revolucionarios. Héctor Aravena A. Tags #David Sylvian # Manafon Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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