Titular un disco con el nombre de la banda después de dieciséis años sin publicar un álbum de estudio no es un gesto menor. Es una forma de decir «esto también es Forbidden», y en este caso hacía falta decirlo. De la formación clásica solo quedan el guitarrista Craig Locicero y el bajista Matt Camacho. Russ Anderson ya no está, y su voz fue buena parte de la identidad de los primeros discos. En su lugar llega Norman Skinner, junto a Jeremy Von Epp en guitarra y Chris Kontos (ex Machine Head) en batería. El álbum, grabado en Sharkbite Studios de Oakland, salió el 23 de octubre de 2026 a través de BLKIIBLK, y su expectativa tenía sentido.
"Forbidden Evil" (1988) y "Twisted Into Form" (1990) siguen siendo discos de cabecera del thrash de la Bay Area, y "Omega Wave" (2010) mostró que la banda no había vuelto solo por nostalgia. Sin embargo, el propio Locicero advirtió antes del lanzamiento que quien esperara puro thrash podía decepcionarse, y no se equivocó: aquí hay groove, melodías más abiertas y estructuras que se acercan tanto al heavy metal clásico como al progresivo. Lo que importa es si esas canciones aguantan.
'Single Point Failure' deja claro desde el primer riff que la técnica sigue intacta. La guitarra de Locicero se reconoce de inmediato, y Von Epp suma armonías y solos que amplían el abanico del disco. Camacho y Kontos sostienen la base sin perder empuje cuando los temas se vuelven más enredados. La primera parte es la que más se acerca al Forbidden que uno guarda en la memoria. 'Burning the Lungs of Earth' y 'Divided by Zero' son rápidas, precisas y no se quedan en el riff de manual. Ahí está la razón por la que la banda sigue siendo referencia del thrash con tintes técnicos.
Después, el disco cambia de piel. 'DCLXVI' y 'Psyclops' bajan las revoluciones y se inclinan hacia el groove pesado, y 'Jisei' corta la agresividad con una pausa atmosférica. Más adelante aparecen los invitados: Brann Dailor (Mastodon) en 'Sycophantasy' y Kayla Dixon en 'The Burden', que vuelve a algo más directo. A esa altura, el álbum ya no se queda quieto en ningún lugar. Que se mueva tanto no es un defecto en sí, y además es deliberado: Locicero explicó que el disco está ordenado en tres bloques de tres canciones más uno de dos, y que el último, con 'Sol Grave' y 'Flower of Life', funciona como una especie de ópera espacial. Forbidden siempre fue más que velocidad, con un pie en el heavy metal. Lo que ocurre es que, entre tanto cambio, pocas canciones logran quedarse en la memoria.
Sumar groove y voces más melódicas no es una novedad entre las bandas históricas del thrash, y nadie le pide a Forbidden que repita "Forbidden Evil" cada década. El asunto es cuando la búsqueda de equilibrio termina limando justamente lo que hacía filosas a las canciones. Aquí la agresividad sigue presente, pero ya no manda. Los riffs pesados, los giros melódicos y los cambios de dinámica ganan espacio, y no siempre llevan a alguna parte.
Con Skinner pasa algo parecido. Tiene registro, le da otros colores a la banda y canta con soltura. Nadie espera que reemplace a Anderson, cuya voz es irrepetible, pero la suya todavía no tiene un sello propio: cumple, aunque pocas veces es lo que hace destacar una canción.
Once canciones y más de una hora de música es mucho, y la recompensa no siempre está a la altura del tiempo que el disco pide. La edición doble en vinilo suma además 'Sirens', una versión de Savatage que no forma parte de la secuencia original. En la segunda mitad, 'Mutually Assured Dysfunction' recupera la intensidad, y 'Sol Grave' reúne varias etapas previas en un solo tema, pero el cierre con 'Flower of Life (Chaos by Design)', de más de nueve minutos, se estira más de lo que su idea alcanza a sostener.
A ratos se echa de menos una edición más rigurosa. Ideas hay de sobra; lo que no siempre aparece es una canción con identidad propia.
Forbidden sigue sabiendo componer y tocar, y eso se escucha. La producción, a cargo de Craig Locicero, Chris Kontos y Zack Ohren (quien además grabó y mezcló el disco), deja respirar cada instrumento sin quitarle energía, y la nueva formación tiene química como para pensar en un segundo disco. Sin embargo, queda la sensación de que la banda tiene más para dar de lo que entregó aquí. Hay buenos riffs y momentos donde Forbidden suena a Forbidden; lo que no se encontró fue un himno que marcara lo suficiente como para que el LP destaque entre lo que ha salido este año. Si ordenan sus ideas y aprietan un poco más, este lineup puede entregar algo bastante más contundente. Por ahora es un regreso correcto, que confirma que los de San Francisco siguen vivos, pero que todavía no explica por qué su nombre pesa tanto en la historia del thrash.
Ricardo Clavería Ireland
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