Así fue la celebración de Aterciopelados
Los 30 años de La pipa de la paz tuvieron una fiesta merecida y llena de invitados que encendieron la fiesta
POR CARMENZO HARTMANN
En la noche del pasado viernes, 30 de octubre, Andrea Ecehevrri y Héctor Buitrago celebraron los 30 años de La pipa de la paz, uno de los álbumes más trascendentales en la historia de Aterciopelados. Tres décadas de un tercer disco que les llevó a competir en los Grammy al lado de Los Fabulosos Cadillacs, Café Tacvba, El Tri y Molotov.
El dúo celebró esta historia en compañía de miles de personas que asistieron al antes llamado Movistar Arena, y junto a un grupo muy diverso de invitadas e invitados que desfilaron por el escenario para recordarnos que estamos hablando de una grabación emblemática, llena de canciones indispensables que pusieron sobre la mesa (antes que muchos otros artistas) temas que en Colombia no se hablaban abiertamente.

La noche empezó vigorosa con ‘La pipa de la paz’ en compañía de La Muchacha Isabel, el grupo vocal Clara Luna, Marco Farinago en los vientos andinos, y la poderosa presencia de mujeres colibríes como guardianas de las culturas ancestrales.
Desde el primer momento se hizo evidente, en el montaje, el vestuario, el sonido y el diseño, que se trataba de un espectáculo ambicioso y generoso en todo el sentido de la palabra. A lo largo de todo el show las visuales mostraron la conjunción de las pantallas LED con el fique, el hilo, la caña y la lana, generando un espacio en el que la calidez y la sensibilidad fueron la norma.

Invitadas e invitados se fueron sucediendo sin parar; llegó Briela Ojeda y vino el acordeón de David Cañas en ‘Baracunátana’ , Martina la Peligrosa en ‘Expreso Amazonia’, La Muchacha Isabel regresó para ‘Cosita seria’.

La versión de ‘Maligno’ contó con un arreglo fascinante, en el que el trombón de Majo Pedraza se hizo cargo de las líneas que suele hacer la guitarra. Ese tipo de arreglos fue casi una constante, sorprendiendo con interpretaciones novedosas que refrescaron el recuerdo de muchos clásicos.
Por el escenario también circularon figuras como Ana Tijoux, que colaboró en ‘Play’ y ‘Quemarropa’, y Beto Cuevas, que acompañó a Andrea en las voces de ‘En la ciudad de la furia’ y ‘Te juro que no’. Mientras todo eso ocurría, la ceramista Rosamar Corcuera trabajaba el barro en una hermosa escultura en medio del escenario.

Poco después llegó Cimarrón para ‘La culpable’, ese potente joropo que se ha convertido en uno de los clásicos menos obvios de Aterciopelados, una especie de hit que no llegó a los listados. Para esta pieza no pudieron escoger a nadie mejor; Ana Veydó aportó un aura mística y salvaje que sacudió todo el recinto en compañía de sus músicos, siempre dispuestos a llevar lejísimos (en todo sentido) el folclor llanero. ‘La culpable’ fue uno de los momentos más emotivos y energéticos de la noche, y tristemente estuvo seguido por uno de los menos memorables, con la llegada insípida de Manuel Medrano. El espigado cantautor del litoral colombiano pareció más interesado en exhibirse y contonearse que en cantar como Dios manda. Su llegada para ‘No necesito’ fue francamente innecesaria. Todo hay que decirlo. Algo parecido había ocurrido minutos antes con la aparición -medio ridícula, larga y forzada- de Julio Correal, que estuvo allí por haber sido mánager de Aterciopelados hace muchísimos años. Su presencia no se sintió convincente, especialmente si tenemos en cuenta las tendencia ideológicas de Correal, muy alineadas a una derecha (partidaria de la censura) que nunca duda en calificar de “mamertos” a Héctor y Andrea.

A propósito, entre canción y canción se escucharon los gritos de “¡Abelardo, gonorrea, el pueblo no copea!”, que ya se oyeron en Rock al Parque, y que parecen anunciar un próximo estallido social, mucho más largo e intenso que el enfrentado torpemente por Iván Duque.
Vino después una hermosa versión (más o menos acústica) de ‘Bolero falaz’, que puso a cantar a todo el recinto, como era apenas lógico. Después Andrea nos recordó su lucha contra la enfermedad en ‘La teta pirata’: “¡Me dio cáncer, me sacaron las tetas, y estoy viva!”, dijo mientras se desataba una explosión de aplausos.
Así fue terminando la noche, con ‘Rompecabezas’, ‘Colombia conexión’ (otra aparición incómoda de Manuel Medrano), ‘Florecita rockera’ y ‘Candela’. La celebración contó con el trabajo de una banda contundente, sólida y muy ajustada, gracias a las guitarras de Leonardo Castiblanco, los teclados de Lindy Sánchez, Chuby Álvarez en las percusiones, la baterías de Jonathan Lacouture, y los coros de Lalo Cortés y Daniela Cabrejo (Dracuila). No se puede dejar a un lado el cimiento que establece el bajo de Héctor, que con el tiempo viene sonando siempre más preciso y necesario.

¿Qué queda por decir sobre Andrea? No mucho… ella sigue siendo la chamana, la diva que no piensa solo en facturar, la emperatriz de nuestro rock, la florecita inmarchitable.
Ella y Héctor, junto toda esta gente (con las excepciones ya mencionadas), lograron que esa noche de viernes Bogotá sonara como un verdadero paraíso.
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