Bunbury De un Siglo Anterior Miércoles, 06 de Mayo de 2026 2026. Servidor de Nadie Hablar de Enrique Bunbury siempre implica hablar de transformación. Pocos artistas en el rock en español han sabido mutar tantas veces sin perder identidad, y menos aún hacerlo con la naturalidad de quien entiende que el arte no puede permanecer quieto. Desde la intensidad eléctrica de Héroes del Silencio hasta la sofisticación de su carrera solista, Bunbury ha construido una discografía donde cada disco parece responder a una necesidad distinta, a una nueva piel. En los últimos años, esa búsqueda encontró un territorio especialmente fértil en las raíces hispanoamericanas, alejándose de la urgencia del rock más frontal para abrazar el pulso de la canción de autor, el folklore y una sensibilidad más desnuda. Ese camino tuvo un primer gran manifiesto en "Cuentas Pendientes", un trabajo que ya insinuaba un cambio profundo en su manera de componer, interpretar y producir. Sin embargo, es en "De un Siglo Anterior" donde esa transición encuentra su forma más madura, más decidida y probablemente más honesta. Publicado el 17 de abril de 2026, no funciona como una continuación automática, sino como una consolidación. Es el disco donde Bunbury parece mirarse al espejo sin artificios, reconociendo al artista en el que se ha convertido. Grabado en febrero de 2025 en el Desierto de los Leones, México, y finalizado meses después con mezclas completadas en agosto y masterización de Tom Baker en Los Ángeles, el disco fue producido junto a su inseparable Ramón Gacías. La formación también aporta mucho a su identidad: el guitarrista chileno Sebastián Aracena, el contrabajista mexicano Luri Molina, el percusionista Johnny Molina, además del propio Gacías en batería y Jorge "Rebe" Rebenaque en teclados, conforman una banda híbrida entre el espíritu de Huracán Ambulante y la solvencia de Los Santos Inocentes. El resultado es un sonido orgánico, respirable, donde cada instrumento tiene espacio para existir sin saturar. Bunbury lo explicó con claridad: quería crear algo que solo pudiera existir a través de la sensibilidad de los músicos y de la vulnerabilidad de la voz. Y esa frase resume perfectamente el alma de este álbum. Aquí no hay prisa, no hay sobreproducción ni necesidad de demostrar fuerza a través del volumen. Hay aire, pausas dramáticas, silencios bien colocados y una interpretación vocal que sorprende incluso a quienes llevan décadas siguiéndolo. Su voz conserva el carácter reconocible de siempre, pero aparecen nuevos matices, una fragilidad controlada, una profundidad serena que le da otra dimensión a cada frase. Después de años de incertidumbre respecto a su estado vocal, este disco también funciona como una confirmación tranquilizadora: Bunbury está cantando distinto, pero quizá mejor que nunca. Desde el inicio con 'Creer que se Puede Creer', el álbum deja clara su declaración de principios. Es una canción que cabalga con elegancia, con menos electricidad y más madera, como si el propio disco quisiera avisar que aquí el viaje será otro. No busca impactar de inmediato, sino instalar una atmósfera. La instrumentación avanza con aplomo y la interpretación transmite esa necesidad tan humana de seguir creyendo incluso cuando el mundo parece haber perdido toda lógica. Es una apertura que no grita, pero marca con precisión el tono de todo lo que vendrá. Luego aparece 'Un Brindis al Sol', una de las piezas más memorables del repertorio reciente de Bunbury. Tiene un peso distinto, una especie de puente perfecto entre el artista que fue y el que hoy se presenta. Aquí todavía se perciben ecos de su etapa anterior, pero ya completamente cubiertos por ese polvo mexicano que impregna todo el álbum. La canción respira desierto, madurez y una melancolía elegante que no cae nunca en el dramatismo fácil. Hay una belleza especial en cómo conviven la resignación y la celebración. Con 'La Voz', probablemente el corazón conceptual del disco, Bunbury se expone de forma particularmente honesta. No es casual que haya sido uno de los primeros adelantos: la canción representa con claridad esta nueva etapa. La coproducción de Ramón Gacías potencia una riqueza de detalles que no siempre aparece en la primera escucha, y el tiempo se convierte en protagonista silencioso. Aquí no hay máscaras. Hay un artista hablando desde la experiencia, desde el desgaste y también desde la aceptación. La voz ya no es solo instrumento: es argumento. 'La Próxima Vez no Habrá Próxima Vez' introduce una fascinación rítmica distinta, con influencias mediterráneas y una percusión seca que le da carácter inmediato. La frase del título funciona como sentencia y advertencia, una invitación brutalmente simple a vivir el presente sin la comodidad de la postergación. Bunbury no moraliza; observa. Y en esa observación encuentra una de las canciones más lúcidas del álbum, donde la urgencia no viene del ritmo sino del significado. La canción que da nombre a la obra aparece como una verdadera pieza de orfebrería. Suena a clásico desde la primera escucha, como si siempre hubiese existido. Muy alejada de las tendencias actuales de la industria, encuentra fuerza precisamente en esa decisión de no perseguir la inmediatez. Hay algo profundamente elegante en su construcción, una sensación de obra atemporal que confirma que Bunbury no está mirando hacia atrás con nostalgia, sino utilizando el pasado como una herramienta para entender mejor el presente. En 'Peor que Como Estamos (es Difícil ya que Estemos)', la banda demuestra toda su capacidad para construir tensión sin caer en el exceso. El tema avanza con una incomodidad extrañamente confortable, con un pie en la crítica social y otro en el desencanto personal. Bunbury logra que ambas lecturas convivan sin imponerse una sobre la otra. Es una canción que arrastra más que empuja, y ahí está justamente su acierto. 'En el Arcén' cambia el paisaje y nos transporta a una especie de road movie emocional. El violín de Ana Belén Estaje resulta fundamental para construir esa atmósfera melancólica y contemplativa. Hay introspección pura en esta canción, una sensación de movimiento detenido, de viaje interno más que geográfico. Además, sabiendo que el propio Bunbury reconoció que fue una de las piezas más difíciles de resolver por su aproximación al tango sin contar con músicos argentinos de raíz tanguera, el resultado tiene todavía más mérito. Lejos del pastiche, encuentra su propio lugar. Ese riesgo se profundiza en 'Zamba para Olvidar', uno de los puntos más altos del disco. Entrar al folklore argentino exige sensibilidad y respeto, y Bunbury evita cualquier caricatura con una interpretación contenida, precisa y profundamente emotiva. La canción conmueve porque no intenta sobreactuar su pertenencia al género, sino dialogar con él desde la admiración. Parece que la banda estuviera tocando en la misma habitación del oyente; se escuchan las imperfecciones, la respiración, la humanidad de la ejecución. Para quienes aman ese tipo de música, es una auténtica joya. Si hay un momento donde la desnudez del álbum alcanza su máxima expresión, ese es 'La Cima'. Minimalista, solemne y esencial, funciona como una pausa suspendida en el tiempo. No necesita grandes arreglos porque todo está puesto en la interpretación y en el peso de cada palabra. Es una canción que no busca conquistar de inmediato, sino quedarse. Y lo logra precisamente por esa economía emocional tan bien administrada. El cierre llega con 'Un par de Acordes, una Mentira y la Redención', una resolución directa, casi confesional, con pulso de ranchera y una mirada lúcida sobre el oficio de hacer canciones. Bunbury vuelve a preguntarse de qué está hecha su profesión, de qué está hecho él mismo después de tantos años de escenario, sin caer jamás en la amargura. Hay ironía, hay aceptación y también cierta paz. Como final de disco resulta perfecto porque resume todo lo anterior: la honestidad, la madurez y esa voluntad de seguir buscando incluso cuando parece que ya todo fue dicho. "De un Siglo Anterior" no es un disco diseñado para la ansiedad del consumo rápido. Exige atención, varias escuchas y disposición para habitar sus silencios. Pero justamente ahí está su mayor virtud. En un mercado saturado de producciones clónicas y urgencias artificiales, Bunbury apuesta por el menos es más, por la canción que respira, por la emoción que no necesita disfrazarse de impacto inmediato. Es también un manifiesto de identidad. El retrato de un artista que ya no necesita demostrar nada y, por eso mismo, se permite ser más vulnerable, más latino, más narrador que rockstar. Logra sonar clásico e innovador al mismo tiempo, como si encontrara en músicas de otro siglo la mejor manera de hablar del presente. Más que una continuación de "Cuentas Pendientes", este álbum parece su hermano mayor: más sereno, más profundo y más consciente de sí mismo. Bunbury no regresa al pasado; lo utiliza para seguir avanzando. Y en ese movimiento, termina entregando uno de los trabajos más sólidos, elegantes e introspectivos de toda su etapa reciente. Un disco que no busca imponerse, sino quedarse. Y vaya si lo consigue. Matias Arteaga S. Tags #Bunbury #De un Siglo Anterior #Tom Baker #Enrique Bunbury #Ramón Gacías #Sebastián Aracena Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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