American Football American Football (LP4) Lunes, 18 de Mayo de 2026 2026. Polyvinyl La vida de cada ser humano está marcada por el trauma. Se nace llorando: el violento acto del parto nos arranca de la comodidad del útero materno y nos arroja a un mundo tan bello como despiadado, donde cada batalla deja una huella imborrable. Un trauma. Mike Kinsella, vocalista de American Football, ha plasmado esa realidad a lo largo de buena parte de su carrera musical. Sus proyectos, desde Joan of Arc, pasando por Owls y Owen, hablan constantemente de crecimiento doloroso, transiciones y, sobre todo, viajes que concluyen. Incluso el célebre álbum homónimo de American Football -también conocido como LP1-, publicado en 1999, es una oda a la finalización de "algo". "American Football (LP4)", el nuevo disco de la icónica banda estadounidense, no es la excepción. A través de diez pistas -en estricto rigor, ocho canciones y dos cortinas instrumentales-, el grupo continúa expandiendo un sonido que envuelve la eterna angustia adolescente en una atmósfera de negación y duelo. Y esto dista de ser algo negativo. En estas nuevas piezas, los originarios de Illinois se permiten explorar facetas que sus placas anteriores apenas insinuaban, quizás por el afán de contentar a una fanaticada hambrienta -hasta el día de hoy- de una secuela directa para el célebre "álbum de la casa". Por eso el disco abre con 'Man Overboard', una canción hipnótica que adelanta gran parte del espíritu general de la entrega, dominado por un misticismo con el que ya habían coqueteado tímidamente en su predecesor, pero que aquí se desborda con mayor libertad gracias a los sintetizadores ambientales y la batería abrasiva de Steve Lamos, cuya presencia no se sentía tan determinante desde el LP1. Sobre esa capa de atmósferas, Kinsella da rienda suelta a un lirismo desenfadado, aunque profundamente angustioso, ahondando -literalmente- en sus obsesiones: el descontrol de una vida que lo ha llevado a ganarlo y perderlo todo al mismo tiempo, a través de la metáfora del naufragio que, aunque a estas alturas resulte un cliché, vuelve a sentirse efectiva en sus manos. 'No Feeling' y 'Blood On My Blood' continúan expandiendo esta sonoridad, aunque por caminos más modestos. La primera -que además cuenta con la colaboración de Brendan Yates, de Turnstile- rememora algunos de los recursos estilísticos que el grupo patentó en su placa del 99. La segunda, en cambio, se asemeja más a las exploraciones contemporáneas del conjunto, con una marcada intención dreampop reforzada por el acompañamiento de Caithlin De Marrais, vocalista y bajista de Rainer Maria, banda de culto del emo noventero. Uno de los puntos más altos del álbum llega con 'Bad Moon', primer single del disco, publicado en marzo junto a un videoclip que permite expandir aún más la atmósfera nostálgica que circunda el lanzamiento. Siendo también la pieza más extensa del repertorio -con ocho minutos y 13 segundos de duración-, la canción circula dentro del espectro del post-rock, un género del cual el cuarteto lleva tomando elementos desde sus inicios, cuando todavía eran un trío. Usando samples de fondo y un patrón rítmico que se insinúa sutilmente hacia la construcción de un crescendo, el conjunto logra impulsar una tensión constante intensificada por la lírica confesional de Kinsella, quien continúa admitiendo sus pecados sin ánimo alguno de hallar perdón. 'Bad Moon' funciona como uno de los ejes climáticos del álbum, cuya primera mitad está demarcada por 'The One With the Piano', una cortina instrumental que sirve de guiño metanarrativo dentro de la discografía de la banda. De ahí en adelante, el disco continúa con las bellas 'Patron Saint of Pale' y 'Wake Her Up' -esta última con una colaboración de Wisp-, dos piezas con las que el grupo sigue desarrollando este nuevo-viejo sonido, acompañando riffs y acordes brillantes con teclados y adornos percutivos que ya son una parte esencial de su estética. Otra de las piezas que posiblemente se incorporarán al canon de sus mejores canciones es 'Desdemona'. La referencia a Shakespeare funciona como argumento para reforzar esta visión melodramática con la que el hombre detrás de 'Never Meant' convive día a día. Una triste y fatalista canción de amor sobre la desconexión. Instrumentalmente demoledora e íntima. Tanto la cortina 'Lullabye' como 'No Soul to Save' se sienten como una despedida. A través de una letra profundamente visceral, Kinsella anuncia su próximo truco: la desaparición. Es difícil saber si tomarse estas palabras literalmente, pero la canción ofrece varias pistas que así lo indican: "Well, I wasn't made to live on a stage / I've made too many mistakes / I've no hope for redemption and no soul to save". Los acordes ensoñadores de la canción ofrecen un cierre parsimonioso, una conclusión emotiva, aunque quizás ligeramente insatisfactoria ante un álbum tan emocionalmente cargado. No resulta difícil rastrear el origen de gran parte de este conflicto emocional en la trayectoria reciente de Kinsella. Quienes han seguido especialmente su trabajo bajo el alias de Owen, reconocerán ecos evidentes de sus últimos lanzamientos, profundamente atravesados por su divorcio y por una creciente sensación de agotamiento emocional que también impregna buena parte del LP4. Pero más allá de lo autobiográfico, el álbum vuelve sobre una obsesión permanente dentro de la obra de American Football: el miedo al crecimiento, la resistencia a aceptar nuevas etapas y el deseo constante -casi infantil- de volver atrás, hacia una vida más sencilla. Y es precisamente ahí donde este cuarto trabajo termina encontrando su identidad definitiva. Si el LP1 sigue siendo uno de los mayores emblemas del midwest emo con tintes math-rock -métricas irregulares, guitarras brillosas y parpadeantes, voces descuidadas pero dulces-, los discos posteriores parecían debatirse entre honrar ese legado o escapar de él. Su LP2 probablemente sea el trabajo más discutido de su catálogo: inconsistente, sostenido por algunos momentos brillantes, pero demasiado autoconsciente como para alcanzar el peso emocional de su predecesor. El LP3, en cambio, mostró por primera vez a una banda dispuesta a desprenderse de las expectativas ajenas para abrazar una madurez sonora más contemplativa, atmosférica y segura de sí misma, dejando prácticamente de lado sus sensibilidades emo y hundiéndose en el dreampop. Y así, LP4 toma esa búsqueda y la lleva hasta sus últimas consecuencias, engrosando incluso sus influencias sonoras. En este nuevo álbum, American Football no intenta recrear la fórmula de su juventud, pero tampoco reniega de ella. La banda parece entender que el paso del tiempo no necesariamente erosiona las emociones: simplemente las transforma. Hay quienes dirían que el LP4 es un disco "más maduro", pero está lejos de eso. Es un disco profundamente juvenil. Y eso no tiene nada de malo. Kinsella y compañía abrazan la incomodidad de quien no sabe cómo actuar ante la vergüenza de evidenciar sus propios errores y se resignan a enfrentar las consecuencias, tanto de sus éxitos como de sus múltiples derrotas. Y eso está bien. 'No Feeling' abre con las líneas: "There’s nothing new to say or do / There’s nothing new to wish for", encapsulando precisamente aquel sentimiento de impotencia, pero sin renegar de él. Las huellas, las marcas. Los traumas. Está todo ahí. Nada que hacer. Es lo que hay. Y está bien. Fabián Escudero Tags #American Football #Mike Kinsella #Brendan Yates #Nate Kinsella #Caithlin de Marrais #Wisp Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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