Supergrass: Súper jóvenes, súper libres, súper bien Cronologia del soñado debut de lo británicos Viernes, 29 de Agosto de 2025 Jueves 28 de agosto, 2025 Blondie, Santiago Galería de imágenes AQUÍ Treinta años. Nada menos que tres décadas pasaron para que Chile viera a Supergrass en vivo. Una espera larguísima que no hizo más que inflar la leyenda de una banda que, sin proponérselo, terminó quedando inscrita como pieza esencial dentro del relato sagrado del Britpop, y que, contra todo pronóstico, también caló hondo en estas latitudes con un fervor apabullante. Alejados de lo que venían haciendo los grandes cabecillas del Top of The Pops de los noventa o cabezas de cartel como Blur, Oasis, Pulp, Elastica o Suede, Supergrass jugaba más cómodo en las ligas (no) menores y segundos en la línea de sucesión junto con Gene, Sleeper, Lush, Cast o Echobelly, entre muchas otras. Lo que los hacía distintos y frescos era su propuesta diáspora, que se escapaba de la moda del Union Jack y la Cool Britannia hacia la nostalgia lúdica de los sonidos setenteros de Bowie, The Jam, Elton John, y hasta la herencia de los sesenta como grupos como The Beatles y The Kinks, que en lugar de atarlos al cliché revivalista de la época, los convirtió en una banda con una identidad más versátil y una de energía joven que pareciera que quedó frizada en el tiempo, de la que solo entendidos habrán apreciado más allá de la injustificada fama que se ganaron de "one-hit wonders". La excusa para esta, su primera visita, era la celebración del trigésimo aniversario de su glorioso debut "I Should Coco" (1995), que los hizo sonar en todos los estéreos noventeros, pero que también tuvo tiempo para hacer reparos en sus años dorados, con regalos sacados de "In It for the Money" de 1997, de su homónimo de 1999 y uno que otro disco que vino después de la década. A las 21:03 para ser exactos, las luces de la discoteca se atenuaron y un clamor de estadio, desproporcionado para el recinto, cimbró los cimientos por minutos, anunciando que la liturgia sónica había comenzado. Los cuatro de Oxford aparecieron en escena teniendo de cortina a 'Blockbuster' de Sweet, cual prólogo que anunciaba el festín del rock alternativo ya había arribado y estaba listo para saldar la deuda con sus fieles. Sobre el escenario, los padres de la patria supergrassera: Gaz Coombes en guitarra y voz -ahora con barba y sin esas patillas que alguna vez fueron patrimonio de Inglaterra-, Mick Quinn en bajo y Danny Goffey en batería. Combo que se complementó esta vez con Rob Coombes, hermano mayor de Gaz, detrás de los teclados, que durante lo que vino de show tuvo un rol vital en la densidad y color del sonido, que nunca dejó de sonar en altísima fidelidad. La fiesta en la Blondie partió con 'I’d Like to Know', y el público respondió como si esa treintena de años de espera se comprimiera en los tres minutos del tema que inaugura el álbum. Y es que lo que se vio desde atrás de la barrera fueron cervezas al aire, chaquetas volando, un mar de voces coreando y saltando. Gaz, por su parte, entró de inmediato en "la zona", oficiando la ceremonia con los ojos cerrados la mayor parte del tiempo, en un trance de entrega absoluta a los acordes de su Gibson ES-335 negra. "Hola, how you doing?", fueron sus palabras de saludo con su marcado acento inglés y boina bien puesta desde el lado izquierdo del escenario. "Es genial estar en Santiago. Es nuestra primera vez aquí. Gracias por la espera. Espero sea una noche especial". Promesa cumplida. De lleno se lanzaron con 'Caught by the Fuzz', y con ella anticiparon el desmadre colectivo que se venía arriba con otra ola de saltos, empujones y más cuerpos que salían destartalados, dudados y mojados en cerveza. La jarana no dio tregua con 'Mansize Rooster', que también se prestó para el desorden colectivo y la euforia, que solo confirmó que la noche sería un barullo masivo, sudoroso, pero profundamente feliz. Pausa en los compases con el temazo 'Late in the Day', que se pudo disfrutar ahora con los oídos, y ser cantada con el alma, al igual que 'Mary', que calmó las aguas, y medio que 'She's So Loose' también lo logró. Pero la tregua se acabó en cuanto Coombes cantó aquel: "Don’t lose it, don’t lose it". Y en un gesto casi irónico, ocurrió exactamente lo contrario y surgió el movimiento espontáneo en masa al son de la canción con el mismo nombre. Tras esto, continuó el repasado del primer disco con rarezas como 'We're Not Supposed To', 'Strange Ones', 'Sitting Up Straight', 'Lenny', la bonita y beatlesca 'Sofa (Of My Lethargy)', y la sensualona 'Time', que sin dudas hicieron que todo se sintiera como una tocata a la carta a escala mayor. Hasta que llegó el turno del hit masivo e himno definitivo a la buena onda, 'Alright' que sonó calcada a la grabación original, pero con esa fuerza que solo un escenario puede transmitir. Apenas sonó, la audiencia se prendió y por primera vez en la noche aparecieron muchos celulares tratando de registrar el momento. Emoción que comparto, porque después de años viéndola proyectada en la pantalla principal de las fiestas noventeras en la misma Blondie, ahora se vivía como una escena de la vida real, más épica y poética de lo que cualquiera podría haber imaginado. Y eso era digno de grabar. Al terminar el tema, el coro del tema se quedó suspendido en el aire por un largo rato, ahora por las voces de la gente diciendo "Oh, oh, oh", cosa que se volvió después una broma recurrente en todo lo que siguió del concierto y que a la banda, se nota que le hizo gracia. "Hay una cosa más sobre este álbum. Espero que hayan disfrutado escuchándolo", dijo Gaz en ya la última quemada del show antes de entregarnos el último track de despedida del LP, 'Time To Go', empapándonos otra vez de esas cadencias acústicas, que contó con Danny en el bajo, uno que le quedaba perfecto para imitar a Paul McCartney, por ese indiscutible parecido que tienen. Entonces fue el turno de las ondas post-Britpop con las armonías de 'St. Petersburg', seguidas de dos temas con grandes espacios melódicos: la explosiva 'Richard III' y 'Moving', que trajo consigo puro escalofrío. Una favorita personal, un desgarrador de gargantas que se canta con el corazón en la mano, como se debe. Nadie quería que llegara el encore, menos si venía después del sacudón que dio 'Grace', que dejó a todos con el cántico del nombre de la banda, pero sí, lo trajo 'Sun Hits the Sky' y, con él, un cambio de proyección detrás: la portada de "I Should Coco" se desvaneció para dar paso al logo de las siluetas de Supergrass, tipo Los Ángeles de Charlie. Aún así, todos se contentaron y se dejaron llevar, meneando la cabeza entregada al ritmo del riff. Sin siquiera que tuvieran que pedirlo, nació así un coro espontáneo, casi de película, con 'Pumping on Your Stereo', último track del setlist que dejó los ánimos más que arriba. Fue la despedida perfecta para los ingleses, pero tal vez no por última vez, según lo que se les vio en el rostro al finalizar y lo que a medio Danny se le escapó decir. Por esta parte del continente, el culto afectivo que se gestó por décadas en este abandonado rincón del mundo —un fenómeno muy propio de Chile— al fin tuvo su debida justicia. Con la promesa de una segunda parte, los seguiremos esperando, solo que ojalá no sean otros treinta años. Bárbara Henríquez Fotos: Hernán Urtubia Tags #Supergrass #Gaz Coombes Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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