Fauna Primavera 2025: Un viaje por la corriente de la conciencia colectiva Un recuento de lo que fue la segunda fecha. Auspiciado por Levi's. Domingo, 09 de Noviembre de 2025 Sábado 8 de noviembre de 2025 - Parque Ciudad Empresarial Galería de imágenes AQUÍ. Si la primera jornada de Fauna Primavera había ejercitado el músculo de la memoria con Weezer, James y Stereolab, el segundo día prometía ser una experiencia mucho más terrenal e íntima, con un cartel donde la sensibilidad y la conciencia política convivieron con la euforia guitarrera los sintetizadores. Desde temprano, el Parque Ciudad Empresarial comenzó a llenarse en otro día soleado, mientras los asistentes llegaban en masa con la energía renovada, gorros y bloqueadores listos para entregarse a la introspección y al vértigo existencial que el día prometía. Fue una segunda jornada más bien de acentos y resonancias, marcada por el debut de Bloc Party, el regreso colosal de Massive Attack tras dos décadas de silencio, y la visita mística de Aurora. Aun con esos grandes nombres, la doctrina de este día fue innegablemente femenina. Un poder que se sintió desde el dream-pop de Niebla Niebla hasta el carisma desbordante de Javiera Mena, y de Bratty a Otoboke Beaver. Al final, fue una programación que articuló luchas necesarias, donde la apuesta superó la simple paridad para ser convicción pura, ética y estética. Niebla Niebla: El escalafón más sensible del hyper-gaze De cara a la apertura, a eso de las 13:15, y con la ardua tarea de inaugurar la segunda jornada bajo el sol que caía a plomo sobre el Parque Ciudad Empresarial de Huechuraba, Niebla Niebla, el proyecto alternativo de Princesa Alba, llegó con una propuesta delicada y luminiscente. Con apenas un EP -“cuando te sueño ????” (2022)- sorprendieron con su hipersensibilidad melódica y ese tono íntimo que se desdobla entre la melancolía y lo onírico. Aunque aún persiste la idea de que el autotune pertenece a lo sintético, el grupo logra revertir esa noción, utilizándolo como una extensión emocional, entregando su forma más viva y orgánica. Lo emplean a su favor para generar texturas y sonoridades que se expanden en matices, más allá de los límites tradicionalistas de la música. El conjunto ofreció un show impecable, de sonido cristalino y manejo escénico sobrio, sorprendiendo con una versión de ‘Los Adolescentes’ de Dënver junto a Mariana Montenegro, y con una emotiva interpretación de ‘Oleo’ -de Sien- en homenaje al tío fallecido de la artista. Sin dudas, la manera más luminosa y sensible de inaugurar la segunda fecha festivalera. Candelabro: Deseo, Carne y Mucha Voluntad Tras el cálido punto de partida de Niebla Niebla, el horario estoico abre paso a los más queridos de la casa: Candelabro. El público los recibe con una devoción silenciosa que pronto se transforma en un murmullo de júbilo. Desde los primeros acordes, se percibe esa alquimia particular que solo se logra cuando una banda y su audiencia se reconocen. Hay algo casi ritual en el modo en que Matías Ávila y compañía pisan el escenario: sin grandilocuencias, pero con una seguridad que atraviesa cada nota y cada respiración. Con un disco que irrumpió entre lo más luminoso del año, Candelabro confirma que la madurez artística no siempre llega con el tiempo, sino con la convicción. ‘Dedo Chico’, ‘Señales’ y ‘Haz de Mi’ resuenan como mantras compartidos; las voces se entrelazan, y el eco del público devuelve esas letras como un espejo afectivo. En esas canciones, la nostalgia se mezcla con la euforia, y la melancolía con el pulso vivo de la juventud que todavía busca -y encuentra- sentido en el ruido. En el clímax del set, ‘Pecado’ emerge como un punto de comunión total. Las luces bajan, las miradas se cruzan, y el aire se vuelve denso, casi táctil. Allí, la propuesta de “Deseo, Carne y Voluntad” (2025) se revela con claridad: un testamento del cuerpo y del alma, una obra que no teme hablar desde la vulnerabilidad ni desde el deseo, sino que se escribe como declamación. Todo indica que este disco no será solo un paso más en la carrera de la banda, sino una de esas marcas imborrables que redefinen la escena indie local y su manera de sentir la música. Bratty: Apelando a la simplicidad del afecto A las 14:30, la carretera musical que se extiende desde Culiacán, Sinaloa, encontró su punto de destino en Huechuraba, Santiago. Bratty llegó al Fauna para reclamar su espacio con una convicción más fuerte que el ruido; con la potencia de lo perceptivo, esa dosis necesaria de introspección alternativa en medio de la vorágine propia de un segundo día de festival. Su setlist se tradujo en una lección magistral contra la tiranía de la grandilocuencia. En una era que confunde el impacto con los likes y reproducciones, Bratty demostró que no se necesita pirotecnia para la capitulación emocional del público. Armada solo con un baterista y un guitarrista, su presencia bastó para dibujar un oasis de sonidos suspendido en el tiempo con su indie-pop con tintes surf-rockeros que se reveló como el vehículo perfecto, desplegando un lienzo iluminado por un trabajo vocal engañosamente sutil, pero altamente cautivador. Sus melodías, solo en apariencia efervescentes, sirvieron de cauce lírico para exponer el léxico íntimo de una generación: obsesiones, inseguridades y ansiedades. Por su parte, se destaca ‘Jules’ como el claro ejemplo de dicha tesis, con su ya canónico sampleo a la serie Euphoria, cuya narrativa versa precisamente sobre la fenomenología de la Gen Z. Esta entrega no solo fue musical; en un gesto de profunda comunión territorial, invitó al escenario a los nacionales de Ataquemos, fundiendo así geografías y emociones en el tablado. Fue, en efecto, un show de formato acotado, pero de una autenticidad para almas expansivas. Otoboke Beaver: Estallando desde Kioto Una de las propuestas más explosivas e inesperadas del día vino desde Kioto: Otoboke Beaver, la banda de punk rock japonés que irrumpió como una descarga eléctrica en pleno calor de la tarde. Vestidas en una fusión frenética de fucsia, celeste, naranjo y verde, las cuatro integrantes se apoderaron del escenario con una energía tan intensa como incontrolable, regalando una de las presentaciones más adrenalínicas y enajenadas de toda la entrega. El arranque fue con ‘Yakitori’, y bastaron unos pocos segundos para que el público se lanzara al mosh. Cuando sonó ‘Don’t Light My Fire’, la locura se desató en todas las formas posibles que existen en la música en vivo: gritos, saltos y esa hermosa euforia colectiva. También hubo un espacio de paréntesis lúdico en medio del frenesí para celebrar el cumpleaños de la bajista, Hirochan, y la guitarrista Yoyoyoshie, entre risas y exclamaciones, alcanzó a gritar un entusiasta “¡Chile is so beautiful, uh uh oh oh oh!” con un inglés atropellado y un español precario, pero encantador, a lo que el público más adelante respondió con un coro espontáneo de “¡Olé, olé, Otoboke!” que de seguro se les quedará como un bonito recuerdo del público chileno. Hubo mosh, gritos y un amor a primera escucha para muchos que recién las descubrían y se sumaban de golpe a la fiebre Otoboke. La vocalista, Accorinrin, lideró una performance desquiciada, con gestos ultra expresivos y una energía indomable que contagiaba incluso al personal técnico. Otoboke Beaver le prendió literalmente llamas al escenario con su manifiesto crudo y rebelde de que el punk no está muerto, solo hay que saber buscarlo. Javiera Mena: Reina indiscutida del pop Una querida de la casa; dama y señora de sintetizadores y teclados, se toma el escenario Levi’s con la elegancia de quien no necesita presentación. Javiera Mena inaugura la fiesta alternativa de la jornada con esa mezcla inconfundible de sofisticación y vértigo que solo ella domina. Su figura, envuelta en luces coloridas y destellos eléctricos, marca el pulso de una noche que promete comunión, ritmo y deseo. Pese a que la autora de “Esquemas Juveniles” (2025) apuesta por un catálogo seguro, cada acorde confirma su vigencia y su magnetismo. ‘Hasta la Verdad’, abre el set con una potencia emocional que atraviesa el aire, recordando que la historia de Javiera siempre ha estado escrita en clave pop; melodías pulidas, líricas transparentes y una energía que equilibra nostalgia y modernidad. Dueña de las retóricas de ‘Otra Era’, Mena reafirma que su lenguaje no envejece, sino que muta con la misma naturalidad con la que el cuerpo se entrega al movimiento. Las variaciones y sorpresas se entrelazan con los pulsos de “Inmersión” (2025), su más reciente travesía sonora. ‘Mar de Coral’ irrumpe como un respiro, certera, concreta y luminosa. Luego, el cierre se siente inevitable pero triunfal. Con ‘Luz de piedra de Luna’, el baile se desata y el público se rinde ante esa mezcla de furor y delicadeza que define su universo. El outro de ‘Sufrir’ deja flotando un eco melancólico, una especie de reverencia colectiva, porque Javiera Mena, brillante, se despide recordándonos por qué sigue siendo -y será- el alma incandescente del pop alternativo chileno. Tash Sultana: Alma y raíz Una de las más esperadas de la jornada se abre paso a una presentación que respira oficio y verdad. Su trayectoria no necesita de adornos ni trucos; se sostiene en la fuerza pura de los instrumentos y en la emoción que brota cuando la música se vuelve lenguaje. Cada acorde parece una invitación a mirar hacia dentro, a recordar que la autenticidad, cuando es real, no se impone: se siente. ‘Unleash The Rage’ fue la elegida para quebrar el breve silencio que dejó la presentación de The Whitest Boy Alive. Una apertura estratégica y visceral, porque “Return to Roots” (2025) no es solo un nuevo trabajo discográfico, es una declaración. En este álbum, Tash Sultana se reencuentra con su origen, despojándose de todo exceso para revelar la esencia que la convirtió en una de las artistas más magnéticas de su generación. Su interpretación encarna ese retorno, una intensidad controlada, vulnerabilidad expuesta y una libertad que se palpa en el aire. Las sorpresas, como siempre, habitan en los gestos mínimos. La aurora de “Flow State” (2018) se proyecta sobre el escenario cuando aparece con una camiseta de la Selección Chilena, gesto que desata la ovación de un público que la siente cercana, propia. Entre las luces del atardecer, los ecos de ‘I Shot the Sheriff’ de The Wailers y ‘Nights Over Egypt’ de The Jones Girls fluyen con naturalidad, como si cada versión fuera un tributo íntimo. El cierre llega con ‘Black Bird’, mientras el sol se oculta detrás del parque de Ciudad Empresarial: un broche perfecto para un regreso esperado. Porque el espacio puede ser pequeño, pero Chile -como su público- la quiere en grande. The Whitest Boy Alive: Armonía bajo control Justo cuando los 23 grados comenzaban a ceder y la tarde entraba en su fase más avanzada, llegó el turno de The Whitest Boy Alive. Con toda la minimaleza nórdica y su groove amable, el proyecto liderado por Erlend Øye -un músico querido y recurrente en Chile- ofreció un show mesurado, apacible y refinado. Fue la propuesta ideal para esa hora, pensada para apreciar mejor la sincronía impecable de los elementos que la componían. Abrieron con ‘Keep a Secret’ y ‘High on the Heels’, y bastaron unas cuantas notas para dejar claro que su música, de apariencia simple, se sostiene en una armonía perfecta entre bajo, guitarra, batería y teclados; una estética deliberadamente “blanca” en su pulcritud y prudencia. El set se encaminó hacia el cierre con su tema más reconocible, ‘Burning’, donde el bajo destacó con una línea fundamental y magnética, haciendo de cada nota, una entonada para que sea escuchada con precisión cerebral. Todo fue un paréntesis introspectivo bien colocado, de esos que los cientos de seguidores de Erlend Øye saben apreciar. No por nada Chile está entre los tres países donde más se escucha a The Whitest Boy Alive, y en esta tarde quedó justificado por qué. Bloc Party: Love and Rockets Siendo las 20:30 horas, el escenario Levi’s se vuelve un espacio de sobriedad luminosa. Las gráficas se reducen a un solo nombre: Bloc Party. La espera se condensa en un murmullo eléctrico, ese tipo de silencio expectante que solo se genera cuando el público sabe que está a punto de reencontrarse con una parte esencial de su historia. Para muchos, las canciones de los londinenses fueron refugio, desahogo, banda sonora de un tiempo donde la melancolía se mezclaba con la euforia del ruido. Con la celebración de los 20 años de “Silent Alarm” (2005) bajo el brazo, el debut de la agrupación liderada por Kele Okereke parecía escrito en destino. El escenario, sin artificios, se convirtió en un territorio de comunión y memoria. La precisión de los horarios -algo que pocas veces se logra en un festival-, permitió que el ritual comenzara con ‘So Here We Are’, un eslabón de alto voltaje que marcó el tono de la noche, nostálgico, contundente y, sobre todo, emocional. ‘She’s Hearing Voices’ y ‘Mercury’ abrieron paso al verdadero frenesí. Entre luces y guitarras tensas, el público se dejó arrastrar por esa energía que caracteriza a Bloc Party desde sus primeros días. Cuando llegó ‘Banquet’, la multitud explotó, se cantó a gritos, se bailó sin medida, se recordó sin pensar. En ese instante, el tiempo se plegó sobre sí mismo y la canción, como un viejo amigo, regresó intacta, recordando por qué sigue siendo uno de los himnos del indie británico de mediados de los dos mil. Sin embargo, la brevedad del set dejó una sensación de deseo inconcluso. A pesar de que los 20 años de “Silent Alarm” sirvieron como carta segura, varias piezas esenciales de su discografía quedaron fuera. Faltaron esos matices que han acompañado su evolución y que habrían permitido entrever al Bloc Party que hoy, después de dos décadas, sigue explorando nuevas formas de intensidad. Quizás por eso, la presentación se sintió como un paréntesis brillante, pero también como una promesa abierta: la invitación a volver a Chile tan pronto como sea posible. El cierre fue un estallido emocional. ‘Live Within’, ‘Positive Tension’ y ‘Like Eating Glass’ marcaron los puntos más altos del recorrido, pero fue con ‘Helicopter’ cuando la locura se desbordó por completo. Luego, en el último respiro, llegó ‘This Modern Love’, esa canción que ha sobrevivido a los años como un espejo de los amores que no terminan de comprenderse, de los vínculos que se quiebran sin romperse. En ella, Bloc Party recordó -y nos recordó- que incluso en la incomprensión y la distancia, sigue existiendo la posibilidad de tender puentes, aunque sea sobre los restos inestables del pasado. Aurora: Un hada entre mortales Como si de un pasaje de la mitología nórdica se tratara, al atardecer, cuando el sol iniciaba su retirada dorada tras las montañas, arribó al escenario la cantautora noruega, la extraterrenal Aurora. Fue una de las promesas más consolidadas de la lírica actual, cuya sola presencia pareció ser la venida de un ser elemental a nuestro plano para recordarnos la existencia de lo sacro en lo cotidiano. Su set se inició con la invocación de ‘Churchyard’ y ‘Soulless Creatures’, y bastaron apenas unos segundos para que su voz, de pureza líquida e inmaterial, surcara los aires con una hermosura que solo poseían los seres dotados de una sensibilidad superior. Cada nota brotó de una fuente interior conectada a la fons vitae, a la fuente divina de la que hablaban los místicos, y el público lo sintió en lo más profundo. Lo que siguió fue un estremecimiento común, una comunión de piel y espíritu en la que amor, rabia y belleza se entrelazaron. La perfección de su calidad vocal se destacó, pero fue su mensaje lo que ancló la experiencia: un compromiso irrenunciable de apoyo a las mujeres trans, a todas las disidencias y a Palestina, una convicción sobre la inclusión que ha sido siempre medular en su arte. El público experimentó un sacudimiento epidérmico de poder y convocatoria emocional, desatando un abanico de afectos que fue desde el amor más puro hasta la rabia necesaria que existe en este planeta al predicar con un mensaje de amor incondicional, empatía y fe en la compleja dignidad de la naturaleza humana, que ya casi no existe en este mundo. Eso, sumado a su carisma y poderío vocal, da simplemente la fórmula mágica para ganarse los corazones y oídos de todos. Así fue como cerró su acto con la intensidad de ‘Giving In to the Love’, dejando la certidumbre de que es, sin lugar a dudas, un ser elevado que, cual musa bajada del Éter, descendió a este plano para recordarnos la magia inherente a la existencia, y así dejar al país mesmerizado bajo su encanto. Massive Attack: Performance y política Tras la confirmación del regreso de Massive Attack en Chile, las alertas se encendieron a nivel macro, porque la última vez que pisaron suelo nacional, fue al extinto festival SUE, por aquel lejano 2010. Hay líneas que solo pueden ser vistas por quienes saben observar desde lo lejos, leyendo con atención y profunda observación. La verdad es que el tiempo deja huellas complejas en nuestra memoria. Uno de los ejes analíticos que propone RJ Wheaton en su libro Trip-Hop -recientemente traducido al español- aborda precisamente esa crítica al paso del tiempo en la música, específicamente, el modo en que el trip-hop se ha diluido en en una mixtura de sonoridades que únicamente acompañan a consumidores en cafeterías, e incluso centros comerciales, despojando al género incluso de su propia historia. Abrazar el trip-hop no es solo recordar beats con texturas, es reconocer en sus fracturas la profundidad de una historia que se escribe desde los suburbios, en territorios donde la afrodescendencia contrasta con el estigma, porque el trip-hop esconde tantas desigualdades, como performance política, y eso muy bien lo saben los Bristolianos de Massive Attack. Con un sonido envolvente, los británicos irrumpen en escena desde las sombras. Las luces tenues solo iluminan a quienes toman el protagonismo desde lo colectivo. Un acto, que lejos de ser minimalista, guarda una profunda carga performática, donde el arte se funde con lo político, tensionando al snob y reduciéndolo a su mínima expresión. ‘In My Mind’ abrió la noche entre la ovación del respetable. Casi como si se tratara de una broma cruel, por el costado izquierdo el público se agolpaba para vivir los clásicos que tejieron historias; mientras, en el sector VIP, la música era apenas un telón de fondo para conversaciones livianas. Dos rostros crudos de una misma realidad, mostrando que la fractura del capitalismo tardío se refleja en el binarismo de la música como brújula vital para unos, y mero decorado de consumo para otros. El espejo más crudo de una cultura que, mezclada con lo mainstream, se vacía de sentido. Frente a todo, Massive Attack. Visuales afiladas como estocadas de realidad, porque el arte, cuando incomoda, deja de ser mercancía. Los rostros del público se volvieron parte del montaje, en una intervención que tensionó los cimientos del establishment. Mientras algunos miraban absortos las pantallas, otros reflexionaban sobre las profesiones que aparecían resaltadas. No obstante, la pregunta que merece ser levantada es: ¿Eran acaso esos rostros una crítica a la exposición mercantil, donde el valor humano se mide en oficios y no en potencialidades, en etiquetas más que en historias? La presentación alcanzó un punto de inflexión con la aparición de Elizabeth Fraser. La ovación a la excantante de Cocteau Twins, colaboradora de Massive Attack desde los días de “Mezzanine” (1998), retumbó como un deseo cumplido. Su voz -etérea, susurrante-, en ‘Black Milk’ contrastó con los beats duros y los paisajes sonoros que se desplegaban en el escenario. Su canto tejía el alma del espectáculo, lo convertía en rito. La intensidad no cesó. Con Deborah Miller al micrófono, ‘Unfinished Sympathy’ iluminó el aire, acompañada de un juego de luces que alternaba contraluces y sombras, revelando a los músicos como siluetas de resistencia. Entre versiones de Tim Buckley y Ultravox, la irrupción de ‘Levels’ de Avicii rompió la atmósfera. En el sector VIP, el hit se celebraba con euforia de “carrete de fin de semana”; en el otro costado, rostros atónitos entendían el mensaje: para sostener la desigualdad, hay que adormecer a las masas. Los clásicos ‘Safe From Harm’ y ‘Unfinished Sympathy’ cerraron el cerco. Las gráficas tomaron un cariz cinematográfico, una denuncia sin ambigüedades: lo que la televisión calla, lo que las redes censuran, lo que los medios ocultan. Massive Attack proyectó los rostros de los culpables y los nombres de los pueblos violentados. En el Estado legítimo de Palestina, recordaron que se asesinan infancias, se bombardean escuelas, se mutilan sueños. Allí donde no mata la bomba, mata el hambre. Para el cierre, Fraser entonó Teardrop, como un respiro entre tanta intensidad. La música se volvió plegaria, y las pantallas proyectaron un mensaje nítido: “Congo, Sudán, Palestina”. A los costados, brilló la palabra LIBRE. Una declaración política. Un acto de resistencia que hace de Massive Attack no solo un concierto, sino una consigna sonora contra el olvido. Karin Ramírez Bárbara Henríquez Fotos: Hernán Urtubia Fotos Niebla Niebla y Bratty: Gary Go Foto Candelabro: Paulo Reyes Tags #Fauna Primavera #2025 #Tash Sultana #Niebla Niebla #Candelabro #Bratty #Massive Attack #Aurora #Javiera Mena #Bloc Party #Otobeke Beaver #Whitest Boy Alive Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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