Graveyard: Cómodamente aturdidos Una velada llena de entrega, sinceridad y potencia Lunes, 04 de Mayo de 2026 Domingo 3 de mayo, 2026 Epicentro, Santiago Galería de imágenes AQUÍ Unos días antes de llegar a Brasil, Johanna Platow de Lucifer publicó una foto notable en su Instagram. Era un rayado en la pared de uno de los venues latinoamericanos que decía lo siguiente: “Hola Graveyard & Lucifer. Que tengan un gran show. Atentamente, Kadavar”. El afectuoso mensaje de los alemanes da cuenta de un gran primer semestre de 2026 para los ritualistas del rock sabbathico. Al menos una vez por mes hemos tenido un show para degustar riffs hasta caer satisfechos al piso y lo de Graveyard no se queda atrás. Acompañados por Bike, combo brasileño que comparte las credenciales de la psicodelia pesada, los suecos estaban agendados para hacer volar el Espacio Epicentro a punta de puro rock añejado en roble. La propuesta de Bike es bastante espacial. Confían en loops eléctricos, guitarras minimalistas, bajos estoicos, baterías tribales… y el ruido, el santo ruido. Diego Xavier no solo lideró desde la guitarra y el micrófono cantando en portugués, sino que manejó el sintetizador como si piloteara una nave espacial que va cayendo en picada en ‘Todos os Olhos’. Por su parte, la guitarra de Julito Cavalcante en ‘NEU!A’ -ojo con el guiño en el título- fue un ente abstracto, sus manos pasaron por el diapasón de un lado al otro privilegiando la atmósfera por sobre los acordes. El bajo de Gil Mosolino funcionó como la columna vertebral en ‘Sucuri’ y ‘Bico de Ouro’, es decir, no fue tan etéreo como sus demás compañeros en las cuerdas, pero se transformó en un monstruo voraz cuando se distorsionó. Al centro, Daniel Fumega fue un verdadero carnaval en ‘Olho D'Água Grande’. Dio el movimiento y propuso los ritmos bailables en una canción que dejó a los asistentes suspendidos en el aire. Hubo mucho de Sonic Youth, de seguro, pero también krautrock, con el espíritu de Guru Guru, Neu! o Can por delante, y una pizca de Os Mutantes para completar una receta que causó una gran sorpresa. Bike fue todo un acierto porque nos recordó que el rock pesado se adapta a nuestras raíces y costumbres en Latinoamérica. Los que ya tienen la “experiencia Graveyard” en su pasaporte musical saben que el show de los suecos es una travesía por toda su discografía. Sin la presión de presentar un nuevo álbum, la tercera visita empezó fuerte desde el primer contacto con una tripleta de alto impacto: ‘Please Don't’, ‘Walk On’ y ‘Ain't Fit to Live Here’. El combo al mentón fue directo, no hubo excusas para no comenzar a moverse apenas vimos en escena al baterista Oskar Bergenheim, al bajista Truls Mörck, al guitarrista principal Jonatan Larocca-Ramm y al vocalista y también guitarrista Joakim Nilsson. La primera muestra de ese blues exquisito que manejan al dedillo fue en ‘Breathe In Breathe Out’, ya que nos sumergió en un vuelo que va tomando altura de a poco hasta estallar. Bergenheim y Mörck son esenciales para entender la siguiente ‘From a Hole in the Wall’. Desde las baquetas, el primero fue implacable. Al principio, agarró la velocidad del garage rock, pero bajó los cambios para otorgar el swing necesario que resaltó la voz del segundo, quien aplacó las cuatro cuerdas con urgencia, la misma con la que cantaba desatado en el micrófono. En ‘Cold Love’, Mörck respaldó al desgarrado Nilsson, acompañándolo en las segundas voces para darle cuerpo a una canción dura y sentida. Más adelante, ‘Bird of Paradise’ sería otro momento en que Mörck destacó ya no desde la furia, sino desde el rock clásico en la tradición de bajistas-vocalistas como Jack Bruce. ‘No Good, Mr. Holden’ y ‘Rampant Fields’ fueron buenos ejemplos para fijar la vista en Jonatan Larocca-Ramm. Se le vio concentrado, pero siempre al servicio de una interpretación inteligente, con solos ejecutados para apelar al sentimiento más que al virtuosismo desmedido. Cuando se trata del blues, es un músico en extremo cuidadoso, desde las quintas hasta solear confiando en el poder de su vibrato. Aunque ‘An Industry of Murder’ encendió el ambiente, Larocca-Ramm parecía disfrutar desde la tranquilidad. Conectó con la audiencia durante los versos y los coros, pero en los solos su única preocupación era poner a la guitarra en la primera línea. ‘Hisingen Blues’ y ‘Goliath’ exigieron la mejor versión de Joakim Nilsson y este cumplió. Capitaneó ambas desde el micrófono central con esa voz áspera, aguardentosa y frontal. No nos olvidamos de que también es un hachero de temer, tanto en su rol principal como cuando forma una pared con Larocca-Ramm, haciendo que tus ojos no se despeguen de las cuerdas gemelas. Sin lugar a dudas, ‘Uncomfortably Numb’ fue uno de los instantes de mayor emoción. Aquí fue cuando la voz de Nilsson creció hasta llegar al infinito con un Espacio Epicentro que no se guardó nada cantando uno de los tracks más imponentes de su catálogo. Fue un escape placentero, nuestras cabezas volaron cómodamente adormecidas por una melodía sufrida y una letra que sangra por mil heridas, pero nos despertó a pura distorsión galopante. ‘Twice’ abrió la segunda parte del repertorio con energía vibrante, mientras que ‘Evil Ways’ mantuvo las cabezas moviéndose con ese riff que es pura brutalidad. ‘Hard Times Lovin’ nos envolvió en un manto de oscuridad, una descarga de desolación convertida en música que te deja entumecido. Todo cambió con ‘Satan's Finest’, un regalo para un público que respondió con calidez, máxima sincronía entre el cuarteto y su gente que dejó una de las mejores postales del concierto. Bien sabemos que una noche con Graveyard no se acaba hasta que aparece ‘The Siren’ y los liderados por Nilsson son hombres de tradición. Esa mezcla entre calma e intensidad volvió a embrujarnos y selló el pacto entre suecos y chilenos con un abrazo musical apretado. Pareciera que Graveyard siempre regresa en mejor forma. Su primer paso por RBX no tiene comparación y Sala Metrónomo fue un espectáculo sólido, pero esta nueva arremetida en Espacio Epicentro tuvo todos los ingredientes para inscribirse con letras doradas en el recuerdo de sus fanáticos. La potencia nunca decayó, al contrario, cada uno de los tracks doblaba la apuesta para aprovechar cada segundo de una banda que contagia su fuerza con el acto que monta en las tarimas. Si hay una palabra que puede definir el nuevo paso del cuarteto en nuestras tierras esa es: “comodidad”. No estamos usándola en un sentido negativo, estamos a miles de años luz de conceptos como el conformismo o el estancamiento. Todo lo contrario. Hablamos de una simpatía mutua, de soltura, de un público participativo y una cofradía con una entrega inquebrantable que jugó de local. Los deseos de Kadavar en esa pared se cumplieron a rajatabla porque sus amigos de Graveyard nos regalaron más que un buen show, fue un ataque directo a los sentidos para aturdirnos cómodamente con un rock que surge desde las entrañas y no negocia su sinceridad. Pablo Cerda S. Fotos: Vicente Chacón Tags #Graveyard #BIKE Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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