Herbie Hancock River: The Joni Letters Jueves, 04 de Octubre de 2007 2007. Verve Si hay algo que se pueda aseverar, de forma fehaciente, del maestro Herbie Hancock, es que así como en su carrera ha conseguido logros artísticos despampanantes, llenos de vitalidad, experimentación y una sapiencia casi sin par, también hay que decir que el gran pianista ha tocado fondo con otras fusiones, que no alcanzan ni la fuerza ni la originalidad de sus grandes trabajos, que por cierto, son muchos. Ahora, tampoco hay que crucificar a Hancock en sus afanes de exploración dentro del jazz contemporáneo; hay veces en que las musas lo acompañan y otras, las menos, en que lo dejan a la deriva. Algo así le pasó con “Possibilities”, su placa del año 2005 en la que se juntó un selecto grupo de artistas de rock y pop (Trey Anastasio, Sting, Santana, Christina Aguilera, Annie Lennox, entre otros) y que adecuó composiciones al estilo de cada invitado. El resultado fue bastante pobre, con un par de composiciones que salvaron un álbum que, para la historia de Hancock, el término mediocre le calzaba perfecto. Para este álbum, sin embargo, el pianista y compositor decidió repetir sólo un paso de su estrategia pasada: invitar a algunos cantantes para que le acompañaran. El otro punto, las composiciones, las dejo a un proyecto que el pianista tenía guardado y que ahora consideraba prudente entregar: revisionar temas de Joni Mitchell en un estilo más jazz (incluso más que los de la misma Mitchell), más orientado al post-bop. Para ello, junto a un grupo de “amigos”: Dave Holland, Wayne Shorter, Vinnie Colaiuta y un “desconocido” guitarrista llamado Lionel Loueke, quien ya había colaborado con Hancock en su placa del 2005 y, además, con Dave Holland en otro registro. Con esta formación, Hancock nos presenta “River: The Joni Letters” y de entrada nos golpea directo en la quijada con ‘Court and Spark’, interpretada en la voz de Norah Jones. La versión es tan completa, que en lo personal creo que la señorita Jones debería dejar sus cruces más pop-jazz y dedicarse a lo vocal, porque su interpretación de este clásico es estremecedora. Su voz adquiere una fuerza que, curiosamente, sus registros aplacan. La banda, por otra parte, califica como uno de los mejores ensambles de jazz del último tiempo. El piano de Hancock como columna vertebral es notable, así como la sección rítmica con Holland, Colaiuta y el joven Loueke en las seis cuerdas. No obstante, es el gran Wayne Shorter el que, en su ya patentado estilo, se lleva las palmas. La segunda invitada es Tina Turner. Y si el nombre causa sorpresa, su interpretación de ‘Edith and the Kingpin’ dejará boquiabierto al auditor. Su profunda y rasposa voz, con mucho soul, rememorando a figuras ya legendarias como Billie Holiday, se convierte en un punto sublime de este largaduración. Hay, además, una textura generada por la guitarra de Loueke que es notable, muy delicada, tenue pero no desapercibida o intrascendente. Tras dos temas con voces, Hancock y compañía se dejan llevar en un instrumental, rememorando al corte ‘Both Sides Now’. Así, el pianista construye sus frases melódicas bajo una singular y electrizante belleza, con un toque fino, suave, que se deja acompañar por el contrabajo profundo de Holland y la batería acariciada gentilmente por Colaiuta, que utiliza cepillos para dar un toque más intimo. Y todo eso se realza cuando un inspirado Wayne Shorter entra a erizar las emociones con su saxo, mientras que Loueke va detrás de todos, generando una exquisita red de acordes que acompaña a Hancock y su emotivo piano. La participación más “comercial”, quizás, llega de la mano con la cantante Corinne Bailey Rae: artista británica ligada al neo-soul, que debutó favorablemente con su placa homónima, y que para este álbum revisionó ‘River’. Y aunque la voz suave y gentil de la cantante inglesa es correcta, el que se lleva los aplausos es Wayne Shorter, que con su saxo estremece y abraza al tema, mientras que Loueke se pasea por terrenos más orientados a lo acústico, demostrando una gran ejecución. ‘Sweet Bird’, en plan instrumental se hace presente para dejar en claro que este grupo no se anda con chicas; entre Hancock y Loueke, quien en ocasiones muy contadas utiliza efectos de sonido como reverbs, generan una atmósfera más que llamativa para que el soberbio saxo de Shorter entre al ruedo. Y no está de más mencionar a esa gran base rítmica que componen Holland y Colaiuta. Sin duda, que este es otro punto alto del cedé. No obstante, sólo la musa inspiradora de este tributo podía llenar las expectativas; Joni Mitchell canta como si fuera la reencarnación de Billie Holiday, Count Basie u otras. Su propio corte ‘Tea Leaf Prophecy’, crece de formas insospechadas bajo la hermosa guía de su voz. De hecho, el mismo Hancock había declarado, con respecto a este tributo, que “si Joni Mitchell no es una cantante de jazz, entonces no sé quién lo sea”. Y claramente, el maestro no se equivoca porque la voz de la Mitchell no sólo queda perfecta, en una posición que ciertamente le acomoda; al mismo tiempo, la gran banda que la acompaña suena vivaz, gentil, rebosante de una sabiduría musical única. Es esta misma condición de sapiencia, de mezcla entre experticia y juventud (en el caso del guitarrista Lionel Loueke), queda plasmada en la primera de dos composiciones que no son de autoría de Joni Mitchell; ‘Solitude’, un standard creado por el legendario maestro Duke Ellington, suena contemporáneo aunque date de los años 20. Una exquisita balada en la que Herbie Hancock lee muy bien el sentimiento original del corte, así como toda la banda que todo el momento brilla con luces propias, en especial Vinnie Colaiuta. Luego de este paréntesis, la artista brasilera Luciana Souza toma un emblemático como ‘Amelia’ y, francamente, este debe ser el punto más “bajo” de todo el elepé. Y es que es cierto que la cantante carioca se despacha una gran interpretación pero, al contrario de los otros invitados, incluyendo a la misma Joni, Souza se atiene mucho al original, incluso impostando la voz como Mitchell. Y aunque Shorter, Hancock y compañía quedan como el acompañamiento ideal, en especial el del saxofonista, Souza se restringe mucho, con poca experimentación que, para la homenajeada, es una de las piezas fundamentales de su música. Aún así, la versión de ‘Amelia’ suena bien, aunque poco arriesgada. Pero si de riesgos se trata, cuando los viejos amigos Hancock y Shorter deciden revisitar ‘Nefertiti’, la palabra queda chica. Las complejas rítmicas del piano y el saxo siempre improvisando hacen que esta versión no se parezca ni un ápice a la original del año 1967, cuando ambos crearon este corte que anticipó el cambio radical de Miles Davis a los terrenos de lo eléctrico. Y esta es solo la antesala, genial por lo demás, del cierre de este tremendo álbum, que se aleja de todo lo escuchado cuando aparece en escena Leonard Cohen y Herbie Hancock, solos; mientras el pianista va construyendo sus ya clásicas progresiones en su instrumento, Cohen recurre a su faceta de escritor para recitar ‘Jungle Line’, que con su voz profunda nos recuerda que Joni Mitchell es, ante todo, una poeta, una visionaria de su generación, que con el narrador adquiere ribetes épicos, más orientados a un “spoken” y que, por ello, cierra de gran forma este trabajo. Uno puede inferir que la estrategia de Herbie Hancock es componer piezas para invitar a vocalistas del mundo pop para su interpretación. Ya van dos registros de estas características, lo que lleva a creer que sus próximas entregas vendrían en la misma senda. Sin embargo, con este homenaje a Joni Mitchell, el legendario pianista demuestra sus credenciales una vez más. Y si bien es cierto que en esta placa no hay cortes de su autoría, la reinvención y reinterpretación que hace de las composiciones de este “River: The Joni Letters” es soberbia, llena de un espíritu siempre innovador. Que no quepa dudas de que éste debe ser uno de los mejores discos de jazz de este 2007 que entra a su recta final. Felipe Kraljevich M. Tags #Herbie Hancock #River: The Joni Letters Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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