Tool: Elegimos estar aquí La geometría de un concierto canónico Miércoles, 26 de Marzo de 2025 Martes 25 de marzo, 2025 Movistar Arena, Santiago Galería de imágenes AQUÍ Existe una máxima entre las y los melómanos que es decidora a la hora de abordar la experiencia de lo vivido en los dos conciertos que brindó Tool en Chile: la música por sobre todo. Si bien la sentencia pareciese ser muy mezquina teniendo en cuenta el volumen de la propuesta artística en su globalidad –donde la visualidad cobra vital importancia en la performance en vivo–, hay momentos claves en varios pasajes del show donde todo eso se difumina en el éter de la complejidad, la belleza y la furia de su universo sónico. Si solo nos enfocamos en lo ocurrido la pasada noche del martes, en la única presentación en solitario del cuarteto californiano en Latinoamérica (¿acaso un premio a todos los años en que Santiago ha sido una de las ciudades donde más se escucha su música en las plataformas digitales?), lo primero que se percibía entre los miles de fanáticos que colmaron el Movistar Arena era su ansiedad a flor de piel. La larga espera de tres décadas era un ánima omnipresente sobre cada persona que por fin concluiría. ¿Era real que Tool tocaría en Chile en un concierto más "íntimo"? Pese a que muchas y muchos de los que estaban ahí habían asistido dos días antes a Lollapalooza, y con las redes sociales copadas de fotos, historias y reels con retazos del show del domingo, el sentimiento de euforia permanecía, aún cuando se estaba a minutos de romper la "maldición" de la espera por ver a una de las bandas de culto del rock moderno en nuestro país, y que ni el bueno de Alain Johannes, con su correctísimo y poderoso show previo, pudo apaciguar. Emoción. Gritos. Manos alzadas. Cumpliendo el sueño. El corazón a mil pulsaciones. Desde los primeros acordes de 'Fear Inoculum', uno ya sabe que está frente de algo sublime. El imaginario que ha creado la banda con el tiempo aumenta ese sentir. En esos momentos iniciales, el público pone el cuerpo por delante para vivir la experiencia y sacudirse las ansias. Pero a medida que avanzan los minutos, el muro de sonido que se levanta con la cadencia percutiva de Danny Carey y los matemáticos riffs de Adam Jones envuelven a la audiencia, hasta llegar a ese instante donde la música que está emergiendo del escenario lo es todo. Un espectáculo autocontemplativo donde yacemos casi inmóviles, mirando fijo hacia adelante, oscilando levemente –casi por espasmo–, como si estuviésemos en un estado catatónico, viviendo una experiencia introspectiva muy personal, a pesar de estar rodeados de otras y otros que están en el mismo trance colectivo. Las calculadas pausas y silencios entre canciones, las zigzagueantes líneas de bajo del histriónico Justin Chancellor ('Schism'), los polirrítmicos solos y fills de Carey ('Pneuma'), o las frases más reconocidas que el inquietante Maynard James Keenan dispara entre efectos y megáfonos ('Ænema'), funcionan como el tótem de Cobb, donde al igual que en Inception, nos permiten reconocer que estamos en este plano y no en un estado de ensueño eterno. Al volver en sí, nos sacudimos a los gritos del letargo al que esta música nos lleva. Un ejemplo claro de esa sensación es cuando entra la atronadora batería en 'Jambi' o el susurro inquietante de Maynard en 'Stinkfist'. Pero a poco andar, en cada tema la banda va construyendo incansablemente atmósferas lisérgicas, pesadas y amenazantes, apoyadas por las imágenes en las pantallas, con la estética visual marca registrada de Alex Grey. Entonces, volvemos a caer en el denso y adicto caos sónico y lumínico, cuyo espectáculo también reclama protagonismo y que, en varios pasajes, usa todo el espacio, con haces de luces que se proyectan sobre los rincones de la cúpula, donde el público incluso debe darse vuelta para ver qué está pasando a sus espaldas. Con todo lo que se ganó en este show en solitario, la comparación con lo ocurrido en Lollapalooza se hace inevitable. Para quienes la última entrega discográfica de la banda significa un pináculo en su carrera, la inclusión de 'Descending' o la espectacular 'Invincible' fue un regalo irrenunciable. Sin embargo, para quienes "Lateralus" marcó parte de su juventud, o fue el disco que los noqueó o el que los inició en su fanatismo (y acá mucho tiene que ver la labor social que Gonzalo Frías hizo desde el 7° Vicio, introduciendo Tool a las poblaciones de nuestro insular país), lo de la noche del martes queda en deuda, a pesar de ese tibio regreso aún más al pasado de la mano de una oscura versión de 'Flood'. Lo que pasó en los pastos de Cerrillos con 'The Grudge' y sobre todo con 'Parabol/Parabola' tiene un calibre emocional que no es antojadizo, sino que se materializó en lágrimas y gritos descollantes. Con el peso de un sonido que aturde, aplasta y que nunca flaqueó, donde se nota que el cuidado por la calidad de audio también es algo que los obsesiona, Tool dio cátedra del por qué son un proyecto expansivo, desafiante y que causa tanta devoción, por encima de sus complejidades, tanto musicales como filosóficas (y del desliz en 'Schism', que rápidamente fue retomada, con una complicidad absoluta y que "humanizó" a un grupo demasiado asociado con la perfección en todas sus aristas). Una experiencia única, quizás solo comparable a otros actos del último tiempo con artífices del rock progresivo como Roger Waters, King Crimson o Porcupine Tree, que también han reimpregnado de sofisticación y misticismo su identidad y propuesta, una que requiere tiempo para decantar, asimilar y valorar en toda su dimensión. Pocos artistas, cuya celebridad está atada al ethos de la música popular por trayectoria, logran no pertenecer a un cajón de la industria cultural y sobrevivir tres décadas sin tener pretextos atados al consumo y al entretenimiento, y lograr igualmente desconectarse del todo de las lógicas de esa matrix insalvable. Tool demostró en vivo y en directo toda la espectacularidad de su performance a la que solo podíamos leer en crónicas foráneas, ver en shows editados por fanáticos con videos caseros en YouTube, o en vivencias de quienes habían tenido el privilegio de viajar para asistir a un concierto en otras latitudes. "No hay palabras", decían los correligionarios saliendo del Parque O'Higgins. Las hay, pero queda algo más importante: a pesar que ni la fama, ni el dinero, ni los amigos, ni el amor duran para siempre, el recuerdo de este show quedará suspendido en el tiempo, en la atmósfera de un momento que sabíamos estaba hecho para nosotros, que llegó de sorpresa y que permanecerá ahí hasta nuestros últimos días, como un signo del destino y del tiempo, donde todas las piezas encajaron. Donde la música fue todo. César Tudela Fotos: Hernán Urtubia Tags #Tool #Maynard James Keenan #Danny Carey #Adam Jones #Justin Chancellor #Lollapalooza #Lollapalooza Chile #Alain Johannes Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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