La construcción ritual de Teodioteodio La banda nacional nos adentra en su presente Viernes, 19 de Junio de 2026 Publicado originalmente en revista Rockaxis #275, mayo de 2026. Desde la tensión entre el ruido y el silencio, la poesía y la distorsión, la banda conformada por Felipe Barahona (palabra hablada), Francisco Ortúzar (bajo), Vicente González (guitarra), Tomás Alvear (batería), Pedro Krebs (guitarra) y Diego Álvarez (voz), construye un debut donde lo colectivo no solo define su sonido, sino también una forma de habitar la música y su tiempo. Fernanda Hein La pantalla se divide en dos. De un lado, Diego Álvarez aparece desde un parque: hay ruido ambiente, hojas moviéndose, una luz que no es del todo controlable. Del otro, Francisco Ortúzar está en una sala cerrada, con paredes neutras, sonido contenido, casi sin interferencias. La conversación fluye entre ambos espacios, como si fueran dos polos que se tensionan y se equilibran constantemente. Afuera y adentro. Naturaleza y encierro. Caos y control. Es imposible no pensar que, de alguna forma, esa imagen resume el corazón del disco debut de Teodioteodio, “Echaremos el Cielo Abajo a Patadas”. La entrevista ocurre por Zoom, pero la sensación no es distante. Hay algo vivo, inmediato, incluso desordenado en la forma en que hablan, se interrumpen, se complementan. Se ríen, se pisan, se corrigen. No hay guion. Y eso, en tiempos donde incluso las respuestas parecen ensayadas, se vuelve un gesto político. Desde ahí, la conversación fluye sin rigidez, sin la estructura clásica de pregunta y respuesta. Hay interrupciones, risas, desvíos. Una sensación de presente compartido que se parece bastante a cómo describen su propia música: algo que se construye en tiempo real, sin buscar demasiado la forma final. Ese mismo espíritu aparece cuando intentan poner en palabras el momento en el que están ahora, apenas semanas después de haber publicado su debut. No hay una narrativa épica ni un discurso preparado. Más bien, una especie de suspensión, de estar todavía entendiendo lo que pasó. Han estado ensayando, comentan, casi como una necesidad más que como una obligación. La música no se detiene después del lanzamiento, sino que parece intensificarse. Parte importante de esos días recientes ha girado en torno a su presentación en Rojas Magallanes, pero no solo como recuerdo, sino como material que siguen revisitando. Ver el registro del show completo se transformó en una experiencia en sí misma, algo que todavía los sorprende: hablan de él como «un trabajo enorme, hermoso», con una mezcla de orgullo y asombro que no suena impostada. Hay algo en ese ejercicio de mirarse desde afuera que les permite dimensionar lo que hicieron, como si recién ahí comenzaran a entenderlo. Pero el impulso creativo no se queda en la contemplación. Casi de inmediato, la conversación se desplaza hacia lo que viene: nuevas canciones que empiezan a aparecer, ideas que todavía no terminan de tomar forma, la organización de próximas tocatas y un lanzamiento más formal que aún están gestionando. Todo convive en un estado que ellos mismos describen como «muy al vuelo», una expresión que no remite al desorden, sino a una cierta libertad. No hay urgencia por cerrar nada demasiado rápido. De hecho, aparece una conciencia bastante lúcida sobre el lugar en el que están parados: el debut todavía es reciente, la recepción ha sido buena, y existe esa presión tácita, casi mítica, sobre lo que significa un segundo disco. «Siempre dicen que ahí cae el peso», comenta Diego, y en esa frase hay menos temor que decisión: la de no adelantarse, la de quedarse un poco más en este momento antes de pensar en lo siguiente. Esa forma de habitar el presente también explica cómo entienden el proyecto en sí. Cuando hablan de la banda, rápidamente corrigen el término o, al menos, lo amplían. Lo que hacen no se reduce a una estructura musical tradicional, sino que se sostiene, ante todo, en una relación de amistad. No es un detalle menor. Son seis integrantes, todos provenientes de disciplinas distintas (Derecho, Diseño, Sicología, Sociología) y, en lugar de intentar homogeneizar esas diferencias, parecen construir precisamente desde ahí. La palabra que más se repite es “confluir”: las ideas, los gustos, las sensibilidades. Lo interesante es que no logran –ni intentan– explicar del todo por qué funciona. Hablan de sus diferencias no solo en términos musicales, sino también en literatura, cine, cultura en general y, aun así, todo termina encontrando un punto común- «No te sabría decir por qué, pero llega a confluir muy bien en lo que hacemos», reconoce Diego. No hay una dirección única ni una estética impuesta de antemano. Más bien, cada uno aporta desde su lugar, y el resultado aparece después, cuando las piezas ya están juntas. Eso se refleja también en lo práctico: el arte visual, el diseño del merch, la escritura de las letras, la construcción del imaginario, todo se desarrolla internamente. No hay externalización de la identidad. Cada integrante ocupa un rol que no se limita a tocar un instrumento, y esa suma de funciones termina consolidando algo que, según ellos mismos, los representa a todos por igual: «cada uno aporta su granito de arena… y al final se confluye», finaliza Álvarez. No hay nadie «tocando por buena onda», como dicen entre risas, sino un compromiso compartido con lo que están construyendo. Esa lógica colectiva se traslada directamente a la música. Cuando aparece la pregunta por las influencias, inevitable considerando las referencias que circulan en torno a su sonido, la respuesta rompe con la idea más tradicional de composición. No hay una negociación consciente de estilos, ni una búsqueda deliberada de sonar como algo específico. Más bien, las influencias operan de manera subterránea, casi involuntaria: «no las negociamos, sino que es algo que se da intrínsecamente», explica Francisco. Muchas veces, de hecho, es solo después de escuchar los temas terminados cuando reconocen similitudes con otras bandas «después como que escuchando los temas llegamos a cachar que esto se parece a esto», incluye en su respuesta. Antes de eso, el proceso es mucho más intuitivo, más ligado a lo que cada uno trae consigo sin necesidad de explicitarlo, donde cada integrante llega con su propio mundo y, sin proponérselo, termina integrándolo en un lenguaje común. Donde sí aparece una intención más clara es en el trabajo con las letras. Desde el inicio, el proyecto se plantea como una forma de musicalizar poesía, y eso define no solo el contenido, sino también la estructura misma de las canciones. Felipe, encargado de esa dimensión, es descrito como una especie de eje creativo, alguien que guía el tono emocional del material. La música, en ese sentido, no se impone, sino que responde: si lo que transmite la voz es más contenido, el resto baja; si se intensifica, todo se expande. Esa relación casi orgánica entre texto y sonido es lo que termina dando forma al disco. Las referencias literarias (Bolaño, Teillier, Lira, de Rokha) no aparecen como citas ornamentales, sino como parte constitutiva del proyecto. Y, lejos de entenderlo como un gesto hermético, ellos lo ven como una invitación. Les interesa que quien escucha no se quede solo en la superficie, sino que tenga la curiosidad de ir más allá, de preguntarse de dónde vienen esas palabras: «nos gusta que la gente no solamente escuche la música, sino que también trate de averiguar un poco las letras», explica Diego. De alguna manera, el disco funciona también como un puente hacia otros lenguajes, hacia autores que no necesariamente forman parte del consumo más inmediato de su generación. Sin caer en un discurso pretencioso, reconocen que eso ha sido uno de los efectos más interesantes del lanzamiento: ver cómo parte del público empieza a acercarse a esos nombres, a esas escrituras, porque «hemos invitado a la gente a leer autores que quizás no se leen tanto… y eso ha ayudado a que se interesen más», profundiza. Ahí es donde la conversación se cruza con algo más amplio: la relación entre esas referencias y el presente que les toca habitar. Aunque no lo plantean como un manifiesto, sí reconocen que hay una dimensión generacional en el disco. Las canciones fueron escritas en un contexto específico, los años posteriores a la pandemia, marcados también por el estallido social, y eso deja una huella evidente. Hablan de una «rabia contenida», de una necesidad de liberar algo que quedó suspendido durante ese período: «siento que todo esto nace un poco de una rabia contenida que existía de la pandemia y del estallido social», explica Francisco, entendiendo el disco como una forma de canalización. En ese sentido, el tono apocalíptico que atraviesa varias canciones no es una construcción estética aislada, sino una forma de procesar ese momento, una respuesta emocional a un tiempo que, como ellos mismos reconocen, exigía ser liberado de alguna manera. Esa energía se canaliza en un equilibrio constante entre fuerzas opuestas. Ellos mismos lo describen como una tensión entre caos y naturaleza, una idea que atraviesa tanto la música como lo visual. «Nosotros siempre tratamos de equilibrar un poco lo que es el caos con la naturaleza», complementa Álvarez. La cordillera de los Andes aparece ahí como un símbolo central, no desde lo decorativo, sino como una presencia que ordena ese contraste: «no hay nada más representativo de Chile que la cordillera de los Andes, entonces había que tenerlo en nuestro imaginario». La imagen es potente precisamente porque convive con otra igual de importante: la ciudad. Santiago, en su dimensión más cotidiana: el Metro, los trayectos, los bares después de ensayar, se filtra en la música de manera menos evidente, pero igual de determinante, porque, tal como Ortúzar reconoce: «es música muy de ciudad… de ir en el Metro, de caminar a ensayar». La identidad que construyen no pasa por lo folclórico ni por una representación literal, sino por esa experiencia vivida, por ese cruce constante entre lo urbano y lo natural. Esa misma tensión se extiende al tiempo. En un contexto donde la música tiende a comprimirse, ellos hacen lo contrario: expanden. Las canciones largas no nacen como un gesto de resistencia consciente, sino como una consecuencia directa de su forma de trabajar. Tocan durante horas, improvisan, dejan que las ideas se desarrollen sin cortarlas demasiado pronto. «Nos juntábamos a ensayar y a improvisar por horas… nos gustaba tanto tocar que terminamos haciendo los temas largos», detalla Francisco. El resultado son piezas que superan los 10 minutos, algo que incluso a ellos les resulta sorprendente en términos de recepción, especialmente a Ortúzar: «es loco pensar que tenemos temas de 12 minutos y que igual la gente conecta con eso». Y sin embargo, conectan. Tal vez porque no están pensadas desde la lógica del consumo rápido, sino desde una experiencia más cercana a la inmersión. Esa experiencia encuentra su punto máximo en vivo. Ahí, lo que ocurre se acerca más a un ritual que a un concierto tradicional, una palabra que aparece casi como la única forma de describirlo. Hay algo colectivo, intenso, que se genera en ese espacio compartido, donde la música deja de ser solo sonido para convertirse en una atmósfera: «se sentía como una especie de ritual… ver a la gente volviéndose loca era un ritual, literalmente», recuerda Diego. Ellos mismos lo describen como una especie de pesadilla controlada, un lugar donde el público entra y se deja arrastrar por lo que está pasando. «Ir a vernos es como entrar en una pesadilla constante de una hora», profundiza Álvarez. Las anécdotas que cuentan (incluyendo a personas sobrepasadas, reacciones físicas, entre otros) no son narradas como excesos, sino como señales de que algo está ocurriendo de verdad, casi como una confirmación de que la experiencia logra desbordar lo meramente musical. En ese contexto, la escena chilena aparece como un entorno que, lejos de ser competitivo, se percibe como profundamente colaborativo. Hablan de apoyo entre bandas, de redes que se sostienen mutuamente, de proyectos que crecen en conjunto. «Hay un apoyo constante y mutuo entre bandas, que es lo más bacán que se puede generar», comenta Francisco, destacando también vínculos concretos que han sido clave en su camino. La única tensión que mencionan tiene que ver con la infraestructura: la falta de espacios adecuados para tocar, la precariedad de ciertos lugares. «Hay poco espacio actualmente para tocar, poquísimo, y algunos son muy malos», reconoce Diego. Pero incluso ahí, el tono no es de queja, sino de constatación. Lo que predomina es una sensación de comunidad, de una escena que, con todas sus limitaciones, se sostiene más desde el apoyo que desde la competencia. Hacia el final de la conversación, el futuro empieza a delinearse, aunque sin definiciones cerradas. Más que un camino único, lo que aparece son dos líneas paralelas. Por un lado, un segundo disco donde la poesía podría ocupar un lugar más acotado, más preciso, dejando espacio para otras formas de expresión. Por otro, un proyecto más radical, centrado en la recitación, más directo, más cargado políticamente, como una respuesta a lo que está ocurriendo hoy. Ambos conviven sin anularse, como extensiones distintas de una misma inquietud. La llamada se acerca a su fin, pero la imagen inicial permanece: el parque y la sala, el viento y el silencio. Dos espacios que no deberían coincidir, pero que aquí encuentran un punto de equilibrio. Como el disco. Como la banda. Como esta conversación que, sin proponérselo, termina funcionando exactamente bajo esa misma lógica: una tensión constante que no busca resolverse, sino mantenerse viva. Tags #Teodioteodio #2026 Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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