Megadeth: Estas son las últimas palabras Repasando una carrera que se apronta a terminar Miércoles, 13 de Mayo de 2026 Publicado originalmente en revista Rockaxis #274, abril de 2026. «The final curtain falls, a quiet end to it all / Now it's just memories in my mind / Just fading lights and names, if I ever play again / Then let this last note never die». Estas son las líneas finales de ‘The last note’, la pieza que cierra el álbum homónimo de 2025 de Megadeth, y son, asimismo, el testamento pre-mortem de Dave Mustaine, el hombre que del resentimiento y la venganza hizo su potestad. Hoy, mientras las luces de los estadios empiezan a volverse borrosas, Mustaine se prepara para colgar la Flying V por última vez. Aires de nostalgia y luto musical nos han golpeado con fuerza en un tiempo en que hemos visto caer y retirarse los grandes que dieron vida al género, mientras el metal comienza a cerrar capítulos que creíamos imperecederos. Y este, probablemente, sea uno de los más incómodos de aceptar. Estamos hablando del cierre de uno de los recorridos más accidentados, brillantes y bestiales de la música contemporánea. Un adiós que también llega a Chile para finiquitar, por partida doble, una historia de amor escrita con sangre, sudor y locura desde 1994, que se convirtió en una relación que trascendió lo musical para ser también un fenómeno identitario y formativo para toda una generación de jóvenes amantes del metal. Despertar muerto Si empezamos a desgranar esta historia, el consenso se vuelve ineludible, y es que se parece más a una tragedia de venganza que a un relato clásico de redención, donde el viaje del héroe –o el arco del antagonista, según cómo se quiera ver– está motivado por su propia rabia. Bendita y necesaria rabia que lo empezó todo, así que vamos por parte y rebobinemos hasta ese amanecer de abril de 1983. La escena transcurre en una gasolinera de Nueva York, en los albores del thrash, donde el comportamiento errático y el consumo suicida de sustancias terminaron, una vez más, por pasarle la factura a un joven Dave. Lo que sigue es la parte mil veces contada como el kilómetro cero de su biografía, que dividió su vida en dos. La escena: Mustaine despertando con la peor resaca de su vida, el sabor amargo de la derrota en la boca y un pasaje de la Greyhound apretado en el puño viendo desde la vereda cómo el bus de sus excompañeros de banda –a quienes veía como su familia–, se perdía en el horizonte de la autopista hacia la gloria. Se llevaban sus canciones, sus riffs y su futuro, dejándolo tirado en el cemento, con nada más que con el orgullo sangrando y el switch de venganza recién encendido. En ese momento, mientras el polvo de la interestatal le ensuciaba la cara, algo hizo "clic" en algún lugar profundo y antiguo de su subconsciente. El reconocimiento de un patrón que ya se sabía de memoria, y ese es que el mundo no te regala nada. Que el abandono tiene muchas caras, que todas duelen, y que el cerebro no distingue entre quién o qué, ni por qué lo hace. Metallica no había sido la primera vez. Ni siquiera la más cruel. Antes estuvo su padre a los cuatro años. Después su madre, a los 15. En la expulsión definitiva, la que te enseña lo fácil que es prescindir de ti. Y, sin embargo, tampoco se había muerto. Había absorbido el golpe y siguió de pie sin ayuda, cargando con toda la hostilidad y la desconfianza que un hecho así le hace al carácter. Durante cuatro días de traqueteo metálico del bus cruzando el mapa de Estados Unidos, empezó a gestarse el contraataque. Cuatro días de este a oeste, sin ni un peso, sin comida, apestando a alcohol. Y a fracaso. Cuatro días en que toda la presión acumulada durante años encontró, finalmente, su detonador. El motor de la venganza, que llevaba toda una vida calentando, por fin tenía suficiente combustible. Fue, en algún punto de ese viaje, que encontró en el piso del bus un papel. Era la propaganda del senador Alan Cranston, demócrata californiano, advirtiendo sobre los peligros de la carrera armamentista, diciendo que «the arsenal of megadeath can't be rid no matter what the peace treaties come to». El término “megadeath”, fue usado como la unidad de medida que los estrategas militares usaron en sus cálculos para hacer que un millón de cadáveres cupiera en una sola palabra. Dave, al leer esa línea, se iluminó. Tomó un lápiz y lo escribió sin la segunda “a”. El nombre, la proclama y la amenaza. El acta de nacimiento de un monstruo: Megadeth. Cuando llegó a L.A., bajó con el rencor y ya maquinando su plan: ser mejor. Más rápido, más fuerte, más heavy. La materia prima ya estaba tras años de desprecio acumulado, una cabeza llena de guerra, de paranoia nuclear, de sistemas que pisoteaban gente en nombre del progreso. A partir de ahí, las letras llegaron solas. Y si bien nunca fue un virtuoso del canto, tenía actitud real frente al micrófono, y con esa misma voz chirriante desmenuzó la hipocresía institucional, la carrera armamentista, y logró hasta lo impensado para un género como el thrash: hacer de la euforia y la violencia una (anti)tesis. Los riffs vinieron después, rápidos y maníacos, y punteos técnicos de altísima exigencia. Todo eso mientras cantaba al mismo tiempo. Del arsenal de la rabia al fuego amigo De ahí en más, Megadeth fue por décadas una puerta giratoria de músicos que no siempre aguantaron el ritmo. A lo largo de sus 43 años de historia, desfilaron cinco bajistas, ocho guitarristas y once bateristas. 26 músicos en total, una cifra que suena exactamente a lo que era de esperar de un perfeccionista con problemas de control, de carácter y de la autoexigencia propia del resentimiento. Siempre con Mustaine al centro, como hombre ancla y única figura inamovible. Dave Ellefson fue el primero en aparecer en la foto, un vecino bajista de Minnesota que practicaba tan fuerte que Mustaine le lanzó un macetero por la ventana. Así, según la leyenda, nació la amistad y se convertiría en el único cofundador y compañero de armas más duradero de toda la historia de la banda. El debut llegó en 1985 con “Killing Is My Business… And Business Is Good!”. Combat Records les pasó ocho mil dólares para grabarlo en los Indigo Ranch Studios de Malibu. El primer manager de la banda, Jay Jones –dealer de oficio, con antecedentes trabajando con Circle Jerks– llegó al estudio con cuatro mil dólares convertidos en sustancias y cerca de 100 kilos de carne de hamburguesa congelada, según se dice. En menos de una semana se habían quedado sin drogas y sin poder grabar. Combat les pasó otros cuatro mil dólares y con eso Mustaine llamó a su compañero de departamento, el ingeniero Karat Faye que había trabajado con Kiss, y entre los dos terminaron el disco. Chris Poland en guitarra y Gar Samuelson en batería completan una formación que tenía tanto talento como excesos en la sangre. A pesar de su sonido lo-fi y su producción precaria, el trabajo tuvo buena acogida en el metal underground y atrajo la atención de las grandes discográficas. Pequeño paréntesis donde no debemos obviar la existencia del primer disparo de guerra que fue ‘Mechanix’, una de las brillantes composiciones que Mustaine mientras estaba en Metallica y que se había llevado como parte del botín. Al año siguiente, lanzaron “Peace Sells… But Who's Buying?”, el disco que los puso en el radar: editado bajo el alero de Capitol Records, con presupuesto real, portada del ilustrador Ed Repka (con Vic Rattlehead en las ruinas del edificio de la ONU), la producción de Randy Burns y temas de alto calibre como 'Wake up dead' y 'The conjuring'. Con esto, la banda mostró todo su potencial y grandeza, «como alguien que realmente le podría hacer collera a Metallica», menciona Anton Reisenegger de Criminal y Pentagram Chile. Lo que vino después fue una seguidilla de cambios que definen mejor que cualquier otra cosa el temperamento itinerante del conjunto. “So Far, So Good… So What!”, en 1988, con Jeff Young y Chuck Behler, notable por 'In my darkest hour', escrita la noche que Mustaine se enteró de la muerte de Cliff Burton. Esa formación no duraría, pues las drogas y una gira europea abortada a la primera fecha pronto la aniquilaron. Aquí aparece Marty Friedman, que venía de Cacophony, una banda de shred metal que había llevado su velocidad técnica a terrenos inimaginados para ese género. En batería llegó Nick Menza, y con Ellefson completando el cuarteto, quedó armada la queridísima formación clásica. En 1990 grabaron “Rust in Peace”, y sobre ese disco el consenso es inapelable. «May all your nuclear weapons rust in peace». Con esa frase en mente, Mustaine escribió un álbum sobre guerras, conspiraciones y religión instrumentalizada, tocado con una precisión técnica que 35 años después todavía desafía a quien intenta aprenderlo. ‘Holy wars… The punishment due’, inspirada en un incidente real en Irlanda del Norte, donde el músico inadvertidamente provocó un disturbio, dedicándole una canción al IRA: ‘Tornado of souls’, la que tiene, probablemente, el solo más perfecto que Friedman haya grabado. El disco fue nominado al Grammy a Mejor Interpretación de Metal en 1991, categoría ganada finalmente por Metallica. «Para mí, “Rust in Peace” es un faro en la historia de Megadeth, absolutamente inalcanzable. No hay un solo tema malo, no hay un solo relleno. La composición, las letras, es todo a otra altura, aunque claramente después con el tiempo Megadeth fue perdiendo la chispa, ciñéndose a fórmulas más seguras», señala Reisenegger. Carlos Quezada, de Saken, llega a la misma conclusión, por otra senda: «la posibilidad de verlos con Friedman y Menza nos cambió la forma de hacer música. Megadeth nos abrió la mente a diferentes estilos de tocar guitarra, siendo algo técnicamente brutal». Por su parte, Kano Álvarez, de Panzer, cierra el argumento: «es un disco lleno de virtuosismo técnico y química perfecta. La conexión de todos sus integrantes se refleja en cada momento del álbum». “Countdown to Extinction”, en 1992, los llevó al número dos del Billboard 200. Más directo y comercialmente asequible. «Me marcaron profundamente este disco y “Youthanasia” (1994), porque era una época en que la música extrema cambió al mainstream. Era la época del “Black Álbum” de Metallica (1991), del “Seasons in the Abyss” (1990) de Slayer. Megadeth nos abrió la mente a diferentes estilos de tocar guitarra», dice Quezada. Después llegó el golpe más kafkiano. En enero de 2002, mientras Dave se recuperaba en un centro de rehabilitación en Texas, se quedó dormido en una silla con el brazo izquierdo colgado sobre el respaldo. El borde duro del asiento cortó la circulación al nervio radial ulnar. Los médicos le dijeron que nunca volvería a tocar como antes, y el líder disolvió Megadeth en abril de ese año. Se sometió a 17 meses de electroestimulación, recuperó el uso completo de la mano y reformó Megadeth en 2004. Años de altibajos, discos que llegaban a distintas alturas. Hasta que en 2016 con “Dystopia”, con Kiko Loureiro en guitarra, les devolvió la credibilidad y les entregó el Grammy a Mejor Interpretación de Metal que llevaban décadas persiguiendo. 33 años después de ese bus en Nueva York. En 2019 llegó el cáncer de garganta. Quimioterapia, radiación, y la vuelta a los escenarios. La voz quedó con secuelas, aunque con la fe en la guitarra intacta. En 2021, Ellefson fue despedido tras un escándalo que le cerró para siempre las puertas. “The Sick, the Dying… and the Dead!” en 2022, y luego en enero de 2026, “Megadeth”, el disco homónimo y final, llegó al número uno del Billboard 200. El primero de su historia. El más exitoso de todos, justo al final. ¡Aguante Megadeth! Chile, país de metal Entre tanta ida y venida, hubo un país al pie del cañón y ese es Chile. El propio Dave ha dicho que es uno de sus lugares favoritos para tocar. Y basta con ir a un show para saberlo. Porque lo vivimos con pasión de hincha, como catarsis detonante del alma y la mente, porque coreamos los riffs, porque saltamos, mosheamos y lo damos todo. 14 visitas en 30 años, con entradas agotadas cada vez que anuncian fecha, y una historia de amor que se empezó a escribir el 29 de noviembre de 1994 en el entonces Estadio Chile, hoy Víctor Jara, con la formación clásica completa en la gira de “Youthanasia”. Panzer fue la banda encargada de abrir en esa ocasión, y lo que pasó en el camarín antes de salir a tocar, Kano Álvarez todavía lo recuerda así: «mientras nos preparábamos para salir al escenario, tocan nuestra puerta del camarín y aparece todo Megadeth de lleno a darnos la buena vibra. Fueron todos muy amables, y además nos regalaron juegos de cuerdas, baquetas y parches de batería». Del otro lado del escenario, como espectador esa noche, estaba Carlos Quezada. «El primer show en el Estadio Chile debe ser, hasta el día de hoy, uno de los mejores shows que he visto de alguna banda en Chile», manifiesta. El público chileno respondió como siempre, y Megadeth no tardó en volver. En menos de un año estaban de regreso para el primer Monsters of Rock del país. Así siguió la historia: 1998, 2005, 2008, 2010 (tocando “Rust in Peace” completo), 2012 (con dos noches en el Teatro Caupolicán con “Countdown to Extinction”), 2016, 2017, 2024. 14 show en tres décadas a casa llena con el cántico de «Aguante Megadeth» grabado a fuego. Lo que dejaron en el metal chileno es tan profundo como difícil de medir. «Megadeth, junto con Metallica, definieron lo que se entiende como thrash metal, y eso influyó directamente en Criminal desde el comienzo. Incluso temas como ‘Hijos de la miseria’ tienen harta influencia de Megadeth, las rítmicas, la cadencia de los riffs. La influencia es inconmensurable», cuenta Anton Reisenegger. Quezada lo confirma desde Saken: «la posibilidad de verlos con Friedman y Menza nos cambió la forma de hacer música». Y Álvarez de Panzer lo cierra en una línea: «Megadeth es una máquina imparable de metal, y Chile lo sabe». Quezada recuerda que en el Movistar la banda les hizo una broma, estresando al equipo de Saken diciéndoles que el cantante había cancelado el telonero, y que les escondieron aguas, atriles y cables durante el show. «La vida sobre el escenario de Saken siempre tendrá un antes y un después de cada show con Megadeth», recuerda. Reisenegger, que con los años se hizo amigo del baterista Dirk Verbeuren y ha tenido acceso al círculo íntimo de la banda, guarda su propio recuerdo irremplazable: «un recuerdo que uno se lleva a la tumba», indica. Y Álvarez, que estuvo en el primer show de 1994 y volvió a cruzarse con Mustaine en el hotel Sheraton en 1998 en una entrevista que duró mucho más de lo esperado, lo resume mejor que nadie: «esa complicidad ha sido la llama que ha mantenido vivo un nexo muy estrecho entre Mustaine y el público local». Desde Megadeth Chilean Army, Melissa Arellano y Rodrigo Berríos –con 21 y 14 shows encima, respectivamente, tanto en Chile como en el extranjero– hablan de algo que excede el fanatismo: una comunidad feligresa. «Al final, Megadeth nos deja una vida llena de recuerdos musicales, una vida de conectar con personas similares que terminaron compartiendo viajes, amigos, familia y experiencia», dan cuenta. El 5 de mayo de 2026, en el Movistar Arena será la decimoquinta vez para presenciar uno de sus shows. Y la última. «Hay tantos músicos que no logran irse en sus propios términos…», dijo el compositor hace poco. Esta vez, por primera vez, ese control es suyo, y lo usa para darse una despedida con dignidad. Esa misma que hace poco nos recordó Ozzy sobre saber retirarse con las botas puestas. Mustaine lo entendió, y por eso se marcha eligiendo, también por primera vez, la puerta de salida. Y ese control sobre su propio final es, quizás, la victoria más grande y poética de todas. El cierre de un último capítulo frente a un público que, como siempre, se prepara para despedirlo con todo lo que tiene. Gracias, Dave. Te vas invicto. Bárbara Henríquez Tags #Megadeth #2026 Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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