Una luz negra: El duelo que se habita en silencio El film se atreve a incomodar desde el silencio, el misterio y la contemplación Lunes, 09 de Junio de 2025 Hay películas que no vienen a gritarnos verdades, sino a susurrarnos preguntas. "Una Luz Negra", ópera prima de ficción del director chileno Alberto Hayden, es una de esas cintas que prefiere el murmullo al estruendo, el espacio vacío al subrayado, el silencio al sermón. En tiempos donde el cine busca impactar con efectos, giros o emociones exageradas, esta propuesta se instala con firmeza en la pausa, en la contemplación, en lo que no se dice. Un drama íntimo y desconcertante que explora el duelo, las coincidencias y las ausencias con una sensibilidad que exige paciencia... y entrega. En apenas 77 minutos, Hayden propone una experiencia íntima, delicada y enigmática, que habla más por lo que no dice que por lo que expone. No estamos frente a un drama tradicional, ni a un thriller psicológico, aunque coquetea con ambos géneros. Es un retrato emocional donde el misterio no busca resolverse, sino expandirse. Como una herida que, lejos de cicatrizar, nos obliga a tocarla. La historia parte con una premisa inquietante: Josefina (Patricia Rivadeneira, inmensa en su contención y fragilidad) descubre que un hombre con el mismo nombre de su hijo fallecido aparece en redes sociales. Y no solo eso: se parece. Mucho. Lo suficiente como para encender la chispa de lo imposible. Ese hombre es Jorge (Francisco Pérez-Bannen, en uno de los papeles más complejos de su carrera), un arquitecto atrapado en una vida aburguesada, cuya normalidad comienza a resquebrajarse cuando es contactado por esta extraña mujer que dice ver en él algo más. Pero "Una Luz Negra" no se va por el camino fácil de la intriga. Lo suyo no son las respuestas ni los giros espectaculares. Hayden apuesta por el fuera de campo, por los planos sostenidos que obligan al espectador a respirar con los personajes, por la pausa que incomoda, por la elipsis que genera más preguntas que certezas. Es una película que confía en su audiencia, que no subestima ni conduce de la mano. Y en tiempos de sobreexplicaciones, esa decisión se siente casi radical. El guion —también de Hayden— tiene el mérito (y el riesgo) de plantear mucho con poco. Hay escenas donde nada parece ocurrir en la superficie, pero por debajo se agita un mundo emocional espeso, denso, cargado de melancolía. El film no teme perder ritmo, ni desarmar la estructura clásica de tres actos. Por momentos, incluso, pareciera no haber estructura. Solo sensaciones. Y es ahí donde la película divide aguas. Para algunos, este enfoque puede parecer inerte o poco contundente. La narrativa no tiene grandes curvas ni momentos de quiebre; algunos hilos quedan colgando y varias escenas parecen repetirse sin avanzar. El riesgo de desconectar al espectador es real, y no todos estarán dispuestos a entrar en el juego introspectivo que propone Hayden. Pero quien logre sintonizar con su frecuencia, encontrará una experiencia tan críptica como resonante. Visualmente, el trabajo de fotografía de Matías Baeza y la dirección de arte de Camila Zurita es sobresaliente. Colores apagados, luz tenue, encuadres que capturan lo ausente, lo inasible. Todo respira una estética contenida, donde el decorado, los silencios y el espacio tienen tanto peso como el diálogo. Incluso el tiempo parece expandirse: ver a un personaje atarse los cordones o mirar el techo se convierte en un acto significativo. La música de Diego de la Fuente acompaña sin invadir, jugando con lo atmosférico y lo cotidiano. No hay temas memorables, pero sí una construcción sonora coherente con el tono general: íntimo, casi espectral. A esto se suma el uso de registros de archivo, como los reels del hijo fallecido, que aportan una textura más contemporánea a la narrativa, aunque quizás sin mayor impacto emocional. Las actuaciones sostienen la propuesta con solvencia. Rivadeneira transmite un duelo encapsulado, como si su personaje se hubiese congelado en el tiempo. Pérez-Bannen logra algo aún más difícil: representar una desconexión emocional profunda sin caer en el cliché. Ambos construyen desde lo contenido, desde lo que no se dice, y esa química tensa y ambigua entre ellos se convierte en el corazón del film. El mayor desafío de "Una Luz Negra" es, tal vez, su propio hermetismo. Hayden construye una película que no busca gustar, sino ser fiel a una sensibilidad muy particular. Su apuesta es contemplativa, reflexiva, a ratos frustrante, pero siempre honesta. Hay algo de gesto poético en este cine que prefiere sugerir antes que mostrar, y que se atreve a no dar respuestas. No pretende consolar ni enseñar cómo sanar. Solo propone habitar el duelo. Y en ese acto, incómodo y bello, hay una verdad innegociable. "Una Luz Negra" no es para todos. Pero si valoras el cine como experiencia sensorial y emocional, este viaje hacia lo no resuelto puede tocarte fibras inesperadas. Matias Arteaga S. Agradecemos a Storyboard Media por la invitación a la función de premiere. Tags #Una Luz Negra #Alberto Hayden #Patricia Rivadeneira #Francisco Pérez Bannen Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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