Fontaines D.C.: Los malditos de Dublín Repasando su cada vez más nutrida carrera Miércoles, 23 de Julio de 2025 Publicado originalmente en revista Rockaxis #260, febrero de 2025. Los superhéroes que necesitábamos no tienen capa ni poderes extraordinarios. Son cinco chicos que crecieron en los suburbios de Dublín, sin ídolos locales; despojados de la capacidad de afectos recíprocos, ávidos de la literatura y los poetas malditos. Karin Ramírez «¿Por qué habríamos de preocuparnos por lo que sucede en Inglaterra, si para ellos no somos más que un pedazo de tierra?». Esto es lo que se preguntaba Conor Deegan en los albores de Fontaines D.C. Una duda que, en apariencia, podría parecer ingenua, casi refractaria, si se busca en ella una lógica reivindicatoria de una Irlanda en crisis. Sin embargo, tras el paso del sociólogo danés Nikolaj Schultz por sus vidas, aquella premisa se transforma de manera radical. Comprenden entonces que los territorios no son meras líneas en un mapa, fronteras que separan lo propio de lo ajeno, sino que se tejen también con paisajes afectivos, con la huella de quienes los habitan. Las decisiones de unos resuenan en la existencia de otros, como un eco persistente, hasta que los ecosistemas colapsan bajo el peso del desgaste y la indiferencia. Dublín, como epicentro, simboliza una constante lucha reivindicatoria, históricamente invisibilizada por la grandeza de una fuerza colonizadora. Un país que se forja en la tempestad de la pobreza es el punto de construcción identitaria que reúne a cinco estudiantes del BIMM Music Institute, que se inmiscuyen en las profundidades de la poesía desdichada, fragmentada, proletaria y temperamental, misma que pone al frente James Joyce y William Butler Yeats como inspiración, y que se permite encontrar un punto de inicio cuando no hay forma de romper la página en blanco. Su historia –marcada por la carencia de ídolos locales–, está en letras que tensionan el embellecimiento con la hipocresía descriptiva de una ciudad de ensueños, y posiciona a la crítica como motor de procesos creativos, encontrando el modo de buscar en el pasado una forma de planteamientos crudos sobre una Irlanda despojada de todo, menos de su propio ADN. Una premisa que los insta a separarse del boom conocido como postpunk revival y que los hizo compartir líneas comparativas con Gilla Band, Some Remain y Mhaol. Fontaines D.C. teje una historia donde la construcción de su identidad es un acto de pura reivindicación y pertenencia, historia que se relata en su nombre, pues la disputa por mantener el "Fontaines" como nombre marca una frontera invisible entre Los Angeles y Dublín. Así, el "D.C." no es solo una sigla añadida, sino un anclaje, un territorio geográfico y afectivo donde su esencia encuentra hogar. Entre libros y cervezas nacen los primeros acercamientos de los compañeros que iniciaron lazos en un contexto tan frío como la universidad. Siempre con Dublín en el frente, a este punto ya es una ciudad-concepto. Una omnipresencia implacable que se incrusta como verdadero espacio de concordia. ‘Liberty belle’ (2017) es el track que marca la historia musical que la banda, porque inicialmente construyeron colectivamente ‘Vroom’ y ‘Winding’, quienes inspirados en Jack Kerouac, Allen Ginsberg y Patrick Kavanagh, lanzan su primera colección con discurso poético. A raíz de esto, la facilidad de escritura narrativa, compuesta principalmente por un contexto común, los lleva a entender Dublín como un darklands furioso, lúgubre y desalmado; como una apuesta interpretativa furiosa y melancólica de la ciudad históricamente despojada de su tradición. A diferencia de otros proyectos, los iniciados como The Fontaines no germinan en MySpace ni en SoundCloud; su sonido no se almacena, se propaga. Como un virus, se infiltra en la noche, replicando su nombre en las paredes húmedas de bares diminutos, a veces en sótanos donde la música resuena como un secreto compartido entre iniciados. Desde el principio, la banda entendió el pulso del tiempo que les tocó habitar: la experiencia en vivo no era solo un ritual, sino su moneda de cambio. Así, Fontaines D.C. se convirtió en un agente patógeno dentro del cuerpo industrial de la música, un cuerpo asfixiado por fórmulas gastadas, donde la creatividad parecía reducirse a ecuaciones predecibles. “Dogrel”: Poesía en clave proletaria “Dogrel” –eco fonético de ‘Doggerel’–, arrastra en sus sílabas la poesía irregular de los márgenes, versos torpes y burlones que laten en el pecho del proletariado. Es la voz de quienes nunca tuvieron un asiento en la mesa, una declamación áspera de brechas sociales y desigualdades históricas. Es un título elegido no por azar, sino por destino. Un manifiesto de quienes empezaron para armar un setlist para llenar con ruido los incómodos silencios. Salían a tocar sin nada que perder, porque aquí, en este rincón del mundo, nadie tiene nada. La prensa ya ponía los ojos sobre “los malditos de Dublín”. Con fechas que resonaron en aquellos que se conectaron con la escena postpunk prepandémica, ya sabían lo que estos chicos podrían hacer. Y haciendo resonancia de esto, la agrupación comienza con su álbum debut de la mejor forma posible: «My childhood was small / But I’m gonna be big». Una sentencia de éxito, una premonición, pero nunca suerte. Grian Chatten toma el mando como narrador de este viaje. Escupe palabras como quien arroja piedras al agua, dejando ondas que resuenan en la conciencia de una generación que creció bajo el cinismo de una cultura católica que en sus filas guarda tantas blasfemias como desdichas. “Dogrel” es, en efecto, el cúmulo de narrativas que ponen en el centro la dialéctica anacrónica de un tempus fugit (el tiempo huye) que batalla con amor manet (pero el amor permanece). Donde las historias que se relatan son críticas de un tiempo que no existe, pero que solo dejó marcas difíciles de borrar. “A Hero’s Death”: Retóricas de héroes quebrados El apabullante primer disco de la banda solidifica una construcción identitaria propia del art punk que se imbricó incluso en la estética de la banda, donde los famosos Dr. Martens se mezclan con paisajes del largometraje This is England (2007), confabulando otro axioma de la carencia, abandono y soledad, en videoclips como ‘Big’ y ‘Hurracaine laughter’. Sin embargo, la segunda entrega de la banda sorprende por el giro inesperado que toma tintes de math rock y postpunk al estilo Joy Division, donde el quinteto apertura espacios para la introspección con narrativas que, en esta época de la banda, se vinculan a un viaje personal, una exteriorización de emociones y reflexiones sobre un espacio que nunca estuvo pensado para ellos. La muerte del héroe marca un punto de no retorno para la banda. No es solo un símbolo, sino una declaración concreta: la caída de figuras intocables, la desmitificación de ídolos. Es un eco de su propio viaje, de su tránsito abrupto de teloneros a protagonistas. Este álbum se erige como un negativo de su propia historia, una cianotipia que fija en su revelado el desvanecimiento del mito heroico irlandés, Cúchulainn, quien pese a ser traicionado en batalla, jamás abandona sus principios. “A Hero’s Death” (2020) es la carta más personal de la banda, carta que se escribe a pulso en medio de giras con Idles en la era “Joy as an Act of Resistance” (2018). Un álbum que se escribe desde la despersonalización previo a la transformación y que emerge desde el fracaso, tras no lograr dar con el sonido que tanto buscaron en Los Angeles, pero que bajo la seguridad del productor Dan Carey (Black Midi, Bloc Party, Kae Tempest), lograron habitar en exploración del dolor más personal e incómodo. “A Hero’s Death” no se mide en acordes, sino en la cicatriz de sus estrofas. En ellas, el amor enredado con el trauma, con recuerdos empapados de amargura. En este marco, ‘I don’t belong’ murmura la condena de quienes jamás se sintieron dignos de un afecto limpio, una plegaria muda ante la imposibilidad de pertenecer cuando lo tangible es solo el eco del rechazo. En ‘Love is the main thing’, el amor no es refugio, sino ausencia. Se nombra, pero desde la herida; se invoca desde el abandono. Es un gesto conocido por quienes han tapiado el corazón con escombros de ausencias, por aquellos que aprendieron a desconfiar del roce ajeno. Es la confesión de los que han amado a destiempo, de los que llevan la soledad como única certeza, los malditos que, sin remedio, sin redención, jamás podrán ser amados. “Skinty Fia” y “Romance”: Transformación y reivindicación geo-cultural “Skinty Fia”, definido por la banda como «terribles momentos bajos, y aún peores momentos altos», se erige como un monumento sonoro a la reivindicación de la cultura irlandesa. Su esencia nace del desarraigo, del eco que dejó la migración de Grian Chatten a Londres, donde la distancia convirtió la identidad en una herida abierta. Reivindicar Irlanda desde el corazón del imperio no es solo una apuesta, es un acto de resistencia, tal como Cúchulainn, los malditos de Irlanda eligieron la lealtad a sus principios, enfrentando en carne propia la aversión al territorio colonizador. ‘In ár gCroíthe go deo’ es la carta de presentación de una narrativa que revela una lucha por reivindicación. «En nuestros corazones por siempre», dice el título, nacido de una historia real: una familia irlandesa obligada a luchar para que su lengua materna quedara inscrita en una lápida en tierras británicas. Misma historia que refleja ‘Jackie down the line’, un lamento disfrazado de crítica, una extensión de la traición latente en el colonialismo británico. El nombre evoca a los Jackeens, dublineses relegados a la periferia de la identidad irlandesa, habitantes de un limbo entre lo propio y lo impuesto, para abrir paso a ‘Bloomsday’, testimonio del peso de la literatura en el ADN de Fontaines D.C. En su nombre resuena el homenaje a James Joyce, a su Ulises (1922), a Leopold Bloom y a un Dublín que sigue lloviendo, que sigue oscuro, que sigue buscando algo que nadie ha hecho antes. Chatten sentencia una ciudad que se debate entre su historia y su reflejo deformado en los ojos de los extranjeros. Por su parte, en “Romance” (2024) la banda se aventura por la creación de un territorio sonoro poco explorado, marcando una evolución profunda en su paisaje musical. Con la producción de James Ford (conocido por mano en proyectos como Arctic Monkeys, Depeche Mode, Gorillaz y Blur), la banda se sumerge en una atmósfera fresca y expansiva, donde cada nota parece abrirse como una herida y curarse al mismo tiempo. El álbum no solo es un contraste con su pasado, sino una reafirmación de su capacidad para transformarse, para abandonar el ruido crudo por una complejidad más sutil. “Romance” es el reflejo de una metamorfosis. Es el latido de una banda que ha aprendido a respirar de manera distinta. Con este álbum se declaran en caos y reinvención, permitiendo que la niebla se asiente, que la furia se calme y se convierta en nuevas texturas. En este viaje ya no hay urgencia, solo un pulso contenido, una exploración profunda de sonidos que se expanden como sombras largas al caer la tarde. La víscera emocional, tan cruda y humana, se fusiona a la perfección con la nueva imagen del quinteto. En este disco no hay reservas; van directo y lo revelan sin rodeos. En el tema homónimo, ‘Romance’, desnudan el alma de la banda y resuena la declaración más clara de su propuesta: «That maybe my goodness has died. I pray for your kindness. Maybe romance is a place». Romance como lugar, como sacrificio. Una reflexión que, lejos de ser autóctona, se torna universal, y al mismo tiempo, profundamente personal. No es un adiós a lo que fueron (o solían ser), sino una reconfiguración de lo que siempre han sido. Las guitarras, antes afiladas, ahora flotan con una melancolía suave; la voz de Grian, más susurrada que rigida, se desliza sobre paisajes sonoros que se cruzan con lo onírico. Esta obra no rompe con su esencia, sino que la reimagina, la lleva hacia un territorio aún por explorar, pero que resulta inevitable. Es una apuesta estética audaz, un cambio que no reniega de su origen, sino que lo redefine, lo transporta a un nuevo espacio donde todo parece posible. En este juego de sombras, el perfil de Fontaines D.C. se dibuja como un héroe que nace muerto. Un antihéroe que nunca se atrevió a dar voz. Es la ironía de la adultez, un refugio en la retórica del abandono, del dolor, de la ansiedad. Territorios despojados, incluso de su identidad cultural. El quinteto se forja entonces como una marcha en la madrugada, un grito que se pierde entre las sombras, un poema sin cierre, sin promesas de resolución. En cada acorde, inscriben D.C. como una marca, una declaración: Dublin City. La ciudad que, en su desdicha, se empeña en escribir su propia historia, no desde la gloria, sino desde la carne viva de los que han perdido hasta las ganas de vivir. Tags #Fontaines D.C. #2025 Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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