Good Boy: Entre la oscuridad y la lealtad Ópera prima que transforma la fidelidad en una experiencia de horror Jueves, 23 de Octubre de 2025 Hay algo profundamente inquietante en la mirada de un perro cuando presiente peligro. Ese temblor leve, esa respiración contenida que anticipa lo que los humanos aún no vemos. "Good Boy", la ópera prima de Ben Leonberg, se adentra en ese territorio donde el instinto animal se vuelve protagonista absoluto, transformando una historia clásica de casa embrujada en una experiencia sensorial, íntima y emocionalmente devastadora. A través de los ojos de Indy —un Nova Scotia Duck Tolling Retriever que no solo actúa, sino que siente, reacciona y guía al espectador—, la película plantea una pregunta que desarma: ¿cuán lejos puede llegar la lealtad de un perro cuando el verdadero peligro podría ser su propio dueño? Leonberg construye su relato con un minimalismo casi artesanal. Todd (Shane Jensen), un hombre golpeado por la enfermedad y la pérdida, se refugia junto a su fiel compañero en la cabaña heredada de su abuelo, un personaje interpretado por el mítico Larry Fessenden que aparece en viejas cintas caseras, generando una presencia espectral constante. Lo que comienza como un intento de recuperación se transforma rápidamente en una espiral de aislamiento, donde lo sobrenatural y lo psicológico se confunden. Desde el punto de vista de Indy, los sonidos, luces y movimientos adquieren una potencia distinta: cada chirrido, cada sombra, cada respiración pesada de Todd es un llamado de alerta. Leonberg nos coloca literalmente al nivel del perro, haciendo que la experiencia sea claustrofóbica, tensa y profundamente emocional. Rodada a lo largo de más de 400 días, "Good Boy" no se apoya en efectos digitales ni en artificios narrativos. La cámara de Leonberg, que también firma la fotografía y la edición, se convierte en un testigo paciente, casi cómplice del proceso de observación y reacción de Indy. No hay manipulación ni entrenamiento forzado; lo que vemos es pura conexión entre un hombre y su perro, entre un director y su mejor amigo. Ese vínculo genuino se siente en cada escena y dota a la película de una autenticidad poco común dentro del género. Aunque parte de una premisa que podría parecer un simple ejercicio de estilo —una historia de terror contada desde el punto de vista de un animal—, la cinta crece como un estudio sobre la fidelidad, el amor incondicional y la incomprensión entre especies. La figura del perro, históricamente asociada a la protección, aquí se ve enfrentada a lo imposible: proteger a quien se autodestruye. La progresiva transformación de Todd, que pasa del cansancio al delirio y de ahí al horror puro, convierte a Indy en un observador impotente, atrapado en su propio instinto de cuidado. Hay algo casi infantil y trágico en su mirada, en su negativa a abandonar, en su confusión frente a lo que no puede entender ni racionalizar. A nivel formal, la película destaca por su uso del sonido —gruñidos, respiraciones, truenos, y ese silencio que se alarga hasta volverse insoportable— y por una fotografía que aprovecha la penumbra como terreno emocional. No hay saltos de terror gratuitos ni golpes de efecto. Lo que genera miedo aquí es la empatía: ver a Indy enfrentarse a lo que no comprende, y reconocernos, en cierto modo, en su desconcierto. Leonberg equilibra el elemento sobrenatural con un subtexto de trauma heredado, enfermedad mental y culpa familiar, sin caer en el subrayado ni en la alegoría obvia. El resultado es un film que se siente pequeño en escala, pero enorme en intención. Claro que no todo funciona a la perfección. Con sus escasos 72 minutos, "Good Boy" a veces se repite en su estructura de "ruidos en la noche y exploración en penumbras", y uno podría imaginar que su impacto sería igual de potente en un formato más breve. Sin embargo, es difícil no rendirse ante la sensibilidad con que Leonberg aborda su propuesta, y ante la expresividad magnética de Indy, un perro que se roba cada plano y que, de hecho, fue premiado en el festival SXSW con el "Howl of Fame", un reconocimiento especial a su interpretación. Más allá de su originalidad formal, "Good Boy" deja una huella emocional: la certeza de que el vínculo entre un perro y su humano puede ser tan poderoso como perturbador. Al final, no se trata de si Indy logra vencer al mal o proteger a Todd, sino de su obstinada entrega, de su amor que persiste incluso cuando todo se derrumba a su alrededor. Pocas películas de terror logran transmitir tanto con tan poco, y menos aún desde una perspectiva tan arriesgada y tierna a la vez. "Good Boy" es, en esencia, una carta de amor al cine de terror independiente y a los animales que nos acompañan en silencio, viéndolo todo, entendiendo más de lo que creemos. Una obra que confirma a Ben Leonberg como un nombre a seguir, y que demuestra que el horror, a veces, late en cuatro patas. Matias Arteaga S. Agradecemos a BF Distribution por la función de prensa. Tags #Good Boy #Ben Leonberg #Shane Lensen #Larry Fessenden Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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